La corriente de la New Age (Nueva Era): espiritualidad de mercado y la punta de un iceberg

Aunque mucho se ha escrito en los años noventa acerca de la Nueva Era, y aunque el Vaticano haya publicado su propia reflexión, debemos tener en cuenta que la Nueva Era asume en América Latina rasgos, expresiones, y énfasis particulares respecto de su manifestación europea y norteamericana, que es preciso conocer.

La propagación, en las librerías y supermercados, de inelegantes anaqueles exhibiendo volúmenes de autoayuda, esoterismo, secretos espirituales, magia, rei ki, gurús orientales, astrología, terapias sanadoras, «Insight», técnicas adivinatorias, ángeles, y un sinfín de temas exóticos directa o indirectamente ligados a lo religioso, es una constatación para cualquiera de nosotros. Este «boom» literario no es más que la punta de un iceberg cuyo cuerpo mayor se hunde en aguas más profundas y veladas.

¿Qué es la Nueva Era?

La «New Age» (Nueva Era) no es una secta, no, ni una religión. Es, más bien, una vaga, dilatada e imprecisa corriente sociocultural, en que confluyen, acríticamente y sin ánimo de concierto, una caterva de ingredientes provenientes de las más diversas fuentes: religiones tradicionales, magia, terapias alternativas, gnosticismo, ocultismo, psicología transpersonal, espiritismo, física cuántica, ecología, meditación, ovnis, pensamiento positivo, teosofía, místicos, maestros espirituales…

Es frente a este panorama que el ecléctico consumidor de la Nueva Era, ávido de experiencias-cumbre, alérgico a toda manifestación espiritual que implique vínculos o compromisos institucionales, adopta y escoge los elementos que mejor se avengan con sus deseos o búsquedas personales.

Dilatada y cambiante, sin fundadores concretos y visibles, sin expresiones sociales y programáticas orgánicas, la Nueva Era evoluciona calladamente, propagándose en la intimidad y multiplicación de cursos, artículos ocasionales, revistas, libros, talleres, seminarios, gurús, conferencistas y a través de un extendido tejido de grupos pseudorreligiosos y sectas. Sus ideas y prácticas, su literatura y “espiritualidad” va penetrando también los poros de las grandes religiones e iglesias históricas.

¿Cuál es su origen?

Como podrá conjeturar el lector, las raíces de la «New Age» se abisman en los siglos remotos de la historia. Pero entre los precursores modernos de este complejo movimiento ha de citarse a Madame H. P. Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica (1875), cuyos postulados perviven entre los principales de la Nueva Era, y también a Rudolf Steiner y Alice Bailey. Ya más recientemente, en la década del 60, las Comunidades «Esalen», en California, y «Findhorn», en Escocia, se constituyeron, de hecho, en los centros experimentales y cuna del actual movimiento.

La Nueva Era viene infiltrándose en la intimidad de una cultura occidental fragmentada, desconsolada de sí misma, melancólica de sus propias fuentes, descreída de la razón, deshabitada de divinidad, fatigada, sin rumbos ciertos. “Un mundo en el que no sólo no sabemos adónde nos dirigimos, sino tampoco adónde deberíamos dirigirnos. (…) Ignoramos cuáles serán los elementos que darán forma al futuro… El viejo siglo no ha terminado bien.” (Eric Hobsbawm) La mayoría de las personas que se sienten estimuladas y atraídas por la «New Age», buscan auténticamente un sentido trascendente de la vida, amor, paz interior, consuelo físico y espiritual en medio de estas sociedades resecadas espiritualmente. Parafraseando a Chesterton podemos decir que cuando se deja de creer en Dios, no necesariamente no se cree en nada, sino que se comienza a creer en cualquier cosa.

Pero es necesario señalar que muchos de los precursores, gurús y difusores de la Nueva Era forman parte de una verdadera “Conspiración” contra las grandes religiones, especialmente los monoteísmos (judaísmo, cristianismo e islam), a las cuales no se opone frontalmente, sino que anuncia simple y alegremente haberlas superado y sucedido, presentándose como la única religión, o mejor dicho «espiritualidad» del futuro, post cristiana, manifestándose como una espiritualidad cósmica y “holística”, como un «despertar a una nueva conciencia», y respetuosa de sus adeptos, pues la única ley es la de la propia subjetividad de sus creyentes y el único dogma es el capricho de construirse cada uno su propia «religión» a la carta.

