Algunos demonólogos y estudiosos suelen utilizar la palabra Lucifer como sinónimo del Diablo. Sin
embargo otros, entre ellos el padre Gabriele Amorth (exorcista oficial del Vaticano), consideran que Lucifer es un demonio distinto de Satanás, que sería el segundo en dignidad dentro de los ángeles caídos. No obstante, la tradición no ha distinguido entre estos dos términos. Ya Orígenes, en el siglo III, los usa como sinónimos, y nosotros no hallamos sólidas razones para considerar que son dos espíritus y no uno.
En el libro de Tobías aparece el nombre de un demonio: Asmodeo (del persa Aaesma daeva) que significa «espíritu de cólera».
El nombre de Lilith (Is 34,14) siempre ha sido considerado como una figura demoníaca. En la mitología mesopotámica, ese nombre corresponde a un genio con cabeza y cuerpo de mujer, pero con alas y extremidades inferiores de pájaro. Es muy probable que esté relacionado con «lylh» que significa «noche».
En Is 13, 21 y Bar 4, 35 aparecen los «seirim» que se podría traducir como los «peludos»; la palabra deriva del hebreo «sa´ir» (‘peludo’ o ‘macho cabrío’). San Jerónimo tradujo esa palabra como «sátiros», traducción acertada pues esa palabra hebrea designaba a algo así como demonios en forma de machos cabríos. Asimismo, la palabra haría referencia a antiguas entidades demoníacas a las que se tributaría culto: «No sacrificarán más sus ofrendas a los sátiros, tras los cuales se prostituían» (Lev 17,7).
En Ap 9,11 se nos habla del ángel de abismo, cuyo nombre es en hebreo Abaddón y en griego tiene por nombre Apolyon. Abaddón significa «perdición, destrucción», y Apollyón significa «destructor».
La palabra griega daimon significa genio (bueno o malo), si bien en el Nuevo Testamento se utiliza sólo para designar espíritus malignos. Con la excepción de He 17, 18, donde se le da el significado genérico de «divinidades». En el ambiente pagano de la época clásica, los puntos de referencia al hablar del concepto demonio son muy diversos, ya que en ese tiempo estaba muy extendida la creencia en fantasmas, eones, espíritus de la naturaleza, mediadores, almas de ciertos difuntos, genios buenos y genios malos, etcétera.
En los Evangelios, las palabras ‘espíritu inmundo’ y ‘demonio’ se usan indistintamente; así, en Mateo se nos relata que la mujer sirofenicia dice que su hija está poseída del demonio, y en cambio, Marcos dice que tenía un espíritu inmundo. Algunos ejemplos de los distintos nombres con que los evangelistas designan a los demonios son éstos:
-espíritu sordo; Mc 9,25 -espíritu mudo; Mc 9,17 -espíritu impuro; Mc 1,23 -espíritu maligno; Lc 7,21 -demonio impuro; Lc 4,33
En el Evangelio aparece una vez la palabra ‘lunático’ (Mt 17,14). Esta palabra en la antiguedad podía referirse tanto a la epilepsia como a la posesión, y deriva de la creencia de la influencia de la luna sobre los estados de crisis de estas personas.
‘Energúmeno’ es otra forma de designar a los poseídos; procede de la palabra ‘energía’, por la fuerza que desplegaban estos individuos en los estados de crisis.
Luzbel es otra forma extrabíblica de denominar al Diablo.
Mefistófeles es el nombre del demonio que aparece en la obra ‘Fausto’, de Goethe. En las antiguas leyendas germanas aparece este personaje infernal como compañero del doctor Fausto y con el nombre Mefostofies, cuya antigüedad data del año 1587. La forma actual y corriente de este nombre se ha generalizado por la influencia de Goethe. Su etimología más probable es la que se origina de Megistophiel. Ophiel (del griego Apophis, serpiente) era un sobrenombre de Hermes Trismegisto, que en la antigüedad era el patrono de los hechiceros, posteriormente resucitado en la literatura del siglo XVI y clasificado por ésta entre los siete grandes príncipes infernales.
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