La batalla en el Cielo fue intelectual

Cuando vemos imágenes del arcángel San Miguel, en pinturas o en estatuas, siempre aparece blandiendo o portando una espada o una lanza. Asimismo, en la gran mayoría de las representaciones artísticas de la batalla celeste entre ángeles buenos y ángeles malos, aparecen las dos facciones combatientes luchando con armas en las manos, generalmente espadas, ya sean flamígeras o no.

Esta imaginería, a lo largo de los siglos, ha ido grabándose profundamente en nuestro inconsciente, en nuestra memoria. hasta el punto de que hemos llegado a creer que realmente esa gran batalla en el Cielo fue un combate en toda regla, como los que vemos en documentales y películas, con dos ejércitos armados hasta los dientes, combatiendo los unos contra los otros.

En realidad, no fue así. A poco que pensemos y razonemos, nos daremos cuenta de que esa batalla fue bien distinta de como nos la hemos venido imaginando.

No hubo armas de ningún tipo, ninguna clase de armamento físico. Los ángeles no tienen cuerpo físico, son espíritus puros. Por lo tanto, las únicas armas que pudieron blandir fueron las intelectuales: la argumentación intelectual, el debate, la discusión. Y como ya sabemos, hubo un bando ganador, el de San Miguel y los ángeles fieles a Dios, y un bando perdedor, el de Lucifer y sus seguidores, que se negaron a aceptar las decisiones divinas.

La principal prueba por la que pasaron los ángeles fue la revelación que les hizo Dios sobre sus intenciones de crear el mundo material y con él a la humanidad, y diciéndoles asimismo que Él se haría hombre posteriormente, para salvar a los pecadores y que para ello nacería de una mujer, la cual sería la reina de los ángeles.

Lucifer no pudo soportar esta idea, puesto que en su soberbia creía que él tenía que ser quien engendrara el mundo y al ser humano, puesto que como ángel de la Luz, consideraba que era la «obra maestra» del Creador. Más adelante, con otros ángeles seguidores, acusaron que Dios estaba equivocado y se rebelaron por completo. Los ángeles que acataron la voluntad de Dios se postraron a adorar a su creador. Mientras que los rebeldes se alejaron del amor de Dios.

PEQUEÑA HISTORIA DE UNA GRAN BATALLA

En el principio Dios existía en su Gloria rodeado por los ángeles, espíritus puros creados como una emanación de su Presencia. Existía uno que estaba adornado con atributos especiales y brillaba por encima de los demás: su nombre era Lucifer, que quiere decir lleno de luz o portador de la Luz (Ezequiel 31:3-11 y 28:13-19).

Dios anunció a los ángeles que iba a crear en el orden del tiempo (es decir, cuando llegara el momento oportuno) otras criaturas que también participarían en su Reino, y que también Él iba a participar de la naturaleza humana en la carne para ser su Señor y para liberarles de la maldad. El Ser Supremo conocía todo lo que iba a suceder y todo estaba en sus planes.

En su orgullo, Lucifer desafió la voluntad divina y junto con una tercera parte de todos los ángeles, desaprobó la creación del hombre, rehusando darle adoración a Dios en forma humana y a la Mujer que tendría el privilegio de ser exaltada por encima de toda la raza humana, volviéndose su Madre y la Reina de toda la creación: la Virgen María.

Una gran batalla espiritual, como ya hemos dicho no con armas físicas sino con argumentos intelectuales, comenzó entre aquellos ángeles fieles a Dios, guiados por el arcángel Miguel, quienes no estuvieron de acuerdo con el desafío de Lucifer y comenzaron a expresar su adoración a Dios diciendo: «¿Quien puede ser como Dios?»

Lucifer fue arrojado del Cielo como relámpago (Ezequiel 28:17) (Lucas 10:18), y recibió su castigo. volviéndose el monarca de la oscuridad por haberse opuesto a Dios, quien es Luz. (Isaías 14:12-15)

Dios permitió que la creación humana existiera al lado de los ángeles de la oscuridad para poder ponernos a la prueba y de cierta manera, para que aquellos seres humanos que consiguen la salvación eterna, fueran ocupando en el Cielo los puestos vacantes que dejaron los ángeles reprobados.

El nombre Satanás quiere decir adversario, obstáculo; también se conoce en hebreo como Abadón, y en griego como Apolión, que quiere decir destructor. Otros nombres que se le dan son príncipe de la oscuridad, adversario, acusador, engañador, dragón, mentiroso, leviatán, asesino, serpiente, atormentador, dios de este mundo…

Como seres humanos que somos, nuestra pelea con estos espíritus malignos es muy desigual, puesto que nosotros caemos fácilmente en el pecado y de esa manera le damos territorio al enemigo. Para poder luchar contra él, tenemos que ser gente de Dios, vencerle primero personalmente como lo hizo Jesús en el desierto y después combatirlo espiritualmente a través de nuestra oración para poder ser liberados de dicho enemigo.

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