No todo quien se dice cristiano sigue a Cristo

Hay algo que muchos ya perciben, pero pocos se atreven a decir con claridad: no todo lo que se presenta como cristianismo tiene que ver con Cristo.
Y no es una exageración. Es un diagnóstico. Porque lo que estamos viendo hoy -en Chile, en América Latina y en buena parte del mundo-, no es solo religión. Es una completa estructura de poder.


CUANDO LA FE ENTRA EN POLÍTICA DEJA DE SER INOCENTE
Durante años, ciertos sectores evangélicos han construido algo mucho más que comunidades de fe. Han construido influencia. Influencia en votos.
Influencia en leyes. Influencia en gobiernos. Y lo más preocupante: lo han hecho convenciendo a miles de personas de que están cumpliendo un mandato divino, cuando en realidad están participando en un proyecto ideológico.
En Chile esto ya no es teoría. Es algo perfectamente visible para todo quién quiera detenerse a observar: Personas con una identidad religiosa muy marcada ocupando cargos públicos relevantes y trasladando su visión espiritual al ámbito político, como si ambas cosas fueran inseparables. Y ahí es donde empieza el problema.


LO QUE NADIE QUIERE MIRAR DE FRENTE
Cuando una figura pública chilena, con fuerte identidad religiosa (evangélica, en este caso), es señalada por haber participado en prácticas como un exorcismo sin consentimiento, hecho denunciado por la propia persona afectada y recogido por distintos medios, la cuestión deja de ser anecdótica. Se vuelve sintomática.
Porque ya no estamos hablando solo de creencias. Estamos hablando de límites. De ética.
De poder. De hasta dónde puede llegar alguien cuando cree que actúa “en nombre de Dios”.
Y ese es el verdadero peligro:
cuando la convicción religiosa sustituye al criterio.

Hoy en Chile ya no hablamos de teorías ni de tendencias futuras.
Hablamos de un presente concreto: un gobierno donde las corrientes conservadoras, muchas de ellas con fuerte raíz religiosa, han alcanzado el poder político. Comenzando con el propio presidente, que pertenece a la organización católica Schoenstatt.
Y esto obliga a una reflexión seria. Porque cuando determinadas visiones de fe se alinean con el poder del Estado, el riesgo deja de ser abstracto y se vuelve real. Ya no se trata solo de lo que se predica en una iglesia, sino de lo que se decide en un ministerio, en una ley, en una política pública.

En todo caso, no importa quién gobierne en un momento determinado: lo preocupante es cómo distintas corrientes religiosas, evangélicas y también católicas (el Opus Dei, los Legionarios de Cristo o la ya mencionada Schoenstadtt) buscan instalar su visión del mundo en el ámbito público, como si fuera una verdad incuestionable y no una creencia personal.
Y ahí la pregunta es inevitable:
¿Dónde termina la fe personal…
y dónde empieza la imposición ideológica?


IGLESIAS QUE YA NO SON SOLO IGLESIAS
El fenómeno evangélico actual, especialmente en su versión neopentecostal, ha cambiado y evolucionado. Ya no es únicamente espiritual. Es mediático. Es económico. Es político.
Grandes congregaciones que funcionan como plataformas de influencia. Líderes con capacidad de movilizar masas.
Discursos que no solo hablan del alma, sino del orden social, del poder, del enemigo.
Y todo eso genera una estructura muy eficaz: una comunidad cohesionada, emocionalmente implicada, y difícil de cuestionar desde dentro.


ISRAEL: LA FE AL SERVICIO DE LA GEOPOLÍTICA
Dentro de este entramado, el apoyo incondicional al Estado de Israel ocupa un lugar central.
Pero no nace del Evangelio.
Nace de una interpretación moderna, conocida como  dispensacionalismo, que ha sido difundida masivamente en el mundo evangélico, especialmente desde Estados Unidos.
Esa doctrina enseña que el Estado de Israel actual forma parte directa del plan divino,
y que apoyarlo es, por tanto, una obligación espiritual.
¿El resultado? Millones de creyentes defendiendo una posición geopolítica compleja,
sin análisis, sin matices, sin cuestionamiento. No por convicción propia, sino por programación doctrinal. Y eso ya no es fe, es alineación.


EL DISPENSACIONALISMO   Llegados a este punto, creo necesario explicar al lector de una manera más detallada qué es esa doctrina tan masivamente difundida y promovida actualmente por el mundo evangélico.

