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Limpieza espiritual y bendición de hogares y familias

La bendición y limpieza espiritual de una casa, comercio, lugar o personas es un ritual mediante el cual se libera a las personas o lugares de las influencias negativas que les acechan.

En muchas ocasiones hay espíritus que infestan un lugar y molestan a sus habitantes por mandato; es decir porque otras personas los han enviado con el fin de hacer daño a través de súplicas, órdenes o seduciéndolos para que ejecuten esos actos, en lo que comúnmente se denominan «trabajos de magia negra».

Plantas que se secan, ambientes «cargados», animales que cambian bruscamente su carácter, malos olores de origen desconocido, son algunos de los síntomas de que algo no está bien en el hogar y puede ser causado por agentes espirituales extraños.

En ciertos casos los espíritus se quedan en los lugares, pero también es posible que se recuesten sobre la persona, sea sobre sus hombros, su cabeza o se peguen a su cuerpo energético.

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La bendición

Bendecir es invocar la protección de Dios.

CONSEJOS DE UN EXORCISTA

Hay mucha diferencia entre bendecir y exorcizar. Muchos de ustedes tienen confusiones y dudas en este sentido, que trataremos de ir aclarando poco a poco.

Una bendición es el acto de invocar, sobre alguien o algo, la protección divina. Bendecir viene de la unión de las dos palabras latinas «bene», que significa bien y «dicere», que significa hablar, pronunciar. Por tanto, el significado genérico es hablar bien, desear el bien, alabar. En sentido cristiano, es también hacer la señal de la cruz o asperger agua bendita sobre una persona, una casa o un objeto.

Nunca hay que decir «yo te bendigo», sino «que Dios te bendiga». La bendición se hace siempre en nombre del Creador.

En el Templo de la Luz Interior bendecimos siempre a las personas que atendemos con estas palabras:
«Que la bendición de Dios Padre Todopoderoso descienda sobre ti. Que Él te guarde y te proteja siempre de todo mal. Que te conceda siempre todo lo que le pidas y lo que más necesites. De manera especial, la tranquilidad espiritual, la salud de cuerpo y de alma, la felicidad y la paz. Quédate en la paz de Dios».

Bendición de la mesa antes de la comida: «Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que vamos a tomar. Haz que no les falte el pan a los que pasan hambre. Amén».

Cualquier persona, poniendo siempre por delante el nombre de Dios, puede bendecir a un semejante o a una mascota, la comida sobre la mesa, etcétera. Otro tipo de bendiciones, como las de casas, vehículos, etc., precisan de un ritual más elaborado.

Exorcizar el agua bendita, la sal bendita, el aceite u óleo consagrado, la medalla de san Benito y otros sacramentales, así como realizar un exorcismo sobre una persona para sacar de ella un mal espíritu, no puede hacerlo cualquiera.

La oscuridad del alma lejos de Dios

El alma divinizada está en la mano de Cristo, esto es, en el cielo, como él mismo nos ha contado. Pero el alma no divinizada no quiere llegar durante esta vida a la resignación de su voluntad, ni desea entrar en la voluntad de Dios, sino que persiste en su propia codicia y deseo, en la vanidad y en la falsedad, y es así que entra en la voluntad del diablo.

Recibe por tanto en sí misma tan sólo la malicia; solo el engaño, el orgullo, la sordidez, la envidia, la cólera, y a ello entrega su voluntad y todo su deseo. Y no les posible a este alma llegar al reposo divino, pues la ira de Dios se manifiesta en ella, y obra en ella.

Ahora bien, cual el cuerpo se separa del alma, la melancolía y la desesperación eternas comienzan, pues encuentra ahora que se ha convertido totalmente en vanidad, una vanidad sumamente vejatoria para sí, y que se ha convertido en una furia trastornante y una abominación auto atormentante.

Ahora percibe la decepción de todo lo que anteriormente había deseado. Se siente ciega, desnuda, herida, hambrienta y sedienta, sin las menores perspectivas de liberarse nunca o de obtener siquiera una gota de agua de la vida eterna. Y siente que sólo es un diablo para sí misma, su propio ejecutor y torturador; se aterroriza ante su propia forma oscura y horrible, como un gusano deforme y monstruoso, y gustosamente quisiera huir de sí misma si pudiera, pero no puede, pues está encadenada con las cadenas de la naturaleza oscura, en la que se sumió mientras estaba en la carne.

