Ver y Creer: “El Mandatum”

Durante una reunión a la que fui convocado en una parroquia, el entonces párroco se burló de la presencia de un sacerdote exorcista a quien yo había llevado semanas antes a participar como presentador de un libro. Su sarcasmo hizo que me percatara de su ausencia de fe hacia los exorcistas, los exorcismos, y por ende, hacia las posesiones satánicas e infestaciones, influencias y vejaciones diabólicas.

Lo que pude ver en aquel párroco es común en algunos sacerdotes que no han podido entender, o no han querido aceptar, que el exorcismo es un rito por el que se le ordena al demonio salir del cuerpo de un poseso, que la esencia de este rito es la conjuración o la orden dictada al demonio en el nombre de Jesús para que abandone ese cuerpo, que antes se elevan súplicas a Dios con oraciones deprecativas, y que luego al demonio no se le pide nada, sino que se le ordena, es decir, se le conjura, por el poder sacerdotal o por el poder inherente en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que abandone ese cuerpo que ha invadido.

No puedo entender cómo es que este tipo de sacerdotes, que no creen en el poder del exorcismo (del griego exorkizein que significa conjurar) puedan celebrar el sacramento del Bautismo, pues contiene, de suyo, un ritual exorcístico. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica: “Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos, el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a Satanás” (1237). Es preciso que oremos por esos sacerdotes, los que no creen y los que se burlan de los exorcistas.

Santo Tomás define el mal como “la carencia de un bien debido”. Por lo tanto, el mal no es algo que tenga existencia en sí mismo, sino algo que existe en un ser. Este ser es el demonio, pero uno de los grandes males que ha ocasionado la cultura del relativismo ha sido, precisamente, la relativización del concepto de bien y de mal, haciendo desaparecer el concepto objetivo del bien y el mal bajo la pretensión que lo que es bueno para algunos no lo es para otros, y viceversa, hasta el punto de que esta cultura afirma que como todo es neutro, no existe el mal y que, por ende, tampoco existe ese ser maligno. Pero en defensa de la objetividad Benedicto XVI ha manifestado en varias ocasiones que “la verdad no es relativa porque la verdad es absoluta y nunca podrá ser vencida con argumentaciones”.

Hay un grupo importante de incrédulos de los exorcismos que argumenta que los casos de posesión satánica son muchísimo menores en nuestro tiempo que los numerosos casos de los que da cuenta el Evangelio. Es cierto que disminuyeron notablemente las posesiones, pero no como una comprobación histórica de la inexistencia del demonio, sino porque el cristianismo y la extensión de la Iglesia vinieron a erradicar muchas prácticas de conjuración de fuerzas malignas e infinidad de ritos que, invocando a espíritus o a dioses, facilitaban la posesión diabólica. Además, desde mediados del siglo XX, y ahora mucho más, los fenómenos de influencias y posesiones satánicas han aumentado en proporción a las prácticas esotéricas y ocultistas, que se han recuperado del antiguo pasado, para traerlas a nuestra cultura a fin de suplir la necesidad de Dios inherente a todo ser humano.

Por los sacerdotes que ya no creen en los exorcismos, la práctica del Mandatum nos resultará de mucha utilidad en la lucha cotidiana para vencer al mal. El Mandatum consiste en pronunciar una orden dada en privado y de modo puntual ordenándole al demonio, en el nombre de Cristo, que se aleje. Al respecto el padre José Antonio Fortea, demonólogo español, explica en su libro Summa daemoniaca que “Cuando una tentación se prolonga y es de una gran intensidad, cualquier persona en silencio, en su interior, puede dar la orden al demonio de lujuria, de tentación contra la esperanza, o contra la fe, etcétera, que se aleje. Por poner un ejemplo basta con que mentalmente ordene: En el nombre de Jesús, espíritu de rencor aléjate. Este mandatum practicado una sola vez y con fe, suele dar resultados tan inmediatos como sorprendentes”. Lo mismo hay que hacer con los demonios del odio, de los celos, de la envidia, etc.

Yo agrego que pronunciar el nombre de la Virgen Madre de Dios y rezar una Ave María hace que todo demonio salga huyendo de inmediato.

Fuente: Artículo de Roberto O’Farrill en camineo.info

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