Los machis y su magia blanca

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Así como el calcu o brujo practica la magia negra y ocasiona maleficios, desgracias y daños de toda índole, sobre todo la muerte por envenenamiento y las enfermedades, el machi está destinado a anular la acción de aquél y a contrarrestar su acción ya realizada. Es por eso que el calcu es considerado como maligno y el machi, en cambio, como un benefactor.

En 1629 fue hecho prisionero por los araucanos en Cangrejeras el joven capitán Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, quien tuvo oportunidad de presenciar un machitún, o sea, el ejercicio de la magia blanca por un machi y que describe en uno de los mejores libros escritos sobre aquel pueblo, “Cautiverio Feliz”.

“Acabamos de comer —escribe— y tratamos de ir al rancho y curar al enfermo. Esto era ya sobre tarde, y en el interior fueron algunos adherentes por ramos de canelo, por un carnero, cántaros y ollas y fue acercándose la noche, con lo cual se juntaron los indios vecinos y parientes del enfermo. Me llevó el cacique (Maulicán) en su compañía, habiendo preguntado (previamente) al machi si estorbaría mi asistencia, a lo que respondió que bien podría asistir en un rincón de la casa.

“Entramos, ya de noche, al sacrificio del carnero. Tenían en medio muchas luces. En un rincón del rancho (estaba) el enfermo, rodeado de muchas indias con sus tamborilejos pequeños, cantando una lastimosa y triste tonada con las voces más delicadas. No cantaban los indios, porque sus voces gruesas debían de ser contrarias al encanto.

“Estaba cerca de la cabecera del enfermo un carnero liado de pies y manos, y entre unas ramas frondosas de laureles tenían puesto un ramo de canelo grande, a modo de mesa (en que había) una quitra (pipa) de tabaco encendida, de la cual a ratos (el machi) sacaba el humo y (lo) esparcía entre las ramas y por donde el doliente (yacía) y la música asistía, a todo lo cual las indias cantaban lastimosamente.

“Los indios y el cacique estaban en medio de la casa sentados en rueda, cabizbajos, pensativos y tristes, sin hablar ninguno una palabra.

“AI cabo de haber incensado las ramas tres veces y al cañero otras tantas, al que tenían arrimado al banco que debía servir como altar de su sacrificio, se encaminó donde estaba el enfermo y le hizo descubrir el pecho y estómago, habiendo callado las cantoras, y con la mano llegó a tentarle y sahumarle con el humo de la quitra que traía en la boca de ordinario. Con esto le tapó (de nuevo) con una mantichuela el estómago y se volvió donde estaba el carnero. Mandó volviesen a cantar otra tonada diferente, más triste y confusa. Allegándose al carnero, sacó un cuchillo y le abrió por medio, y sacó el corazón vivo, y, palpitando (éste), le clavó en medio del canelo en una rama, que para el propósito había poco antes aguzado. Luego cogió la quitra y comenzó a sahumar el corazón, que se mostraba aún vivo, y a ratos le chupaba con la boca la sangre que despedía.

“Después de esto sahumó la casa con el tabaco que de la boca echaba humo. Llegóse al doliente, y con el propio cuchillo (con) que había abierto el carnero, le abrió el pecho, (de modo) que patentemente aparecían los hígados y tripas, y las chupaba con la boca. Todos juzgaban que con aquella acción echaba fuera el mal y lo arrancaba del estómago. Todas las indias (seguían) cantando tristemente, y las hijas y mujeres del paciente (estaban) llorando a la redonda y suspirando. Volvió a hacer que cerraba las heridas, (lo) que, a mi ver, parecían apariencias del demonio, y cubrióle el pecho nuevamente.

“De allí volvió adonde el corazón del carnero estaba atravesado, haciendo en frente de él nuevas ceremonias. Entre ellas fue (una la de) descolgar el tamboril que pendiente estaba del canelo, e ir a cantar con las indias: él parado, dando algunos pasos, y las mujeres sentadas como antes.