Y así, no habiendo aprendido a sumirse en la gracia divina, ni habiéndose acostumbrado a ello, y siendo también poseída fuertemente por la idea de Dios como un Dios airado y celoso, la pobre alma tiene a la vez miedo y vergüenza de introducir su voluntad en Dios, que es el modo de que consiguiera posiblemente la liberación.

Un alma así está cautiva de la cólera, ella misma no es sino mera cólera, habiéndose encerrado ella misma por su falso deseo que se ha despertado en sí misma, y habiéndose así transformado en la naturaleza y peculiaridad de la cólera. Y puesto que la luz de Dios no brilla en ella, ni la inclina el amor de Dios, el alma es como una gran tiniebla, y como un ansioso dolor ígneo, transportando un infierno dentro de ella, y no siendo capaz de discernir el menor vislumbre de la luz de Dios, o de sentir el menor chispazo de su amor.

Reside por tanto en sí misma, como en el infierno, y no necesita entrar en el infierno en absoluto, ni ser llevada a él; pues en cualquier lugar en que esté, mientras esté en sí misma, estará en el infierno. Y aunque viaje lejos, y se separe muchos cientos miles de leguas de su presente lugar con el fin de salir del infierno, aún permanecerá en el dolor y en las tinieblas infernales.

Diálogos Místicos -Jakob Boehme

La última bruja de Salem recupera su honra

Fuente: Reportaje de María Antonia Sánchez-Vallejo en elpais.com4 de agosto 2022

Mientras en Estados Unidos siguen cayendo estatuas de esclavistas y negreros, se van apagando también los rescoldos de las hogueras en las que ardieron mujeres acusadas de cometer hechizos y supercherías. En la enésima revisión de la historia para rehabilitar a las víctimas, el más reciente episodio concierne a la última bruja oficial de Salem, el gran proceso celebrado en la colonia inglesa de Massachusetts (hoy el Estado homónimo de EE UU) entre 1692 y 1693.

Gracias a la iniciativa de una profesora de secundaria y un grupo de alumnos de Andover, localidad del condado donde también se ubica Salem, su espíritu podrá vagar tranquilo. Los entusiastas estudiantes iniciaron el proceso de rehabilitación en 2020 y lograron convencer a la senadora demócrata por Massachusetts Diana DiZoglio, que hizo suya la causa e impulsó el indulto, anunciado la semana pasada.

Han tenido que pasar 329 años para que el nombre de Elizabeth Johnson Jr. quede definitivamente limpio. Era la última de las brujas de Salem que no había sido rehabilitada y aunque se libró de morir en la horca, su existencia quedó sepultada bajo el peso del estigma hasta que murió a los 77 años, una longevidad inédita entonces. La mujer, que según los historiadores mostraba signos de inestabilidad mental y era soltera y sin hijos —indicios todos ellos de brujería en la época—, se declaró culpable ante el tribunal de inquisidores, al que arrastró a casi 30 miembros de su extensa familia, como si la brujería fuese contagiosa o hereditaria, o ambas cosas al tiempo. Junto a ella fueron juzgadas su madre, varias tías y su abuelo, un pastor de la iglesia. Este la definió ante los jueces como una persona simple, “en el mejor de los casos”, según el historiador Emerson Baker, autor de un libro sobre el megaproceso. Simple equivaldría muy probablemente a diferente según la cortedad de juicio de los jueces en esa etapa supersticiosa y precientífica.