La crisis cultural y la crisis de las religiones

La crisis de la modernidad, con su alergia a la autoridad, a la burocracia, a las mediaciones institucionales, ha puesto en crisis todas las instituciones modernas. Entre ellas, las grandes iglesias. Su lugar es ocupado por las llamadas «vías alternativas”, ya en el campo médico, político o religioso.

La lógica instrumental de la tecnoeconomía ha ido por su parte colonizando la cultura, convirtiendo todo en mero producto de consumo. También “lo divino” es volcado al mercado en útiles envases descartables. Los urgidos clientes, deseosos de refrescantes dosis para el alma, van abrazando sucesivamente una y otra técnica espiritual, o varias a la vez, con la mente y el bolsillo fijos en su eficacia. Un floreciente y múltiple negocio se ha erigido entre nosotros, pródigo en fantasía, temas y libros afiebrados -prohijando como nuevas, turbulentamente, doctrinas e ideas seculares, cuando no milenarias-, en prolíficos grupos sectarios y movimientos pseudorreligiosos con apariencia empresarial… ¿O empresas con apariencia religiosa?

En lugar de vernos enriquecidos con la diversidad e identidad de cada una de las religiones, en lugar de preservar su historia, raíz y tradición, en lugar de asistir al diálogo entre ellas, la “New Age” va demoliéndolas una por una, disolviéndolas y transformándolas en una única espiritualidad cósmica, sin límites ni configuraciones definidas. Por otra parte, los fundamentalismos integristas, son, en el fondo, una reacción extrema y peligrosa contra este impulso de disolución y difuminación religiosas. ¿Una estrategia más de la globalización del pensamiento único en su expresión religiosa?

Una espiritualidad de mercado

En esta corriente cada cual se siente libre de incorporar a su personal credo aquellas vivencias, prácticas y ofertas que considere convenientes, ya sin yugo, ya sin censores, ya sin instituciones ni mediaciones que se interpongan en el camino. ¿Una religiosidad adecuada al sistema neoliberal que coloniza todos los ámbitos con su lógica instrumental, transformándolo todo en algo que se puede usar según el capricho de cada cual, a gusto del consumidor? ¿Un Dios a mi imagen y semejanza?

La «New Age» no acepta ninguna verdad que esté fuera del ámbito de la propia experiencia. Una libertad que deriva en el dogmatismo de la pura subjetividad: lo que a mí me gusta, lo que yo siento… porque a mí me gusta, porque yo lo siento así. Mera intimidad de sensaciones placenteras. Una «espiritualidad» que no sólo no une, sino que nos aleja cada vez más a unos de otros, que nos va encerrando a cada cual en un recóndito y esotérico ego, donde ya no hay lugar para el «molesto prójimo». Una espiritualidad acorde a la mentalidad consumista donde no queda tiempo para mirar al otro, tan solo satisfacer la propia necesidad.

La Era de Acuario y la tradición gnóstico-esotérica

El mismo nombre, “New Age» remite a una concepción astrológica de la historia. El tiempo presente es el del pasaje de la era de Piscis —que correspondería a la era cristiana-, a la era de Acuario —que corresponde a la Nueva Era-. Con la llegada astrológica de Acuario nacerá una nueva humanidad, un nuevo orden mundial, una nueva forma de vivir y comprender la religiosidad, una era de paz, abundancia y armonía…, una Nueva Era donde las religiones clásicas, y sobre todo el cristianismo alcanzarían su fin, y un nuevo paradigma emerge, listo para revelarnos sus secretos.

El «gran secreto» de los movimientos gnósticos, siempre reservados a una élite, ahora se vende en el «mercado religioso». Mediante una iniciación progresiva en un cierto conocimiento (gnosis en griego), se alcanza la verdad escondida: «somos la divinidad». He aquí las tres etapas de esta conciencia: «Dios está dentro de mí», luego «Dios y yo somos una misma realidad», y finalmente «Yo Soy Dios».

La conciencia del «Yo Soy», es la conciencia de la propia divinidad. Es la conciencia panteísta (pan: todo; theos: Dios), y por esta vía espiritual Dios no es ya una Persona. Ahora se trata de una energía impersonal que todo lo invade y del cual somos parte. Ya no hay distinción, «todo es la divinidad», todo es«energía».

