El Poder del Nombre

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Saber el nombre «verdadero» de una persona es tener el Poder del Nombre, de modo que en muchas sociedades se da una pluralidad de nombres. Hay un nombre público para uso general, y luego hay otro esotérico e íntimo que se mantiene en secreto. Pero también sucede todo lo contrario: en el mundo del ocultismo y de la magia, por ejemplo, es frecuente que se use un nombre o seudónimo ‘esotérico’ y se mantenga, si no oculto sí lo más reservado posible, el nombre auténtico, aquel con el que la persona fue bautizada o el que le pusieron sus padres al nacer, o bien el nombre o apodo con el cual dicha persona es comúnmente conocida. Y ello se hace así por temor al poder malicioso que pudiera ejercer contra esa persona cualquiera que estuviese en posesión del nombre verdadero.

Este ‘Poder del Nombre’ está relacionado con la creencia general en la fuerza creativa del sonido: «En un Principio era la Palabra y la Palabra era Dios». El nombre es también un poderoso medio de exorcismo y es la base de los encantamientos en los cuales las «palabras de poder» pueden invocar a las fuerzas elementales y abrir las puertas con la magia, como es la frase «Ábrete, Sésamo», del relato de Alí Babá. El nombre de Dios es suficiente para provocar la huída de las hadas o de cualquier poder maligno. El investigador James Kirk dejó escrito que las hadas «desaparecen siempre que oyen que se invoca Su Nombre o el Nombre de Jesús, y no pueden actuar después de haber oído ese nombre sagrado». La prohibición de usar el nombre también se da entre las hadas; trae mala suerte nombrarlas directamente, y en muchos lugares se cree que un humano puede tener poder sobre un hada si conoce su nombre auténtico.

El nombre verdadero otorga poderes mágicos sobre el alma y, en algunos casos, casi se considera como sinónimo del alma o espíritu. Como dice A. M. Hocart: «El nombre de un hombre se trata generalmente como parte de su persona. En Babilonia, lo que no tenía nombre no existía». En la antigua Roma, no se le daba a un muchacho el nombre individual hasta la iniciación, cuando se ponía la toga virilii (*), o a una muchacha hasta que se casaba. La persona no tenía entidad hasta que recibía un nombre. Entre los aborígenes australianos, el padre dice al muchacho el nombre totémico en la iniciación. En todas las edades y en todos los tipos de cultura se da al individuo un nombre nuevo cuando tiene lugar la iniciación.

En Grecia, a las Furias se las llamaba eufemísticamente las Euménides, «las Graciosas». Los animales temidos nunca se nombraban por miedo a atraerlos, de tal forma que al lobo se le llamaba El Silencioso o El Corredor del Bosque; y en las sociedades donde tienen miedo a los muertos se tiene mucho cuidado de no pronunciar su nombre, usando cualquier otro título. Lo mismo sucede con enfermedades muy temidas y, por eso (por citar únicamente un ejemplo), a los leprosos se les llamaba genéricamente les malades, «los enfermos».

La importancia atribuida al nombre se comprueba a lo largo del tiempo en la perpetuación de un apellido, que no debe dejarse desaparecer y que ha llevado a muchos hombres a casarse por esa única razón. Del mismo modo, se pone a los niños el nombre de algún antepasado, para perpetuar el nombre; estos niños se consideran, a menudo y en algunos países, como la reencarnación de sus antepasados. También es significativo que se considere mala suerte cambiar el nombre de un barco o de una casa.

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La misma creencia en el poder del nombre se encuentra en la superstición cristiana de no revelar el nombre de un niño antes del bautizo, cuando está totalmente desprotegido contra el poder del Diablo o las brujas y las hadas malas. Edward Clodd sostiene que «esto, en pocas palabras, es la noción de que el nombre de cualquier ser, ya sea humano o sobrehumano, es una parte integrante de sí mismo y saberlo pone a su dueño, sea éste deidad, fantasma u hombre, en poder de otro, implicando esto, a menudo, la destrucción del nombrado».

En muchas religiones, Dios tiene un nombre que no se debe pronunciar. Una leyenda hebrea cuenta que la tierra y los cielos temblaron cuando Salomón empezó a pronunciar el nombre sagrado. En los tiempos romanos, el nombre de la deidad tutelar de una ciudad se mantenía en secreto. Los judíos tenían la misma prohibición, con el fin de mantener a la deidad en exclusiva para su propia gente. En los misterios griegos, sólo los iniciados podían apelar o rezar a las deidades cuyos nombres se les había dado. El no conocer el nombre excluía a los no iniciados de obtener favores de las divinidades. El conocimiento del nombre obligaba a la deidad a responder favorablemente a las plegarias del que les rezaba; aunque, normalmente, se trataba de divinidades extranjeras o demonios y se adoptaba un tono más respetuoso para dirigirse a una gran diosa lunar, tal como Artemisa, Tanit o Hécate. Los griegos también usaban el nombre como un medio para hacer magia y hacían tablillas de plomo, llamadas defixiones, grabadas con el nombre de la persona a quien se pretendía dañar, y las atravesaban con un clavo. Después, se usaron mucho estas tablillas para todo tipo de magia y se inscribían en ellas símbolos mágicos, números o maldiciones, junto con los nombres de los espíritus invocados.

Los sacerdotes antiguos y los magos cortesanos empleaban la magia; ambos usaban ritos, palabras de poder y nombres. En Egipto, era necesario conocer el nombre para abrir las puertas del otro mundo, ternía que conocerse el nombre del demonio ‘guardián del Umbral’ y había que llamar a los dioses por su nombre correcto, antes de que pudiesen brindar ayuda. Ra tenía un Gran Nombre, que sólo él conocía, hasta que Isis lo sedujo para sonsacárselo y usarlo contra él. Se podía dañar a cualquier persona con el poder del nombre y por ejemplo, en los ritos del Festival de Edfu, los nombres de todos los enemigos de los Nomos se escribían sobre la figura de cera de un hipopótamo o un cocodrilo de cerámica, que después se rompía en pedazos, diciendo: «Háganse heridas cortantes en sus cuerpos, mátense unos a otros». Por el contrario, un nombre escrito en la pared de un templo pone a uno en contacto con la divinidad y bajo su protección.

La creencia en el poder del nombre se ha mantenido en la religión, el mito, la saga, el ritual y la leyenda, y hasta en el cuento de hadas, donde aparece con frecuencia y juega un papel importante.

(*) En Roma, la toga virilii, toga viril, tenía una significación particular, pues el vestirla significaba el paso de los hombres de la infancia a la adolescencia. Hay que tener en cuenta que en la cultura romana la infancia duraba hasta los 16 años, la adolescencia de los 16 a los 30 y la juventud de los 30 a los 45 años. La toga viril era blanca, sin adornos ni tintura y podía ser usada por cualquier ciudadano romano en edad adulta. Una vez se vestía esta toga, ya eran ciudadanos que podían ejercer los cargos de la República o del Imperio, así como eran aptos para el servicio militar. El rito de paso de la infancia a la edad adulta era presidido por la diosa Juventus. Antes de este momento, los varones vestían la toga pretexta, toga de color púrpura, reservada a los niños y a los magistrados.

(Fuentes: «Cuentos de hadas, alegorías de los mundos internos», de J.C. Cooper, Wikipedia y elaboración propia).

Un comentario sobre “El Poder del Nombre

  1. Por algo los curas sanadores dicen que Dios conoce a cada cual por su nombre, y actuan a veces a traves de fotos pero piden sus nombres enteros.

    Algo habra…

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