Lo que el periodismo me enseñó

Recuerdos de un viejo periodista – Parte 1

Los directores de Diario de Ibiza, los hermanos Paco y Juan Verdera, en una reunión celebrada en 1977 en la sede del periódico junto con políticos insulares y regionales de Baleares, preparando las primeras elecciones democráticas en España después de la muerte de Francisco Franco. Al fondo a la derecha, el autor de esta crónica. Fotografía gentileza de Salvador Petit.

Por Josep Riera ®

Hubo un tiempo en que hacer periodismo no era cómodo.
Era incómodo, incierto… y profundamente vivo.
No había internet. No había redes sociales. No había celulares, ni computadores. Los textos se escribían a máquina (todavía conservo mi añorada Olivetti 45) y luego se entregaban a una teclista… No había Google para confirmar un dato en segundos ni “fuentes” que se copiaban unas a otras en cadena…


Había calle. Había llamadas, desde teléfonos fijos. Había esperas. Para las entrevistas y ruedas de prensa, había viejas grabadoras con cintas de casette que se borraban y regrababan una y otra vez, cuadernos de notas, bolígrafos y una fe ciega del redactor de turno en su memoria para no olvidar nada importante… Para recibir las noticias nacionales e internacionales, había tremendas máquinas de teletipo que emitían un ruido infernal con su tecleo y traqueteo constante, hasta el punto de que casi todas ellas estaban ubicadas en un cuartito aislado del resto de la sala de redacción…

El autor de esta crónica, en 1977, en la sala de montaje del Diario de Ibiza, revisando los textos de las noticias para a continuación escribir los títulos de las mismas en la máquina de fotocomposición, una Compugraphic PK. Los títulos se componían en esa máquina, que permitía distintos tamaños y estilos, y los imprimía en una bobina de papel fotográfico que posteriormente era revelada en el laboratorio. Las tiras de títulos, tras ser reveladas y secadas, se colgaban de un cordel y cada montador iba a cortar y escoger los que correspondían a las noticias de la página que estaba preparando. Fotografía de Salvador Petit.

Ésta es tan solo una pequeña crónica. Algún día pasaré a papel mis experiencias y mis recuerdos de esa época tan importante de mi vida, entre los años 70 y 90 en España, antes de que la niebla del tiempo los borre por completo de mi memoria.

Lo que quiero destacar aquí hoy es que, en esa época dorada que yo viví como periodista y redactor y jefe de cierre en distintos medios (especialmente en el Diario de Ibiza) había, sobre todo, una mezcla de intuición y responsabilidad que hoy cuesta explicar.


Yo viví, sí, ese periodismo. Fui protagonista y también fui testigo privilegiado. Un periodismo en el que la noticia no llegaba: había que ir a buscarla. En el que contrastar una información no era una opción, sino una obligación moral. En el que equivocarse tenía consecuencias reales, no solo un comentario negativo o un “scroll” hacia abajo…


Era más duro, sí. Mucho más lento. Más exigente. Pero también, y esto es importante decirlo, más hermoso, más desafiante… y más libre.
No porque no existieran intereses. Siempre los ha habido. Sino porque el margen de maniobra del periodista era mayor. Había más grietas por donde colarse, más espacios donde decir, aunque fuera entre líneas, lo que realmente estaba ocurriendo. Había oficio. Y el oficio, cuando es auténtico, es una forma de dignidad.


Con los años, todo cambió. Llegó la inmediatez. La velocidad se convirtió en valor. Y poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta, la profundidad empezó a perder terreno frente a la urgencia. Hoy la información circula a una velocidad vertiginosa. Pero esa velocidad tiene un precio. Muchos medios ya no informan: reproducen. Repiten. Amplifican. Y en demasiadas ocasiones, lo que amplifican no es la verdad, sino la línea editorial de grandes grupos de poder que han entendido perfectamente algo:
quien controla el relato, controla la percepción de la realidad.


Los grandes medios ya no compiten solo por informar, sino por influir. Y eso ha cambiado las reglas del juego. El periodista, que antes salía a la calle a buscar respuestas, ahora muchas veces recibe un discurso ya elaborado. Listo para publicar. Listo para encajar en una narrativa.


Y aquí es donde aparece la gran paradoja de nuestro tiempo. Nunca ha sido tan fácil publicar…y nunca ha sido tan difícil encontrar voces verdaderamente independientes. Porque sí, han surgido muchos medios digitales, blogs y plataformas alternativas, periodistas que trabajan por su cuenta, espacios donde todavía se intenta mantener una cierta libertad de criterio. Pero también han surgido el ruido, la desinformación, el exceso de opinión sin base, la confusión entre hablar mucho y decir algo. Y en medio de todo eso, el lector, el espectador o el oyente de esos nuevos medios de información, como vlogs, podcasts, etc. queda muchas veces desorientado.

El autor, en 1977, tomando notas en una «reunión política de alto nivel» en la sede del Diario de Ibiza. A su lado puede apreciarse una máquina de teletipo, desde la que continuamente se recibían vía telefónica noticias de agencia, que se iban imprimiendo en una gran bobina de papel; y posteriormente el redactor encargado de Nacional e Internacional (también el mismo autor de estas líneas) las seleccionaba, corregía y enviaba al departamento de composición. Foto gentileza de Salvador Petit.

Por eso, cuando miro atrás, no siento nostalgia en el sentido romántico. No idealizo aquella época. Era dura. Era exigente. Y muchas veces ingrata. Pero, con todo (y a pesar de todo),  reconozco algo que hoy echo mucho de menos: el respeto por el proceso. El tiempo para verificar. La responsabilidad de escribir sabiendo que alguien iba a creer lo que tú publicabas.


El periodismo me enseñó que no todo lo que se puede decir, debe decirse sin antes entenderse. Me enseñó que una información mal contrastada no es un error menor: es una falta de respeto. Y me enseñó, sobre todo, que la independencia no es un eslogan, sino una posición incómoda que hay que sostener.


Hoy, cualquiera puede publicar.
Y eso, en sí mismo, es una conquista. Pero publicar no es lo mismo que hacer periodismo.
El periodismo, el de verdad, sigue siendo lo mismo que era entonces: buscar la verdad con honestidad, aunque incomode.
Contarla con claridad, aunque no guste. Y asumir las consecuencias de hacerlo.

Lo demás… es otra cosa.

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