Esta concepción se alimenta de la milenaria tradición esotérica (del griego esoteros: lo oculto), la cual canoniza a toda una serie de personajes de dudosa reputación y grandes maestros del ocultismo occidental, junto a magos, alquimistas, masones, rosacruces y teósofos. Círculos herméticos, logias masónicas y sociedades ocultistas caminaron siempre por carriles paralelos a los de las religiones tradicionales buscando secretos ocultos y una filosofía perenne. Pero la Nueva Era hace del esoterismo algo exotérico, es decir, público. Por ello la difusión de tanta literatura sobre ángeles, cábala, alquimia, libros apócrifos, y la fascinación por la brujería y las religiones precristianas (celtas, egipcios, asirios, etc).

Siguiendo a sus precursores teósofos, la Nueva Era ha puesto también el énfasis en las religiones transpersonalistas (que llamamos orientales) como el budismo y el hinduismo, de las que la Nueva Era toma los elementos que más le interesa, descontextualizándolos de su cosmovisión original.

No quieren saber nada con la ascesis, ni con el sacrificio, solo crear una religiosidad para hombres y mujeres de éxito, donde no hay fracasos, ni debilidad, ni error. Toman de las religiones de oriente solo lo que les conviene.

Ecología mística, Channeling, y Maestros ascendidos

Una nueva sensibilidad ecológica, de carácter animista y panteísta —nuestro planeta recibe el apelativo de Madre Tierra (la primordial diosa Gaia)-, colorea la atmósfera «New Age”, sacralizando toda la naturaleza hasta el punto de divinizarla.

La práctica del channeling (canalización) forma parte del abigarrado y pintoresco panorama de la Nueva Era. Es una versión moderna del espiritismo en que, por medio de ciertas «técnicas» se invocan espíritus de difuntos, así como también de ángeles, extraterrestres y «seres de luz» (?). Volúmenes de amplia difusión, como Un curso de milagros, o el Libro de Urantia son fruto de locuaces voces del más allá, que peroran desde el otro mundo. ¿Acaso se trata de ediciones postmortem?

Los adeptos a la Nueva Era pretenden abrir sus mentes generosamente a numerosos “maestros espirituales” o “ascendidos”, guías de la humanidad, que les dictarían en su conciencia lo que han de hacer, pensar y sentir, de tal manera que cada uno apela a su «maestro» o «ángel» para justificar sus acciones o decisiones irracionales. Estos «maestros ascendidos», avatares, son hermanados y yuxtapuestos unos a otros en una perpleja y solidaria enumeración: Henoc, Elías, Moisés, Paracelso, El Morya, Noé, Mahachohan, Pitágoras, Confucio, Jesús de Nazareth, Hermes Trismégisto, Elohim, Buda, Nichiren, Mahoma, Krishna, Melquisedec, Maitreya, El Rey Arturo, Minerva, Nabucodonosor, Serapis Bei, Lady Rowena, San Juan Bautista, Eliphas Lévi, Sanat Kumara, El Arcángel Miguel, M. Eckhart, Nanak, Francis Bacon, La Virgen de Fátima, El Conde de Saint Germain… y también algún E.T. Todos ellos serían manifestaciones del único «cristo cósmico».

Bajo el título de “METAFÍSICA CRISTIANA” —que no tiene nada de cristiana—, librillos y cursos saturan nuestro medio en un clima y lenguaje espiritualmente abiertos, positivos y agradables, pero no son más que instancias de iniciación al esoterismo, a la confusión irracional, y con cierta peligrosidad psicológica para quienes la practican. Tal vez esta sea una de las más delirantes manifestaciones «new agers» en Latinoamérica y de mayor difusión en Montevideo.

Entre novelas, manuales de autoayuda y revistas de moda

Entre los autores vinculados al movimiento directa o indirectamente podemos mencionar a M. Blavatsky, Annie Besant, Rudolf Steiner, Alice Bailey, Eileen Caddy («Dios me habló»), Marylin Ferguson, Michael Murphy, David Spangler, Louise L. Hay, la notable actriz Shirley McLaine, Louise Hay, Claudio María Domínguez, Enrique Barrios (con sus libritos sobre Ami el niño de las estrellas), y los sacerdotes católicos Ricardo L. Gerula y Lauro Trevisan.

