Archivo de la categoría: Santos protectores: San Benito y San Antonio abad

Gracias a Dios y a la Medalla de San Benito

Fernando nos envía estas líneas, que con agrado destacamos aquí:

Me regalaron con mucho amor y buenas intenciones la medalla de San Benito, a los 2 días con mi esposa nos enteramos que íbamos a tener un hijo, después de que por varios años ella no podía tener hijos, por un problema de trompas; ahora el doctor dijo que Dios quiere darnos un hijo y no tiene explicación científica o lógica. Doy gracias, por haber recibido esta recompensa de Dios.

La delincuencia y el crimen en México provocan un incremento de la devoción a San Benito Abad y al Santo Niño Cautivo

La Medalla de San Benito se usa como protección contra el demonio.

En los últimos meses ha crecido en México la devoción hacia dos santos de la Iglesia católica, pero ello no se debe a una cruzada evangelizadora de la institución religiosa, sino al incremento de la delincuencia, lo cual ha provocado que los feligreses pidan la intercesión y se refugien en lo divino para enfrentar al crimen.

San Benito Abad, un santo al que se pedía originalmente su auxilio en los exorcismos para erradicar al maligno y, por otra parte, el Santo Niño Cautivo, representación del Niño Dios, han ganado devotos en la Catedral de la Ciudad de México y en parroquias de todo el país, particularmente en el norte de la República.

“Santísimo confesor del Señor; Padre y jefe de los monjes, interceded por nuestra santidad, por nuestra salud del alma, cuerpo y mente. Destierra de nuestra vida, de nuestra casa, las asechanzas del maligno espíritu. Líbranos de funestas herejías, de malas lenguas y hechicerías”, dice la oración al también conocido como San Benito de Nursia, que se difunde actualmente.

Aunado a ello, la medalla de San Benito, utilizada en el rito del exorcismo, se ha convertido en una de las más buscadas en las tiendas de artículos religiosos. El objeto, de acuerdo con quienes la portan, se utiliza como una protección ante el demonio que se manifiesta con los múltiples hechos de inseguridad que acontecen.

Elaboradas de aluminio, alpaca, plata o chapa en oro, la medalla se utiliza lo mismo para portarla en carteras, como pulsera, en las puertas de las casas o en los comercios. En el anverso de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Reglas en la otra con la oración: “A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia”.

En el reverso se muestra la Cruz de San Benito y un círculo con la siguiente leyenda: Abajo contigo Satanás, para de atraerme con tus mentiras, venenosa es tu carnada. Trágatela tú mismo. Paz”.

San Benito Abad es uno de los santos primigenios de la Iglesia católica que vivió entre los años 480 y 447 y se le considera el fundador de la vida monástica y se le festeja el 11 de julio. Se le recuerda por haber creado la frase: “ora et labora”, que significa “reza y trabaja”.

Dicha frase dio pie a muchas de las canciones del compositor argentino Facundo Cabral, conocido como el mensajero mundial de la paz, quien se inspiró en sus creencias religiosas para honrar a Dios y reconocer el valor humano.

El cantante fue asesinado en Guatemala el 9 de julio pasado, tan solo dos días antes de la fiesta de San Benito Abad, a quien fue encomendado su descanso en el país centroamericano, pues la velación de su cuerpo coincidió con la festividad del santo, que por cierto también ha ganado adeptos en Guatemala.

Benito de Nursia es reconocido como el santo patrón de Europa y entre sus devotos se cuenta al ahora beato Juan Pablo II, quien en reiteradas ocasiones lo recordó como “el padre del monacato occidental, quien marcó la evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa”.

El Santo Niño Cautivo

Asimismo, ante el aumento de la violencia y los secuestros, la Catedral de la Ciudad de México mantiene abierta la capilla del Santo Niño Cautivo, representación del Niño Dios, que se encuentra en el recinto religioso desde hace casi cuatro siglos. (En la imagen, junto a estas líneas).

En los últimos años, debido al incremento de las adicciones y de la inseguridad en el país ha tomado fuerza la devoción a esta representación de Jesús y a sus pies llegan peticiones de todo tipo y de diferentes partes del país.

