La poena damni, o dolor de pérdida, consiste en la pérdida de visión beatífica y por ello, en una separación total de todos los poderes del alma de Dios, no pudiendo encontrar siquiera la menor paz o descanso. Es acompañado por la pérdida de todo don sobrenatural; pérdida de fe. Los caracteres impresos por los sacramentos sólo permanecen para mayor confusión de quien los lleva.
El dolor de pérdida no es la mera ausencia de bienaventuranza superior, sino que también es el dolor positivo más intenso. El vacío total del alma hecha para el disfrute de la verdad infinita y bondad infinitas, causa en el reprobado una angustia inconmensurable. Su conciencia que Dios, sobre Quien depende completamente, es su enemigo, es abrumadora. Su conciencia de haber perdido por su propio desatino, por incumplimiento las más altas bendiciones por placeres transitorios e ilusorios, los humilla y deprime más allá de toda medida.
El deseo de felicidad, inherente en su misma naturaleza, completamente insatisfecho y ya sin la capacidad de encontrar ninguna compensación por la pérdida de Dios por el placer ilusorio, los deja completamente miserables. Más aún, están plenamente concientes que Dios es infinitamente feliz y por lo tanto su odio y deseo impotente de injuriarlo los llena de extrema amargura. Y lo mismo es cierto en relación con todos los amigos de Dios que disfrutan la gloria del cielo. El dolor de pérdida es la misma esencia del castigo eterno. Si los condenados contemplaran cara a cara a Dios, el infierno mismo, empero su fuego, sería una especie de cielo. De tener ellos alguna unión con Dios, aunque no sea precisamente unión de visión beatífica, el infierno ya no sería infierno, sino una especie de purgatorio. Y, sin embargo, el dolor de pérdida no es sino la consecuencia natural de aquella aversión a Dios que yace en la naturaleza de todo pecado mortal.
