Las noticias de escenas macabras se tornan familiares, a fuerza de repetirse. Dice el diario que siete personas fueron masacradas en Ambato (Ecuador), presuntamente por estafas relacionadas con la brujería. En las viviendas donde sucedieron los crímenes, se hallaron al menos 2 000 fotos de personas pinchadas con alfileres y escritas con maldiciones, ruegos y peticiones de toda índole. Las familias agredidas se dedicaban al negocio de la brujería.
Las prácticas de brujería han convivido siempre con períodos de ignorancia y de apogeo cultural; así como con épocas de vacas flacas y de opulencia. Su presencia continuada en todas las sociedades y épocas se aprovecha de que los hombres somos crédulos; tenemos “demasiada facilidad para creer, a veces, contra el buen sentido”, tenemos nuestro reducto de ingenuidad y, además, nos emociona la natural curiosidad por saber lo pasado y el porvenir.
Las preguntas abundan sobre objetos a los que se les atribuye cualidades de prever, descifrar, cambiar el futuro y causar desgracias o muerte. Si es verdad que una foto atravesada sea capaz de perturbar al fotografiado a cualquier distancia, ¿de dónde tiene esa foto su asombroso poder? ¿De sí misma o lo ha recibido de alguien? Si lo tiene por sí misma, la razón no deja de ser sorprendente. ¿Cómo logra un objeto inerte identificar a la persona sobre la cual debe actuar?
Si, en cambio, el poder lo ha recibido de alguien, la intriga se vuelve todavía más notable. Los devotos de esos ritos no atribuyen a sus objetos designios inteligentes. Sucedería simplemente que determinadas cosas contienen en sí fuerzas cósmicas o maléficas. Pero eso no hace sino trasladar el problema. ¿Por qué dichas cosas poseen poderes de los que sus autores carecen? ¿Cómo actúa esa fuerza para dirigirse precisamente en contra de alguien? ¿Si esa fuerza es inteligente y poderosa, cómo pueden dominarla algunos personajes? ¿Está ella sometida a otras reglas a su vez más poderosas?
Nunca pierde actualidad la restauración del viejo ritual mágico, en plena época de la ciencia y la tecnología. Quienes lo cultivan son conscientes de que la razón humana es limitada y está lejos de constituir un absoluto. Detrás de estas supersticiones se esconde el noble deseo de huir del materialismo y buscar dimensiones de la vida más espirituales. Así también se busca una forma de la justicia, tan despreciada por los hombres. Pero el precio que pagan es demasiado alto y los resultados macabros.
Rafael Rodríguez Vidal, catedrático de Matemáticas en la Universidad de Zaragoza escribió el libro ‘El mentir de las estrellas’, tomando el nombre de una cuarteta, atribuida a Quevedo, que reza así: “El mentir de las estrellas / es muy seguro mentir / porque ninguno ha de ir / a preguntárselo a ellas”. No son las estrellas las que mienten, sino los astrólogos.
Fuente: Jaime Acosta Espinosa – ‘Hoy On Line’ – Ecuador