De acuerdo con fuentes de la Catedral metropolitana, en un principio se acudía a esta imagen para solicitar la “liberación de la boca” de los niños que no podían hablar; de los presos que purgaban condenas injustas y de quienes eran esclavos del alcohol.

Más tarde, se pidió también por la libertad de los adictos a las drogas, pero, recientemente, son comunes las peticiones para encontrar personas extraviadas, para que algún migrante regrese con bien a los brazos de su familia, pero, sobre todo, para solicitar la libertad de una persona secuestrada.

La imagen del Santo Niño Cautivo llegó a la catedral de la Ciudad de México en 1629 y, desde el principio, despertó la fe de cientos de fieles.

Es una talla en madera realizada en España por el sevillano Juan Martínez Montañez. Su hechura fue solicitada por el mexicano Francisco Sandoval quien pretendía obsequiarla a la catedral.

Sin embargo, cuando el donante regresaba en barco con la imagen, fue secuestrado por piratas y llevado a Argel. Aquel hombre solicitó, entonces, a sus secuestradores que, mientras llegaba el pago de su libertad, no llevaran la imagen a una bodega, sino que le dieran el mismo trato que a él.

Lamentablemente, la solicitud y pago del rescate demoraron tanto que el cautiverio duró siete años, por lo que en el viaje de regreso falleció Sandoval. La imagen llegó a la catedral metropolitana acompañando los restos de su donante.

Desde entonces, el Santo Niño Cautivo muestra en sus manos unos grilletes de plata que recuerdan su cautiverio. Por esta razón, a través de ella, comenzó a invocarse la ayuda divina en favor de la libertad física y espiritual de muchos fieles cautivos.

Cada quien para su santo

Mientras las víctimas de la delincuencia le rezan a San Benito, los narcotraficantes le piden a Malverde.

En Culiacán, Sinaloa, hay un templo dedicado a Jesús Malverde, el llamado santo de los narcos. Los lugareños venden librillos que contienen la siguiente oración:

“A ti, Jesús Malverde, que te han llamado ‘el santo de los que hablan fuera de la ley’, a ti nada te espanta. Tú mismo anduviste fuera de la ley y bien sabías por qué lo hacías. Tú supiste lo que era esconderse y andar a salto de mata y contener la respiración para que no te descubrieran, por eso ahora te pido: vuélveme invisible a los ojos de los que me persiguen”.

Jesús Malverde es un personaje del folclore  mexicano que habría sido salteador de caminos y es venerado como santo por muchos, aunque su existencia real está discutida.

Malverde es conocido como “El Bandido Generoso” o “El Ángel de los Pobres”, y  también como “El Santo de los Narcos”.

Fuente:vanguardia.com.mx

El Papa invita a los católicos a aprender de San Benito “a poner a Dios siempre en primer lugar”

San Benito de Nursia, retratado por el pintor italiano Fra Angelico

En el Ángelus de ayer, el Papa Benedicto XVI destacó la figura de san Benito, cuya fiesta se celebra este lunes 11 de julio, invitando a aprender de este Patrono de Europa y fundador del monacato occidental «a poner a Dios siempre en primer lugar».

En su alocución, señaló, lo miramos, “como un maestro de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. Siempre tenemos que aprender del gran patriarca del monaquismo occidental dar a Dios el lugar que le corresponde: el primer lugar. Ofreciéndole a Él, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades diarias. La Virgen María nos ayude a ser, siguiendo este modelo, “tierra buena”, donde la semilla de la Palabra, da mucho fruto”. La fiesta de San Benito de Nursia se celebra el 11 de julio. Pablo VI le proclamó Patrón de Europa en 1964 con la carta apostólica “Pacis nuntius”. En ella el Pontífice subraya el impulso que san Benito dio al consorcio de los pueblos europeos, a la ordenación de la Europa cristiana y a su unidad espiritual.

En efecto, el año 480 nace Benito de Nursia, el padre del monacato occidental, que marcará el camino para la evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa. De hecho los monasterios benedictinos configuraron la unidad del continente, desde las costas mediterráneas a la península escandinava, desde Irlanda hasta Polonia. Pablo VI decía que los hijos de San Benito “llevaron con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”. En la Edad Media la fe y la razón no se separaron, la oración y el trabajo encontraron su perfecta armonía. El lema de la orden benedictina “Ora et labora” (Reza y trabaja)  señala que el amor a Dios no puede separarse del amor a los hombres, porque una fe que se encerrara en sí misma no sería comprensible desde el punto de vista cristiano.