El dispensacionalismo es un sistema teológico protestante que interpreta la Biblia dividiendo la historia en periodos o «dispensaciones» (generalmente siete), durante los cuales Dios administra sus propósitos de manera distinta. Sus pilares son la interpretación literal de la profecía y una distinción clara entre Israel y la Iglesia.
Entre las características principales de esta doctrina, pueden destacarse:
1.- Interpretación literal (Hermenéutica): Hace énfasis en el sentido histórico, gramatical y literal de la Escritura, especialmente en todo lo relacionado con las profecías.
2.-Distinción Israel/Iglesia: Sostiene que Dios tiene dos planes distintos: uno terrenal para Israel y uno celestial para la Iglesia, sin que la Iglesia reemplace a Israel.
3.- Siete Dispensaciones: Inocencia, Conciencia, Gobierno Humano, Promesa, Ley, Gracia y Reino Milenial.
4.-Escatología: Generalmente premilenialista y pretribulacional, según la cual el arrebatamiento o rapto ocurrirá antes de lo que llaman «la gran tribulación».

EL CREYENTE QUE DEJA DE PENSAR
Todo este sistema se sostiene sobre un elemento clave: la renuncia al pensamiento crítico.
Cuando se enseña que cuestionar es dudar de Dios,
cuando se presenta la obediencia como virtud suprema, cuando se reduce la realidad a “nosotros contra ellos”, el individuo deja de discernir. Y una persona que no discierne puede ser conducida a cualquier parte. Incluso a justificar lo injustificable.

ISRAEL Y EL «PLAN DE DIOS»       El moderno Estado de Israel nace en 1948, en un contexto político internacional tras la Segunda Guerra Mundial,
fruto de decisiones humanas, estratégicas y geopolíticas. Una parte importante de los judíos rechazan ser considerados como parte de ese Estado.
No es un concepto puramente espiritual. No es un mandato directo del Evangelio. No es incuestionable. Y sin embargo, millones de creyentes lo defienden como si lo fuera.
¿Por qué? Porque se les ha enseñado que hacerlo es parte del “plan de Dios”.
Pero esa idea no viene de Jesús.
Viene de interpretaciones modernas, construidas y difundidas con intereses muy concretos.
El problema no es Israel, por mucho que se pueda denostar y rechazar su actual política: es la obediencia ciega de muchas personas.

Aquí no se trata de estar a favor o en contra de un país. No es ése el tema que estamos tratando en este artículo. Aquí se trata de algo mucho más profundo:
¿por qué un creyente deja de pensar cuando se le dice que algo es “de Dios”? ¿Por qué no analiza? ¿Por qué no cuestiona?
¿Por qué no distingue entre fe y política? Sencillamente, porque ha sido entrenado para obedecer. Y una fe que no cuestiona, es una fe manipulable.


CRISTO NO ENCAJA EN ESTE SISTEMA
El problema de fondo es este:
Cristo no cabe en este modelo.
Porque Cristo no pidió lealtad política. No pidió defensa de territorios. No pidió alineamientos ideológicos. Pidió conciencia. Y eso es exactamente lo que este sistema evita.

Y mientras tanto, Cristo sigue presente, sí; pero solo en apariencia. Se le menciona. Se le cita. Se le invoca. Pero su mensaje, el real, ha sido desplazado.
Porque, como antes mencioné, el Cristo de los Evangelios no encaja en este sistema. Él no buscó poder. No construyó estructuras. No manipuló masas. No pidió obediencia ciega. Pidió amor, pidió respeto.
Y eso, hoy, es lo que menos interesa.


RELIGIÓN ÚTIL, ESPIRITUALIDAD AUSENTE
Lo que queda entonces es una religión extremadamente útil:
Útil para movilizar votantes. Útil para influir en la opinión pública. Útil para consolidar agendas. Pero cada vez más alejada de la espiritualidad.
Porque, como ya he escrito en otras ocasiones, la espiritualidad no necesita imponerse. No necesita dominar. No necesita convertir la fe en herramienta de poder.


LA ADVERTENCIA QUE INCOMODA
No se trata aquí de atacar a personas concretas. Se trata de entender el fenómeno. Porque cuando la religión se convierte en poder, deja de ser camino y se convierte en sistema. Y cuando el creyente deja de pensar, deja de ser libre.
Por eso conviene decirlo; es necesario decirlo, aunque moleste a muchos: No todos quienes se dicen cristianos siguen a Cristo.
Y a veces, los que hablan más fuerte en su nombre son los que más se han alejado de Él.

®J.R.2026

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