Pero las ideas de la «New Age» subyacen y se propalan en novelas que se constituyen en fenómenos de ventas editoriales, como las de Bryan Weiss y Dan Brown. Casos como «La Novena Revelación» (y siguientes), o el famoso “Código da Vinci” —invisible en cuanto a su calidad literaria-, son ciertamente un emblema de las zozobras e inquietudes en que navega la Nueva Era, y que han sumido en recónditas vacilaciones a más de un lector incauto.

Se multiplican toda clase de libros y artículos de dudosos autores sobre temas sibilinos y gnósticos, evangelios apócrifos manipulados, conocimientos secretos supuestamente «ocultados» por la Iglesia, cursos de parapsicología, adivinación, control mental, piramidología, chamanes, turismo astral, cábala, ufología, radiestesia, etc. Y así se van repletando los anaqueles de librerías y las góndolas de supermercados con toneladas de sus publicaciones.

Como habrá podido inferir el lector, en el terreno espiritual de la “New Age” cabe todo tipo de siembra, y cualquiera es sembrador. Si uno se acerca, por dar un ejemplo, a las charlas de los lunes en el Ateneo, podrá advertir títulos como: “Fe iluminada y no dogmática». «Transmutar la energía», «El Arcángel san Miguel y el maestro Saint Germain», «Invocación al rayo violeta», «Tarot angélico», etc.

La superchería de numerosos mercaderes se aprovecha de la desinformación y la ingenuidad de mucha gente en temas religiosos.

Magia y ocultismo con fachada científica

La cosmovisión de la Nueva Era pretende ser holística, integradora y lograr la fusión entre religiones y ciencia. Procura emplear un lenguaje pseudocientífico y se afana en presentar temas espirituales con un ropaje científico y viceversa. Esto explica la promoción de todo tipo de terapias alternativas y de pseudoterapias, tal es el caso, por dar un ejemplo, de la «Terapia de vidas pasadas». Supuestos psicólogos enseñan técnicas hipnóticas para regresar a supuestas vidas anteriores. Y así encontramos toda clase de fetichistas, astrólogos, videntes y brujos cobijados bajo nebulosos títulos como el de «parapsicólogo» o «terapeuta».

En el fondo está el viejo anhelo de la magia y de la ciencia: tener técnicas que logren manipularlo todo para propio beneficio, y para sostener sus postulados como «científicos» recurren a la psicología de James y Jung, a la física cuántica de F. Capra, y a algunos escritos de Lessing, Theilard de Chardin, Maslow, A. Huxley y muchos otros.

No olvidemos que la religión (cualquiera que sea) religa al hombre, lo pone en relación, y de ahí se desprende una ética hacia el otro y hacia el medio en el que vive, en cambio la magia es meramente instrumental, funcionalista y desinteresada del bien común.

De la meditación a la locura…

Aunque algunas terapias de supuesto origen oriental (llamadas “alternativas” o “complementarias”) puedan contener elementos valiosos, es necesario decir que, en el contexto en que son presentadas y vividas por la “New Age” en Occidente, la mayoría de ellas han deparado graves lesiones psicológicas y secuelas espirituales en muchos de sus adherentes. Baste mencionar que los viajes astrales, la invocación de maestros ascendidos, las meditaciones de hiperventilación y expansión de la conciencia, las regresiones hipnóticas y la casi totalidad de los métodos de control mental han generado delirios místicos, o de influencia, esquizofrenias, desdoblamientos de personalidad, y otros diversos estados psicopatológicos.

El especialista J. M. Baamonde hablando de las inducciones a estados de trance escribe: «Estas similitudes, también, indicarían la inconveniencia de fomentar estos estados alterados de conciencia, por el riesgo implícito de generar serias perturbaciones psíquicas a raíz de personificaciones y automatismos inconscientes que, en ciertos casos, asumirán el carácter de delirios sistematizados… Una de las consecuencias más habituales es la generación de brotes esquizofrénicos de diversa intensidad, en asistentes a estos cultos que cuenten con una subestructura psicótica».