«La tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza. San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad».

«Tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios», reiteró Benedicto XVI, poniendo de relieve el lema ‘Ora et labora’. Es decir, la oración como cimiento de toda actividad: «Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas. Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla… subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prol. 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos».

Los benedictinos eran hombres de oración, pero también de libro y arado, y fundamental en este esquema fue la distribución del tiempo. De hecho San Benito enseñó a los monjes a construir relojes para contar las horas, ya que la regla del santo concretaba una serie de horas con las obligaciones, comidas, oraciones y ceremonias a efectuar en cada una de ellas. Una curiosidad es que la hora sexta, dedicada en la regla benedictina al descanso, ha inmortalizado la siesta, trascendiendo al mundo asceta y monacal (Ver el artículo que a este respecto publicamos en nuestro blog filial A la Luz de la Verdad).

Antes que Patrono, san Benito había sido declarado por Pío XII padre de Europa, en reconocimiento a la decisiva contribución de su institución monástica a la creación del espacio espiritual y cultural europeo. En realidad, los monjes benedictinos fueron los primeros que tuvieron conciencia de la nueva realidad postromana, los que sirvieron de puente entre el mundo antiguo y el medioevo, cuando rescataron, cultivaron y transmitieron casi todo el patrimonio grecorromano, sobre todo el pensamiento y el Derecho, dándole además su última y más completa dimensión al injertarlo, como ya habían hecho Pablo y los Padres de la Iglesia, en la matriz evangélica, teológica y espiritual del cristianismo.

 

Usar la medalla de San Benito para hacer el mal es totalmente ineficaz

Algunas personas de las muchas que se atienden en nuestro consultorio y también visitantes y asiduos de este blog, nos han consultado si  realmente eran efectivos o tenían alguna credibilidad determinados rituales de los que habían oído hablar, o que incluso habían encontrado en ciertas páginas de Internet, en los que se recomendaba usar la medalla de san Benito entre los ingredientes del ritual para alejar un mal vecino, o para no ser molestados en el trabajo, o incluso usándola en otro tipo de trabajos de hechicería o de magia negra.

Hemos realizado nuestra propia investigación sobre esos ‘rituales’ y nos hemos encontrado con algunas sorpresas y singulares curiosidades. Por ejemplo, en una de tantas páginas de ‘rituales de magia’ existentes en la red, se dan los ingredientes para “alejar un mal vecino”, entre los que junto a una medalla de san Benito, hay que poner trozos de carne o pescado, hilo rojo, polvos de voladora (polvo esotérico, hecho supuestamente a base de mezclas de plantas y compuestos naturales y que tiene, también supuestamente, un efecto mágico. Se usa generalmente en santería), etcétera… Lógicamente no vamos a detallar aquí el ritual completo, pero sí se afirma que una vez preparados todos los ingredientes, si el ‘trabajo’ se tira “a la puerta del mal vecino”, éste se mudará a los pocos días.

Otra página aconseja usar la medalla de san Benito “ayudándose de la oración de un buen brujo” y colocarla en el escritorio de su lugar de trabajo donde nadie pueda verla. La persona a la cual uno quiere mantener lejos, se irá del trabajo “después de un tiempo por sus propios medios”.

Incluso en una noticia antigua de hace más de una década (1998), obtenida del periódico El Nuevo Herald, se informa de que la presidencia colombiana fue objeto de un acto de ‘brujería’. Decía la noticia, entre otras cosas, que “la ex primera dama de Colombia Jacquin Strouss reveló la semana  pasada un secreto que mantuvo durante largo tiempo: el palacio  presidencial fue objeto de una acto de brujería. Alguien puso en varios lugares de la Casa de Nariño unas bolsitas negras  en forma de mariposa que tenían en su interior dientes, tierra, pelos, un  dólar partido por la mitad y medallas de San Benito patas arriba, dijo la  señora del presidente Ernesto Samper a la revista Semana en vísperas de  Halloween (…)”.