“Habiendo dado tres o cuatro vueltas de esta suerte, vimos de repente levantarse de entre las ramas una neblina obscura, a modo de humareda, que las cubrió, de suerte que nos las quitó de vista por un rato, y al Instante cayó el encantador en el suelo como muerto, dando saltos el cuerpo para arriba como si fuese una pelota, y el tamboril a su lado de la misma suerte saltando, a imitación de su dueño, (lo) que causó gran horror y encogimiento, obligándome a encomendarme a Dios. Hasta entonces había estado en notable cuidado a todas las acciones, y luego vi aquel horrible espectáculo, tendido (el machi) en el suelo y el tamboril saltando solo juntamente con el dueño: se me angustió el alma y se me erizaron los cabellos, y tuve por muy cierto que el demonio se había apoderado, de su cuerpo.

“Callaron las cantoras y cesaron los tamboriles, y sosegóse el endemoniado, pero de (una) manera que el rostro parecía el (del) mismo Lucifer, con los ojos en blanco y vueltos al colodrillo, con una figura horrenda y espantosa.

“Estando de esta suerte, le preguntaron si sanaría el enfermo, a que respondió que sí, aunque sería tarde, porque la enfermedad era grave y el bocado (o sea, el mal tirado o ingerido) se había apoderado de aquel cuerpo, de manera que faltaba muy poco para que la ponzoña llegase al corazón y le quitase la vida.

“Volvieron a preguntarle en qué ocasión se lo dieron (es decir, el bocado), quién y cómo, y dijo que en una borrachera (se lo dio) un enemigo suyo con quien había tenido unas diferencias, y no quiso nombrar la persona, aunque se lo preguntaron, y esto fue (hablado por él) con una voz tan delicada que parecía salir de una flauta.

“Con esto volvieron a cantar las mujeres sus tonadas tristes, y dentro de un buen rato fue volviendo en sí el hechicero y se levantó, cogiendo el tamboril de su lado, y lo volvió a colgar donde estaba antes, y fue a la mesa donde estaba la quitra de tabaco encendida y cogió humo con la boca e incensó y ahumó las ramas y el palo en que el corazón del carnero había estado clavado, no supimos qué se hizo, porque no vimos que se le sacara, ni apareció más: infaliblemente lo debió de esconder el curandero o llevarlo el demonio, como ellos dan a entender, (afirmando) que se lo come (éste).

“Después de esto se acostó entre las ramas del canelo a dormir y descansar”.

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Es ésta tal vez la descripción más completa de un machitún y que merece especial interés por haber sido presenciada a principios del siglo XVII, o sea, en una época en que las antiguas costumbres se habían conservado casi intactas.

Para comprender lo informado por Bascuñán es preciso tener en cuenta algunos hechos establecidos por la investigación moderna y que se ignoraban en su tiempo.

Los machitunes se realizan siempre de noche, jamás de día. Ello se debe a que la medicina y magia, a igual que el crecimiento de las plantas, se suponen influenciados por fuerzas lunares. El Ser Supremo de los araucanos es Pillán, pero no se le concibe como una sola persona definida, sino como un ente andrógino (que es hombre y mujer a la vez) y que representa, además, la edad joven y la avanzada. Es su componente femenina la que invoca el machi. A ella está destinado el corazón del carnero sacrificado, suponiéndose que, gracias a su consumo por la divinidad (exteriorizado por el desaparecimiento del corazón), se logrará su concurso en el tratamiento del enfermo. No se invoca, pues, el demonio, como supone Bascuñán, sino precisamente el Dios del Bien.

No menciona Bascuñán que el machi oficiante fuera un invertido, pero Rosales y otras fuentes lo atestiguan, y hoy día el oficio es desempeñado casi exclusivamente por mujeres. Estaban ellas, justamente, predestinadas para entenderse con la parte femenina de Pillán, y si lo querían hacer los hombres, debían comportarse como mujeres, usando también los vestidos de éstas.