Nuevas sectas para la Nueva Era

A partir de los ochenta en los EE.UU., y de los noventa en el resto del mundo, las sectas de mayor crecimiento —que son precisamente las que enarbolan la bandera de la Nueva Era-, vienen prometiendo y ofreciendo toda suerte de bienestar por medio de estas técnicas “espirituales”, técnicas muy costosas para el bolsillo, y peligrosas para la salud. Muchos de estos grupos se presentan, no como Iglesias, sino como Institutos o Centros de Rehabilitación personal, donde el lenguaje pseudocientífico y las estrategias de marketing son una simple fachada, bajo la cual se esconde una verdadera secta destructiva.

La avalancha del esoterismo

El enorme caudal de información esotérica se ha vuelto público, distorsionado y generador de no poca confusión, sobre todo para aquellos que no conocen algo mínimo de historia de las religiones y no distinguen la verdad de la ficción literaria, y más aún, para los que su cristianismo no pasa de un simple «barniz».

De esta manera se ha desarrollado una avalancha de literatura, películas, y conferencias que dan nuevas interpretaciones a los conceptos y categorías teológicas del cristianismo, vaciándolas de sus contenidos originales, recreando y resignificándolo todo en calve ocultista y gnóstica, hasta el punto de querer «devolver» al cristianismo las «verdades secretas» durante siglos escondidas por las malvadas Iglesias cristianas.

El esoterismo actual es un buen negocio para más de un charlatán que se aprovecha de la ingenuidad de tantos sedientos de verdad, de paz, de amor y de armonía interior…, de Dios.

La Nueva Era se infiltra en el cristianismo

Juan Pablo II se ha pronunciado varias veces advirtiendo que el principal desafío para las Iglesias hoy, es la penetración de la Nueva Era en su propia pastoral. Retiros, catequesis, prédicas, manuales de aquí y allá trasuntan el universo de la “New Age”. Y no son pocos los que se han dejado fascinar por otras «luces de colores» porque Jesucristo no les hace arder el corazón. ¿Habremos los cristianos opacado el misterio de Cristo?, ¿habremos ocultado el pozo de agua viva?, ¿habremos enmascarado de ideologías y racionalismos la fascinante presencia en el mundo de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios? ¿Transparentamos como Iglesia la luz de Cristo que resplandece sobre su rostro?

¿Católicos new agers?

En muchos retiros la Palabra de Dios es progresivamente dejada de lado. En su lugar, de modo creciente, se proponen técnicas psicológicas, meditativas y esotéricas. En varias iglesias se ofrecen cursos de Reiki y de Yoga muy poco purificados de sus contenidos orientales (karma, reencarnación, panteísmo, “chakras”…). El Eneagrama —un diagrama de tipología de la personalidad- es otra de estas técnicas promovidas, la cual se habría originado en el misticismo sufí… pulida, reinterpretada y difundida por iniciados en el esoterismo como Claudio Naranjo y Óscar Ichazo —fundador de la secta Arica-, seguidores del ocultista Gurdjieff. Algunos sacerdotes jesuitas especialistas en el tema, que fueron devotos de esta práctica en EE.UU., se lamentan hoy de su ingenuidad.

Muchos cristianos, fascinados con novelas como las de P. Coelho, comenzaron, sin pretenderlo, a cambiar aspectos fundamentales de la fe. Y en algunos colegios regalan a los adolescentes el librillo Ami, el niño de las estrellas, cuyos contenidos nos disponen a la Era de Acuario, y cuyo Dios no es otra cosa que un conjunto de vibraciones energéticas.

Son muchos los que diciéndose «cristianos» se sienten ofendidos al ser observados por sus prácticas directa o indirectamente contrarias al Evangelio de Jesucristo y a las orientaciones de sus pastores. Sus sinceras búsquedas espirituales no son suficientes. Hay que volver a decir que solamente Jesucristo es el camino, la verdad y la vida, que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados (Hch 4,12). Estamos necesitados de una renovación pastoral que inicie en los misterios de Dios a los fieles, que los disponga al encuentro personal y comunitario con el único Dios que salva, sana y libera y no una caricatura que nos caiga bien.