Por si fuera poco, hay incluso  una web donde se ofrece a la venta un  “Símbolo Activador de San Benito para Feng-Shui Personal y Energías Espirituales basado en un antiquísimo ritual de exorcismo”, y en otro lugar se pueden encontrar “Cirios de San Benito de Purificación Especial, con un compuesto alquímico activado a través de la oración que es un excelente canal para solicitar la asistencia de este santo como guía espiritual”… Como se ve, la imaginación para estafar y engañar a incautos no tiene límites.

El sacramental de la medalla de San Benito, como ya hemos escrito en otras ocasiones en estas mismas páginas, no es un amuleto ni un talismán, y no le va a servir a quien lo use o quiera usar de manera mágica, para hacer daño o creyendo que con él podrán conseguirse caprichos, poder o dinero. O peor aún: si se llega a profanarlo, utilizándolo en ceremonias y ritos mágicos, esotéricos o de ocultismo, incluyendo el satanismo y la brujería, este hecho puede llevar a la persona que lo realice a su propia perdición, como dijo san Pedro a Simón el Mago. Quien usa para servir al mal lo que Dios mismo nos dio para defendernos del mal, no puede terminar bien. Antes bien, insistimos mucho en este punto: el mal uso de un objeto sagrado puede llevar a una persona a la condenación eterna.

Nunca se debe usar la visión sobrenatural de Cristo, la Virgen o los santos para obtener una ventaja material, conseguir plata o hacerle daño a las personas. La creencia de que la medalla de San Benito se puede usar para hacer el mal es totalmente infundada y en caso de hacerse algún tipo de ritual dañino con ella, los resultados serán negativos o con efectos totalmente opuestos a los pretendidos.

Se extinguen en Chile los fabricantes de santitos

En Santiago de Chile son cada vez menos  las fábricas de artículos religiosos, debido a la irrupción de productos extranjeros, sobre todo chinos. Incluso, han hecho quebrar pequeñas empresas familiares.

Fue en 1960 cuando se fundó la fábrica de santos y artículos religiosos Otero Hermanos, ubicada en los alrededores de Avenida Matta con Portugal. Fernando Otero, su dueño, explica que fue su tío -un sacerdote diocesano llamado Carlos de la Plaza- quien empezó con la empresa familiar. En ese entonces, dice, no era muy común vender figuritas.

Tiempo después, los cuatro hermanos Otero, todos muy católicos, se dieron cuenta que el negocio era rentable y decidieron asociarse para iniciar su propia empresa de venta de santos. San Sebastián, San Francisco, Santa Teresa de Los Andes, Santa Gemita, entre otras imágenes, son parte de su catálogo. Entre sus compradores se encuentran la iglesia de Santa Ana, la parroquia de San Lázaro, bazares de barrio y las librerías Las Monjitas de San Pablo y Las Paulinas.

Asimismo, Judith Szantho es dueña de Viareggio, una pequeña fábrica ubicada en Providencia que antes se dedicaba a la elaboración de hebillas de metal, pero que hace ocho años se especializa en productos religiosos, como medallas, colgantes, íconos y detentes de metal, autoadhesivos metálicos, pulseras y regalos para primeras comuniones. “Como las máquinas que teníamos servían para fundir llaveros y objetos pequeños, yo pensé: Cristo no tiene hoy ni mañana, es una cosa para toda la vida”, cuenta Judith. Dice que no es un rubro tan rentable y que se ha visto obligada a fabricar artículos para bautizos, Primera Comunión y otras fiestas religiosas. Y con eso se da vueltas.

Lo de Judith es San Benito. “Una vez viajé a Buenos Aires y vi a mucha gente haciendo cola para entrar a una iglesia. Cuando logré entrar, me di cuenta de que era por San Benito, protector de las malas vibras, de la envidia, de las peleas, de las enfermedades. Allá te venden estatuas, mermeladas, vinos, joyas, cruces, cristos, alfajores y todo cuanto hay del santo y me dije: voy a hacer algo parecido”, recuerda.

También influyó en su decisión que el santo “escuchara sus plegarias” y le concediera un favor. Hoy Judith, además de entregar los pedidos que encargan sus clientes, como el colegio San Benito, el Cumbres, Villa María Academy y el Arzobispado, por nombrar sólo algunos, adjunta una ficha con la biografía de San Benito, llaveros o láminas con su figura. Es algo así como su embajadora.

