El mito de la caverna

Las sombras no constan en ninguna parte. Su ser incierto confunde la mente y nos inquieta. Como si no bastase, desde siempre las sombras han estado rodeadas de sospechas y de miedo.  Mientras que en la mentalidad oriental siempre ha existido la tendencia a buscar lo bello en lo oscuro, el mundo de occidente nunca albergó esa capacidad. Desde el principio de los tiempos éste ha sido, al parecer, el sentimiento producido “luz versus sombra”, dicotomía ésta asociada a la idea del bien y el mal, la deidad frente al leviatán; el carácter negativo de la sombra que siempre ha existido. 

Para algunos filósofos, la sombra constituía el punto de partida del conocimiento y del arte; de tal modo que cualquier relación con el origen fue, al parecer, una relación con la sombra. Ya en el siglo IV a.C., Platón en su obra ‘La República’ -texto relativo al origen del conocimiento- nos presentaba el mito de la caverna primitiva.

En ella, el filósofo ateniense imagina al hombre encadenado en una gruta y sin otra visión que la del muro del fondo de su prisión, sobre el cual se proyectan las sombras de un insospechado mundo exterior. En esta umbría quedaba encerrado el verdadero conocimiento humano, al cual sólo se accedía cuando el cautivo lograse volver su mirada a aquel mundo iluminado por el Sol -principio supremo del universo-.

 El mito de la caverna nos muestra el camino que conduce del mundo de las apariencias -de las sombras- al mundo inteligible de la verdad -de la realidad-.

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