Un papel importante en la ceremonia corresponde a la sangre: se la considera como dotada de fuerzas mágicas, pues es ella la que da vida al hombre. El machi chupa la sangre del corazón para participar de esas propiedades. Como igualmente de carácter mágico se considera al tabaco, pues es capaz de producir estados de alucinación, siendo probable que para ese efecto se le agregaran yerbas aún más fuertes. En tal estado el machi recibe revelaciones de parte de Pillán, referentes a la causa y la índole de la enfermedad y de su causante. No se hace a este respecto un distingo entre el mundo físico y el de los sueños, considerándose, por el contrario, que sólo estos últimos son adecuados para conocer la verdad.

También el canto está destinado a acentuar las operaciones que realiza el machi.

En la descripción de Bascuñán, la parte principal del tratamiento del enfermo, y que a él le parece inspirada por el demonio, es hipnótica: en realidad, no se abre el vientre del enfermo ni se le vuelve a cerrar. Debido a encontrarse hipnotizados por el machi, los presentes creen realmente que tales manipulaciones ocurren. No menciona Bascuñán que al fingir estar chupando los órganos enfermos, el machi hace aparecer un trozo de madera, una piedrecilla, una lagartija u otro objeto, afirmando haberlo extraído del cuerpo y sosteniendo que constituye la causa de la enfermedad. Este acto lo realizan mediante la prestidigitación.

Al final de la ceremonia se agrega al hipnotismo, la alucinación, actuando ambos factores en conjunto. Al hacer la verificación del causante de la enfermedad, el machi emplea, adicionalmente, el ventrilocuismo, lo que da a entender Bascuñán al referirse a la “voz tan delicada que parecía salir de una flauta”.

Se llega a ser machi gracias a una vocación que se manifiesta en la juventud, pero es preciso ser preparado por machis experimentados antes de poder desempeñar el oficio. La admisión se hace en un acto público agregado a un nguillatún (rogativa).

Los machis no practican solamente la magia blanca (como en el caso descrito anteriormente), sino también ciertas ramas de la medicina racional, como ser, el empleo de yerbas medicinales y la composición de huesos. Es, sin
embargo, difícil separar los tratamientos por medio de yerbas medicinales de aquéllos en que se aplica la magia blanca, pues a esas yerbas también se atribuyen propiedades mágicas, consistentes, precisamente, en sanar a un enfermo.

Los machis no son sacerdotes, ni desempeñan funciones religiosas, pero se dirigen a Pillán y le piden su ayuda. Diariamente suben de madrugada a un rehue colocado frente a su ruca. Consiste éste en un tronco con peldaños, la efigie tallada de Pillán y una pequeña plataforma. Parados en ella, invocan al Ser Supremo y le imploran les preste su cooperación. Todas sus alocuciones se dirigen siempre a Pillán.

He aquí algunos de los versos que recitan en el machitún al enfermo:

Del norte dicen
que ha venido el huecufü.
Por debajo de la tierra pasó,
se introdujo por los aires:
Por eso has quedado en ese estado lamentable,
por eso ha quedado rojo
tu pobre vientre.
Anuncian el remedio posible con estas palabras:
En la cascada azul tomaré
la flor azul, que es remedio para ti,
para curar tus males.
He prometido mejorarte,
y para ello he venido.
¡Pero harto difícil es poder lograrlo!
Cogeré para ti un buen remedio
para poder sanarte
y darte algún alivio.
Ya nadie sabe cómo lograrlo.
Pero de más arriba de la cascada
te traeré flores medicinales,
Y con ellas podré sanarte.

Constantemente, en las alocuciones de los machis, se pasa del mundo racional al irracional. En el fondo estiman que es la aplicación de la magia blanca la que destruye los huecufü de los calcus y que también las yerbas medicinales reúnen propiedades mágicas.

Fuente: Mitos y Leyendas de Chile, de Carlos Keller Rueff

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