Pese a que partió siendo un rubro de fabricación nacional, ahora compiten con los chinos. La mayoría de los vendedores ambulantes apostados afuera de las iglesias adquieren en Meiggs las chucherías de las que se abastecen.

Los fabricantes nacionales de imágenes religiosas se quejan de la invasión china, pero dicen sobrevivir en el rubro, porque han aprendido a convivir con ésta. El dueño de la fábrica de artesanía religiosa Kerigma, ubicada en Alameda a la altura de Dieciocho, Héctor González, se queja de los orientales. “No son ni católicos y son los que más hacen santos. Es tanta la oferta, que nosotros también hemos empezado a traer cosas de allá. No sale a cuenta hacer cosas acá, porque hasta con el transporte incluido sigue siendo más barato el producto chino. En mi taller fabrico sólo algunas cosas de madera: palomas, detentes, cruces o algunas cajitas para guardar santos”, dice González, quien, además, es miembro del movimiento Sagrada Familia de Nazareth.

Pese a lo anterior, Otero Hermanos persiste en lo suyo. “Tenemos imprenta propia. Hemos sabido de fábricas que han tenido que cerrar por los chinos, pero en nuestro caso no ha sido así. De hecho, importamos desde allá, pero no hay problema con eso, porque el fuerte de nosotros son los productos de papel, y si imprimimos nosotros los santos de bolsillo, las novenas, los separadores de biblias o las imágenes que se pegan en los llaveros o botellas para agua bendita, es más conveniente. Incluso, diría que últimamente ha aumentado la clientela”. El fabricante de santitos dice que ha sido en gran parte por el terremoto, porque la gente se apega más a la fe.

No es sólo la mercadería oriental la que ha empezado a invadir el rubro sacrosanto. Desde Italia llegan también artículos de madera como denarios, rosarios, cruces y uno que otro detente. Y desde Colombia y Perú arriban vírgenes y cristos de metal, y uno que otro santo de yeso, como San Judas Tadeo, San Francisco de Asís o San Pancracio.

Hoy, el objeto más vendido en las afueras de las iglesias, y en los negocios dedicados al mercado religioso, son las láminas de papel plastificado, de 9 x 6 centímetros, más conocidas como “santos de bolsillo”. Sin embargo, existen infinitas variedades de productos de culto que actualmente adquieren los feligreses: aros con el Padrenuestro grabado en su interior, anillos con el retrato de la Virgen, prendedores, pulseras, medallas y pergaminos. Independiente de la fiesta que se celebre cada mes, entre las imágenes más pedidas está San Expedito. En el primer lugar indiscutido. Muy de cerca le siguen el Padre Pío y la imagen de Jesús con el Sagrado Corazón.

Las figuras nacionales como la Virgen del Carmen, Santa Teresa de Los Andes o el Padre Hurtado se venden poco, según Héctor González: “El santo extranjero se vende mucho mejor”, dice.

Ultimamente, la venta de San Lorenzo -el que protege a los mineros- ha aumentado a causa del accidente que sufrieron los 33 trabajadores en la mina San José, pero el santo de las causas urgentes sigue siendo el más vendido.

Fuente: La Tercera

La sabiduría de los monasterios benedictinos

Los empresarios están cada vez menos satisfechos con sus ejecutivos. No se trata naturalmente de su formación profesional, ni de su empeño en conseguir nuevos clientes. El problema está en la actitud moral de los ejecutivos: ellos se volvieron egoístas. En el trabajo, buscan exageradamente sus beneficios personales en detrimento de las ventajas de la empresa.

En un libro publicado no hace mucho, un equipo suizo de investigación empresarial presenta una solución. Después de minuciosas indagaciones, llegaron a la conclusión de que las empresas deberían adoptar los usos de los monasterios benedictinos. El título del libro es significativo: “Lo que las empresas pueden aprender de los monasterios”. ¿Cómo llegó este equipo a tal conclusión, tan abstrusa (difícil de entender) para el mundo contemporáneo?

