Más cuentos de la pampa

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Demonios y fantasmas, milagreros y bondadosas apariciones protagonizan las historias sobrenaturales que dan vida a una  rica tradición de las salitreras de la Región de Antofagasta, Chile.

Aun cuando de la otrora poderosa industria calichera hoy en día sólo María Elena es la única oficina sobreviviente, numerosos relatos fantásticos originados en la pampa son recordados por los antiguos habitantes del desierto. Estos, diseminados por el Norte Grande, mantienen vivas algunas narraciones marcadas por la inclemencia de un clima extremo y la dura existencia en los ahora desaparecidos cantones del salitre.

LA RUBIA DEMONÍACA.– Durante los 50, en la ex oficina Pedro de Valdivia vivía una bella mujer de larga cabellera rubia. Desde que una fulminante enfermedad le quitó la vida, en las salitreras se cuentan historias de raras visitas a casas pampinas. Luego que le abren la puerta, entre sollozos convence a los moradores que se le deje dormir ahí. El problema es que, bien entrada la noche, desde la habitación en donde se supone descansa, surgen estruendosas risas  con acento demoníaco y lastimeros llantos. También sale un nauseabundo olor y un penetrante frío y, finalmente, se escuchan extrañas discusiones.

Dicen los ancianos que las risas provienen de la alegría que le provoca a la muerta ingresar a un hogar mediante el engaño y que los llantos se deben a que no encuentra a su familia. El hedor, en tanto, es porque su cuerpo lleva mucho tiempo sin vida; el frío, por el mundo en que vive, y las conversaciones son con la muerte, que siempre acompaña a la desdichada rubia.

LA GUAGUA VAMPIRO.- Enamorada por un afuerino de vacaciones en la ex oficina José Francisco Vergara, una jovencita del lugar quedó embarazada. Presa de rabia, el padre de la afectada juró que apenas naciera el niño, éste tenía que ser abandonado en la pampa. Meses después, el recio minero cumplió su promesa, dejando al varón recién nacido en un cerro en las afueras del campamento.

Como muchos aseguraron haber escuchado durante días el llanto de una guagua en ese sector, un grupo fue a investigar. Se encontraron con la escalofriante escena de una guagua muerta, con su boca abierta en donde resaltaban dos grandes colmillos. Su rictus era demoníaco y la gente observó sangre en sus labios.

Asustados, decidieron enterrarla. Hasta nuestros días, cuando en la oscuridad de la noche pampina se escucha el llanto de un infante, se dice que por las cercanías se encuentra la guagua vampiro.

JUANITO DE LA PAMPA.– En contrapartida, otro inocente infante de José Francisco Vergara tiene un sitial distinto. Abandonado en pleno desierto por una madre presa de la desesperación que le produjo un embarazo no deseado, su frágil cuerpo de sietemesino fue descubierto sin vida por habitantes de esa salitrera en una pequeña caja de zapatos. La población, conmocionada por el hallazgo, decidió dar una sepultura respetable a tan desdichada criatura, cuyo desamparo y trágico sino se mezclaban con la incertidumbre de la verdadera identidad de su madre, nunca descubierta.

Bautizado el día de su funeral por el cura del campamento, «Juanito de la Pampa» se convirtió en un menor mártir, milagroso y protector de los demás niños. Es muy conocida entre los pampinos la estrofa en la cual se implora su ayuda y que aparece en su lápida: «La maldad de mi madre, fue haberme abandonado; la gratitud de la gente, fue haberme sepultado».

BUSCADORES DE RIQUEZAS.- Un grupo de buscadores de riquezas en la pampa se encontró con un anciano completamente vestido de negro, al que interrogaron sobre la ubicación de vetas de oro. «Lo encontrarán cuando vean al príncipe de las tinieblas, Lucifer», fue la respuesta.

Poniendo la codicia por sobre el miedo, al tiempo volvieron con sus mujeres e hijos. Un día, los pequeños divisaron un asno, al que sus padres atraparon. Nadie se dio cuenta de que el animal aumentaba rápidamente de tamaño mientras no lo miraban.

En un momento, cuando los menores lo montaron, el cuadrúpedo se alejó a toda velocidad, dejando en evidencia su demoníaca identidad: era el diablo que se llevaba a los niños. Sólo el desesperado grito «¡Ave María!», de una de las madres, hizo desaparecer al animal, cayendo violentamente los pequeños al suelo. Esas familias nunca más volvieron al desierto a buscar riquezas.
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EL PANTEONERO.- En 1955 murió el que por 30 años había sido el panteonero del cementerio de la ex oficina Chacabuco. Su partida conmocionó al pueblo, ya que no se encontraron explicaciones para el fallecimiento y se supo que durante los últimos días estuvo extrañamente introvertido e irascible.

Muchos asistieron a su entierro y más se sorprendieron al día siguiente, cuando el ataúd apareció sobre el nicho. Se cuenta que no murió en paz, ya que esto se repitió varios días hasta que los nuevos panteoneros aseguraron con metal su  sepulcro bajo tierra.

Cada 13 de noviembre, la fecha de su muerte, todos evitan el camposanto, ya que se dice que en el lugar se escuchan aullidos, quejidos y gritos infernales, además que las flores de los demás enterrados amanecen quemadas y sus lápidas chamuscadas.

LA ANCIANA PIANISTA.- Durante muchos años enseñó música en un vistoso piano alemán. Su devoción por el instrumento era tal que dedicaba gran cantidad del tiempo a su cuidado, en una compensación al hecho de haber dedicado su juventud a la enseñanza en detrimento del amor.

Los niños la adoraban y los grandes sentían un gran respeto por ella. La muerte le sobrevino en momentos en que tocaba el piano, exhalando abrazada a él. Coya Sur cerró en 1981 y todos los implementos de la escuela fueron enviados a María Elena, la única salitrera que aún funciona.

Entre los eleninos circulan historias sobre los «conciertos» que sin explicación se escuchan en ciertas noches. Aunque nadie se asusta, porque atribuyen estas sobrenaturales presentaciones a la buena anciana de Coya Sur, enamorada de la música y de su querido piano.

(Tomado del libro: «Cuentos de aquí, allá y del más allá» , de Gabriel Gutiérrez).

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