Explorar los diferentes efectos de una relación en la cual las dificultades de ambas personas son puestas sobre la mesa y aceptadas, no es nada fácil. Pero nada puede ser más bello y recompensante. Cualquiera que llegue al estado de iluminación en el que esto es posible, nunca volverá a tener miedo de cualquier tipo de interacción. Las dificultades y los miedos surgen en la misma medida en que uno todavía proyecta sus propios problemas sobre los demás al relacionarse echándoles la culpa de todo lo que no nos gusta.
Esto puede adquirir muchas formas sutiles. Puede ser que constantemente te concentres en los errores de los demás porque al inicio eso podría parecer justificado. Puede ser que sutilmente le des más importancia a un lado de la interacción o excluyas otro. Esas distorsiones indican una proyección y la negativa de tu propia responsabilidad ante las dificultades para relacionarte. Esa negativa nutre la dependencia en la perfección de la otra persona, lo cual a su vez crea miedo y hostilidad al sentirnos decepcionados cuando el otro no cumple con nuestros ideales de perfección.
Queridos amigos, no importa lo que haga mal la otra persona; si se sienten molestos, seguramente hay algo en ustedes que pasaron por alto. Cuando digo molestos lo hago con un cierto sentido. No hablo de un enojo claro que expresa sin culpa y que no deja huellas de confusión interior o dolor. Quiero decir el tipo de molestia que surge del conflicto y que genera uno mayor. Hay una gran tendencia entre la gente a decir; «Tú me haces tal o cual cosa.» El juego de culpar a los otros es algo tan presente que siquiera se dan cuenta de él. Un ser humano culpa a otro, un país culpa al otro, un grupo culpa a otro. Éste es un proceso constante en el nivel actual de desarrollo de la humanidad. Se trata de uno de los procesos más dañinos e ilusorios que podemos imaginar.
La gente obtiene placer al hacer esto, aunque el dolor y los conflictos irresolubles que surgen de ahí no tienen proporción alguna con el placer momentáneo y mezquino. Quienes juegan a esto realmente se dañan a sí mismos y a los demás y les recomiendo encarecidamente que empiecen a darse cuenta de la manera ciega en que participan de este jueguito de desplazar culpabilidades.
¿Pero que pasa con la «víctima»? ¿Cómo debe enfrentar las cosas? En tanto víctima, tu primer problema es que ni siquiera te das cuenta de lo que está pasando. La mayoría de las veces convertir al otro en víctima es algo que se hace de una manera sutil, emocional y no verbalizada. La culpabilización silenciosa, escondida, suele lanzarse sin decir palabra, se expresa indirectamente de muchas maneras. Así que la primera necesidad es obtener una conciencia clara, concisa y expresiva para no responder inconscientemente de una forma igualmente destructiva y falsamente defensiva. De otra manera, ninguna de las dos personas se da cuenta en verdad de los intrincados niveles de acción, reacción e interacción que se ponen en marcha al entretejer las madejas hasta que aparecen tantos nudos que parece imposible desatarlos. Innumerables relaciones han fracasado a causa de semejante interacción inconsciente.
El lanzamiento de la culpabilización dispersa veneno, miedo y al menos tanta culpa como la que se trata de proyectar. Los recipientes de esta culpabilización pueden reaccionar de maneras muy distintas, de acuerdo con sus propios problemas y conflictos sin resolver. Mientras la reacción sea ciega y la proyección de la culpabilización inconsciente, la contra-reacción también será neurótica y destructiva. Sólo la percepción consciente puede prohibir esto rechazando la carga que se trata de poner sobre uno. Sólo entonces se puede detectar y dar sentido a lo que pasa.
¿CÓMO BUSCAR LA SATISFACCIÓN Y EL PLACER?
Dentro de una relación que está a punto de florecer se debe tener mucho cuidado de esta trampa, que es la más difícil de detectar, dado que la proyección de la culpabilidad es algo tan frecuente. Además las dos personas deben buscarla tanto en sí mismas como en el otro. Y no me refiero a la confrontación directa a partir de que el otro hizo mal, sino a los reproches sutiles por la propia infelicidad. Ahí está el reto. La única manera en que puedes evitar convertirte en víctima de la proyección de la culpa y de los reproches, es que evites hacerlo.
En la medida en que accedes a esa actitud sutilmente negativa – y puedes hacerlo de manera diferente de la que usa quien te lo hace- no te darás cuenta cuando te lo hacen y te convertirás en una víctima. La sola conciencia de ello cambiará completamente las cosas, ya sea que expreses tu percepción verbalmente y que confrontes a la otra persona o que no lo hagas. Sólo podrás disolver la proyección culpabilizadora de la que el otro te quiere hacer víctima en la medida en que explores y aceptes sin defenderte tus reacciones problemáticas y tus distorsiones, tus negatividades y tu destructividad. Sólo entonces no caerás dentro de un laberinto de falsedad y confusión en el cual la incertidumbre, las actitudes defensivas y la debilidad te hagan aislarte o ser excesivamente agresivo. Sólo entonces dejarás de confundir la asertividad con la hostilidad o el compromiso flexible con la sumisión malsana.
Éstos son los aspectos que determinan a la capacidad para enfrentar las relaciones. Mientras más profundamente se comprenden y se viven estas nuevas actitudes, más íntima, satisfactoria y bella se vuelve la interacción entre humanos.
¿Cómo afirmar tus derechos y aventurarte en el universo para alcanzar satisfacción y placer? ¿Cómo amar sin temor si no asumes las relaciones con los demás en la manera que he expuesto? A menos de que te purifiques aprendiendo a hacer esto, siempre habrá alguna amenaza al acercarte a la intimidad: que uno o los dos vuelvan a utilizar el látigo de culpabilizarse el uno al otro. Amar, compartir y establecer una cercanía total y satisfactoria podrán ser un poder absolutamente positivo desprovisto de amenazas si se miraran estas tramas, si se les descubriera y se les disolviera. Es muy importante que las busquen dentro de ustedes, amigos míos.
La relación más desafiante, hermosa, espiritualmente importante y generadora de crecimiento es la que se establece entre un hombre y una mujer. El poder que acerca a dos personas en el amor y la atracción, y el placer implícito en la situación, no son más que un pequeño aspecto del formar parte de la realidad cósmica. Es como si cada entidad creada supiera inconscientemente de la dicha de ese estado y buscara realizarlo de la manera más poderosa que se abre a la humanidad; en el amor y la sexualidad entre un hombre y una mujer. El poder que los une es la energía espiritual más pura, que conduce hacia una visión del estado espiritual más puro.
(Extractado del libro ‘Del miedo al amor’, de Eva Pierralkos y Judith Saly – Continuará).