Si reducimos los monasterios benedictinos a la condición de meras “empresas”, fueron las que más duraron en todos los siglos. Sus abades (“empresarios”, según la óptica de estos suizos) los hicieron grandes, influyentes y ricos. Fueron pioneros de un modelo económico de producción que enriqueció a todo un continente: Europa. Las riquezas que acumularon fueron las mayores hasta entonces conocidas.

¿Cuál fue la causa de tal éxito? Los monjes administradores, como recomendaciones para el feliz resultado de su misión, no recibían de los abades más que dos o tres principios. Éstos eran rigurosos, pero les daban gran libertad de acción. En los administradores no se veía “egoísmo, ni favoritismo, ni ganancia”, resalta el libro.

¿Dónde estaba el secreto? A la Orden los unía la monumental Regla de San Benito. Ella establecía un equilibrio perfecto entre el incentivo al éxito personal, la recompensa por los resultados y el crecimiento de la Orden. El sistema era tan perfecto, que incluso bajo una mala administración —en el caso de abades desinteresados por la gestión— la Orden progresaba.

Los autores del libro concluyen: en su gestión, cada monje tenía muy en claro que el objetivo último de su trabajo no era su ventaja personal, ni siquiera la de la Orden, sino que todo se hacía teniendo a Dios en mente. Dios debía reflejarse en la grandeza de la Orden y de la Civilización Cristiana que ella engendraba.

Fuente: Nelson Ribeiro

San Antonio Abad y el simbolismo del Ermitaño

Como ya hemos explicado en otros artículos dedicados a este santo intercersor y protector nuestro, San Antonio o Antón Abad fue un monje cristiano, eremita y fundador del movimiento monástico. Su biografía nos ha llegado a través de San Atanasio, que le presenta como un hombre que crece en santidad y se convierte en modelo de otros cristianos. Se sabe que abandonó su casa para retirarse a llevar una existencia de ermitaño y que atendía varias comunidades monacales en Egipto, permaneciendo eremita. Se dice que alcanzó los 105 años de edad.

Antonio nació en el pueblo de Comas, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto. Alrededor de los veinte años de edad vendió todos sus bienes, entregó el dinero a los pobres y se retiró a una vida ascética. Su fama de hombre santo y austero atrajo a discípulos, muchos cristianos se unieron a él en el desierto. Con ellos fundó, en Pispir y Arsínoe, los primeros monasterios conocidos, por ello, se le considera el inventor de la vida monacal cristiana, tradición que aún conservan determinadas órdenes religiosas, como los benedictinos. Sin embargo, el nunca optó por la vida en comunidad y tras dedicarse durante varios años al gobierno de sus monasterios, volvió a la vida contemplativa y se retiró como ermitaño al desierto en el monte Colzim, cerca del Mar Rojo.

Durante los primeros quince años de su estancia en el desierto se vio asediado por visiones y tentaciones que pasarían a la tradición cristiana medieval. Según el libro de vidas de santos “La leyenda dorada” del siglo XIII de Santiago de la Vorágine, San Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto, de diversas formas, desde ofrecerle riqueza, a manjares exquisitos o voluptuosas mujeres. Las tentaciones de San Antonio son un tema favorito de la iconografía cristiana. Muchos artistas han tomado este tema para sus obras; uno de los trabajos más conocidos es el “Tríptico de las Tentaciones de san Antonio”, pintada por Hieronymus Bosch.

Jerónimo de Estridón, en su biografía sobre Pablo el Simple, el decano de los anacoretas, cuenta que Antonio fue a visitarlo y lo dirigió en la vida monástica. Un cuervo que, según la leyenda, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. En otra visita posterior San Antonio encontró muerto a Pablo.

San Antonio se preguntaba cómo haría para cavar una sepultura, si no tenía herramientas. De pronto oyó que se acercaban dos leones, como con muestras de tristeza y respeto, y ellos, con sus garras cavaron una tumba entre la arena y se fueron. Y allí depositó San Antonio el cadáver de su amigo Pablo, de ahí su patronato sobre los sepultureros y los animales.