El hecho de no haber tenido descendientes la privó de quien reivindicase su buen nombre, como sucedió con el resto de acusadas. El primer intento se produjo recién iniciado el siglo XVIII. Luego, en los años cincuenta del pasado siglo, Massachusetts aprobó una ley para exculpar a los condenados, pero la iniciativa no logró recopilar todos los nombres. Otro intento de hacer justicia en 2001 la dejó fuera porque la habían dado formalmente por muerta —ejecutada— tras ser declarada culpable en 1693. La histeria social contra todo lo que se salía de la norma, contra el mínimo ejercicio de albedrío, fue implacable contra las mujeres, como recuerda la obra de teatro homónima de Arthur Miller o su adaptación por el dramaturgo a la pantalla grande, en 1996, además de recientes secuelas. Un material muy atractivo para la creación artística, que en la vida real fue solo oprobio para quien lo sufría y motivo de escarnio de los puros.

Salem fue más que un proceso por brujería. Fue un exorcismo colectivo alimentado por una inquisición puritana que hundía sus raíces en la paranoia y la xenofobia, según los historiadores. Un auto de fe gratuito, que desencadenó los peores instintos: el miedo, además de la humana condición de echar la culpa a otros de desazones propias. Al menos 172 personas fueron encausadas en el proceso en 1692. Alrededor del 35% confesó su culpabilidad y se libró de la horca, quedando reservado el cadalso para cuantos se empecinaron en reivindicar su inocencia; una veintena, según las fuentes. El resto de los detenidos fue absuelto o condenado a prisión. Un espantajo colectivo en el que no resulta difícil adivinar la amenaza posterior del Ku Klux Klan. Cuesta no pensar qué hogueras habrían ardido hoy, en la pira de las redes sociales y de la polarización extrema.

La gran caza de brujas de Salem ofrece una posible relectura en clave de género. Se non è vero è ben trovato, como sugiere el adagio. Brujas, como las de Salem, o como la mujer de La letra escarlata, la novela de Nathaniel Hawthorne, convertida en película en los cincuenta, demonizadas por salirse del carril. El puritanismo de la sociedad dominante contra cualquier tipo de heterodoxia o verso libre, contra rebeldes con o sin causa que en muchos casos fueron diana por una vestimenta exótica para los estándares puritanos o por atreverse a beber en una taberna, un sacrilegio para la moral de la época. No resulta difícil trazar una línea recta desde el capirote de una bruja en la horca hasta la cofia blanca de la criada de la novela de Margaret Atwood: mujeres demonizadas, cosificadas, convertidas en chivo expiatorio de malestares más profundos.

Litografía del juicio de las brujas de Salem, en Massachusetts, de 1692.

Además de la de género, otros historiadores subrayan la dimensión socioeconómica del proceso: la acendrada desigualdad, junto con el racismo, el pecado original de Estados Unidos desde mucho antes de la declaración de independencia. Los juicios se cebaron en los más vulnerables de una sociedad colonial, durante un periodo de inestabilidad económica que desató la rivalidad entre las familias de Salem. Una sociedad impregnada de conflictos interpersonales, muchos de ellos derivados de la competencia por los recursos, según el historiador Edward Bever.

Para sobrevivir valía todo, de la agresión física a la amenaza, la maldición o el insulto. Una de las primeras acusadas, Sarah Osborne, fue una pobre viuda que se atrevió a reclamar para sí las tierras de su esposo, desafiando las leyes naturales, consuetudinarias, que otorgaban la herencia a los hijos. La acusación de brujería puso fin a su reivindicación. Otra fue Tituba, una esclava indígena, desviada de la norma por sus orígenes raciales. Sarah Good también era pobre, pero se defendía de las humillaciones de sus vecinos, y eso la llevó al cadalso; su hija, Dorothy Dorcas Good, fue la víctima más joven de Salem: detenida con solo cuatro años, pasó ocho meses en prisión.

La protección de la medalla de San Benito

Aquí tienen ustedes distintos ejemplos de cómo las medallas y cruces de San Benito protegen contra toda mala vibra, maleficio o mal de ojo lanzados contra una persona.

Las medallas, ritualizadas y exorcizadas como corresponde, absorben toda la negatividad y ello se hace patente en el hecho de que, sin importar el material de que estén hechas, se van volviendo negras y deteriorando.

Todos los ejemplares que aparecen en las imágenes son nuestras, y son una clara prueba de los muchos ataques que recibimos, por parte de quienes trabajan en el lado oscuro y a los que nuestro trabajo, evidentemente, no les gusta en absoluto.