Al respecto cobran especial interés las palabras dirigidas por el Papa Juan Pablo II, al tercer grupo de obispos norteamericanos , en la visita ad limina apostolurum del 18 de mayo de 1993:

“Mientras sigue avanzando la secularización de muchos aspectos de la vida, hay una nueva demanda de espiritualidad, como lo muestra la aparición de muchos movimientos religiosos y terapéuticos, que pretenden dar una respuesta a la crisis de los valores de la sociedad occidental. Esta inquietud del homo religiosus produce algunos resultados positivos y constructivos, como la búsqueda de un nuevo significado de la vida, una nueva sensibilidad ecológica y el deseo de ir más allá de una religiosidad fría y racionalista. Por otra parte, este despertar religioso trae consigo algunos elementos muy ambiguos, incompatibles con la fe cristiana.

…Las ideas de la New Age a veces se abren camino en la predicación, la catequesis, los congresos y los retiros, y así llegan a influir incluso en los católicos practicantes, que tal vez no son conscientes de la incompatibilidad de esas ideas con la fe cristiana.

En su perspectiva sincretista e inmanente, estos movimientos pararreligiosos prestan poca atención a la Revelación, más bien, intentan llegar a Dios a través del conocimiento y la experiencia, basados en elementos que toman prestados de la espiritualidad oriental y de técnicas psicológicas. Tienden a relativizar la doctrina religiosa a favor de una vaga visión del mundo, que se expresa mediante un sistema de mitos y símbolos revestidos de un lenguaje religioso. Además proponen a menudo una concepción panteísta de Dios, incompatible con la Sagrada Escritura y la tradición cristiana. Reemplazando la responsabilidad personal de nuestras acciones frente a Dios con un sentido del deber frente al cosmos, tergiversando así el verdadero concepto de pecado y la necesidad de la salvación por medio de Cristo”.

El gran desafío

El primer informe Vaticano afirma: «…una invitación a encontrarse con Jesucristo,… tendrá más peso si se ve que quien la realiza es alguien que ha sido profundamente tocado por su propio encuentro con Jesús; porque lo hace no uno que simplemente ha oído hablar de Él, sino alguien que está seguro de «que Él es realmente el salvador del mundo (Jn. 4,42)».

No es cuestión de copiar a las sectas, ni de consentir una espiritualidad sensiblera y emocionalista, sino de volver a la auténtica fuente: Jesucristo, en toda su verdad y sin recortes ni reduccionismos ideológicos conservadores o progresistas.

Es urgente leer la sed de Dios de nuestra gente y dar respuestas eficaces. No es cuestión de métodos, es cuestión de testimonio, es cuestión de ver en los cristianos el ardor de Jesucristo, de hombres y mujeres que vivan la pasión por el evangelio, por el pobre, por el que sufre, y no se queden en discursos morales, de cristianos que irradien el amor de Dios y el gozo de anunciar sus maravillas. Sólo así los jóvenes podrán ver un cristianismo para ellos, que los mueva a soñar, a ser auténticos, a vivir con un Dios vivo y verdadero. Sólo así encontrarán un Dios que los arranque de un mundo cerrado en el consumo, el inmediatismo y la superficialidad que congela tantos corazones.

Una tarea como esta nos exige mucha humildad y apertura a un Dios que no se cansa de insistirnos en la primacía de su gracia, de su amor y de su Palabra que no pasa de moda.

Si hay una crisis en las Iglesias cristianas, esa es una crisis de espiritualidad y he ahí donde hemos de renovarnos volviendo a la fuente, para no salir a buscar otros pozos donde nos vendan caricaturas de la verdadera experiencia de Dios.

El mismo San Pablo nos advierte:

«Estén atentos, no sea que alguien los seduzca por medio de filosofías o de estériles especulaciones fundadas en tradiciones humanas o en poderes cósmicos, pero no en Cristo. Porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad, y en él, que es cabeza de todo dominio y potestad, ustedes han obtenido la plenitud… Que nadie los prive del premio presumiendo de humildad o de dar culto a los ángeles; es gente que se enorgullece de lo que cree haber visto, que se vanagloria de pensamientos mundanos y que no se mantiene unida a Cristo…» (Colosenses 2, 9-10.18-19)

«Predica a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta, hazlo con mucha paciencia y conforme a la enseñanza. Porque vendrá el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados por sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán palabras halagadoras, apartarán los oídos de la verdad y los desviarán hacia las fábulas. Tú sin embargo, procura ser siempre prudente, soporta el sufrimiento, predica el evangelio y dedícate plenamente a tu ministerio». (2 Tim 4,2-5)

Miguel Angel Pastorino

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