Se cuenta también que en una ocasión se le acercó una jabalina con una camada de jabatos ciegos en actitud de súplica. San Antonio curó la ceguera de los animales y desde entonces la madre no se separó de él y le defendió de cualquier alimaña que se acercara. Esta leyenda dio origen con el tiempo a representarlo con un cerdo a sus pies y a considerarlo vencedor de la impureza, representada por el cerdo. En las pinturas religiosas, colocar animales junto a la figura  expresaba que esa persona había entrado en la vida bienaventurada, esto es, en el cielo, puesto que dominaba la creación.

La Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios y también como Antonianos,  se puso bajo su advocación. La iconografía así lo refleja, representando con frecuencia a Antonio con el hábito negro de los Hospitalarios y la tau o la cruz egipcia de color azul, que vino a ser el emblema como eran conocidos. Esta orden se especializó desde el principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo, o enfermedad del cornezuelo del centeno, llamado también fueego sacro o culebrilla.

El hábito de la orden es una túnica de sayal con capuchón y llevan siempre una cruz azul en forma de tau, como la de los templarios. Durante la Edad Media se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago, a las afueras de las ciudades, donde atendían a los peregrinos enfermos. De ahí la abundancia de “Taus” que se encuentran en el camino de Santiago, donde en contra de la opinión popular , se deben más a la Orden Hospitalaria de San Antonio que a la de los Caballeros Templarios.

Los Hospitalarios tenían la costumbre de dejar sus cerdos sueltos por las calles para que la gente les alimentara. Los animales se colocaban bajo el patrocinio de San Antonio, para que la gente no se los robara. Su carne se destinaba a los hospitales, o se vendía para recaudar dinero para la atención de los enfermos. Por ello se representa a san Antonio Abad como un anciano con el hábito de la orden y con un cerdo a sus pies.

Fue esta orden, la de los Antonianos, la que más  consiguió extender la fama de San Antonio por Europa Occidental y la que asoció de forma más fuerte al santo Eremita con la figura de los peregrinos que recorren un camino iniciático de perfección y santidad. Pues San Antonio, pese a que realizó viajes para atender espiritualmente a otros monjes,  fue más bien poco viajero,  aislado en la soledad del desierto.

No sólo en España, sino también en muchos países de América Latina, San Antonio adquirió una increíble fama. En Perú, en Panamá, en Guatemala, México, Santo Domingo y otros países latinos existen calles, hospitales, hoteles y localidades que honran a San Antonio Abad. En Chile su devoción forma parte de la cultura y la tradición sanadora popular.

Entre otros muchos lugares, en Nursia, Italia (tierra natal de San Benito Abad) existe un monasterio de monjas benedictinas bajo su patrocinio y en Humacao, Puerto Rico, hay una comunidad benedictina también bajo su patrocinio. Tampoco hay que olvidar que la reforma del Carmelo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz recurrió a los ermitaños y muy particularmente a la espiritualidad de San Antonio Abad.

El simbolismo del Ermitaño

Tradicionalmente el nombre de esta carta del Tarot aparece escrito con “H“, debido a un juego de palabras entre “Ermitaño“, persona que vive en soledad, y “Hermes“, sabio filósofo y alquimista a quien se considera iniciador de la Ciencia Hermética u Oculta. El Ermitaño es el símbolo del Tarot que representa la Búsqueda del Saber. Para nosotros, esta carta representa a la perfección a San Antonio Abad.

En una noche, un anciano de barba blanca se cubre con una amplia capa de peregrino que tiene una larga capucha. La edad del anciano denota su autoridad y experiencia. Levanta con la mano derecha un farol, para que  la tenue luz que desprende ilumine lo más lejos posible su camino. Con la mano izquierda agarra un grueso bordón con el que se apoya y tantea el camino en la obscuridad. Así, con esa ayuda, va avanzando con paso incierto por el camino. Tradicionalmente, un movimiento de derecha a izquierda como el que realiza el Ermitaño se considera que es de vuelta al origen. Parece por tanto como si el anciano estuviera realizando un camino de vuelta, un retroceso en medio de las tinieblas, tratando de volver al lugar de origen de su partida.

Cuando el paso del tiempo y la acumulación de experiencias ha atemperado su espíritu, y cansado de ver mundo, el anciano comienza a plantearse qué ha sido de su vida. El hombre siempre ha buscado en las estrellas la orientación de la ruta a seguir. Cuando no puede ver las señales del cielo, tiene que orientarse sólo con la luz de su inteligencia, tratando de encontrar respuestas a su propia ignorancia.

Hasta finales del siglo XV el Ermitaño llevaba un reloj de arena, ya que se le consideraba una representación del Padre Tiempo o Saturno, dios del tiempo; después se cambió el reloj por una lámpara, ya que se asoció al Ermitaño con Diógenes, el filósofo cínico griego que según la leyenda vagabundeaba en pleno día con una lámpara encendida “buscando a un hombre”. En el tarot de Marsella y otros, la lámpara queda parcialmente cubierta por el manto del Ermitaño; pero en su tarot  Waite hace que la lámpara quede totalmente al descubierto; ya que, según este experto, la sabiduría, luz del mundo, no es un atributo exclusivo del anciano; él nos la muestra como diciendo “donde yo estoy, tú también puedes estar”. En el interior de la lámpara observamos la estrella salomónica de seis puntas, símbolo por excelencia de sabiduría y perfección, y la fusión de dos triángulos, el de Agua y el de Fuego, la sabiduría inconsciente y la consciente respectivamente; ya que el Ermitaño, nos dice Waite, lejos de representar los misterios ocultos, representa la protección libre y abiertamente otorgada por los misterios Divinos a aquellos que buscan la Sabiduría.

En la otra mano el Ermitaño lleva su bastón o báculo, de color amarillo solar. Aparte de ser su apoyo, es una varita mágica que le pone en contacto con la tierra y la realidad, evitando que su sabiduría y ascetismo le aleje de ella, y le ayuda a defenderse de modo práctico en la vida. Porque el sabio verdadero, aunque se aísle de la locura del mundo, no se aísla del mundo mismo, y sabe desenvolverse en él. Subido en la elevación, que representa la altura espiritual del hombre sabio, el Ermitaño nos muestra como se puede vivir espiritualmente sin alejarse del mundo, haciendo de nuestra propia alma un retiro e iluminando a otros con nuestra sabiduría.

El hombre tiene sed de conocimientos, pero su ciencia, como la linterna con su luz, sólo hacen retroceder un pequeño trecho a las tinieblas que nos rodean. Y tampoco vale de mucha ayuda la experiencia, representada aquí en el bordón de peregrino que permite ir palpando el camino. La experiencia no es útil para aplicarla a problemas de la vida, pues la adquirimos en determinadas situaciones que nos surgieron en nuestro camino y que posiblemente no se repetirán, y siempre somos reacios a aprovechar la experiencia ajena. La ausencia de luna hace la noche terriblemente oscura y hace aún más desolador el esfuerzo de hallar el camino.

Siempre tenemos presentes las tres grandes preguntas filosóficas: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?. Muchos dejan de buscar la respuesta a estas preguntas y simplemente se dejan arrastrar por los acontecimientos; otros tratan de avanzar por el camino iniciático del Conocimiento con la ayuda del estudio, la inteligencia y la experiencia. Sin embargo éstos tampoco llegarán nunca a cubrir su meta, pero es el hecho de ir avanzando por el camino  lo que les calma su inquietud. Lo realmente importante no es llegar, sino peregrinar. Peregrinar es buscar nuestro propio fantasma en los repliegues más profundos de nuestro ser. La peregrinación es una imagen del viaje que todos realizamos, que es la propia vida.

Por último están los que después de haber recorrido un trecho del camino tratan de volver a los orígenes, retroceder el camino andado con el fin de entender el porqué de las cosas; esta postura caracteriza al intelectual, a los que siempre están en una situación de expectativa crítica y de duda. La falta de la luz de luna potencia las tinieblas de la noche, haciendo sentir los miedos y terrores más primarios.

Para protegerse, el Ermitaño se cubre con una pesada capa que le aísla del mundo exterior, tanto de los riesgos como del frío o del ataque de las fieras, como de los afectos; esto hace del Ermitaño un ser solitario, aunque viva en una gran ciudad y esté inmerso en un entorno familiar y profesional.

En todo momento, el Ermitaño se prepara serenamente para llegar al final del camino, para afrontar el fin inevitable de todo ser humano. Y lo que le mantiene siempre en movimiento es la búsqueda interminable de la Verdad.