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Usar la medalla de San Benito para hacer el mal es totalmente ineficaz

Algunas personas de las muchas que se atienden en nuestro consultorio y también visitantes y asiduos de este blog, nos han consultado si  realmente eran efectivos o tenían alguna credibilidad determinados rituales de los que habían oído hablar, o que incluso habían encontrado en ciertas páginas de Internet, en los que se recomendaba usar la medalla de san Benito entre los ingredientes del ritual para alejar un mal vecino, o para no ser molestados en el trabajo, o incluso usándola en otro tipo de trabajos de hechicería o de magia negra.

Hemos realizado nuestra propia investigación sobre esos ‘rituales’ y nos hemos encontrado con algunas sorpresas y singulares curiosidades. Por ejemplo, en una de tantas páginas de ‘rituales de magia’ existentes en la red, se dan los ingredientes para “alejar un mal vecino”, entre los que junto a una medalla de san Benito, hay que poner trozos de carne o pescado, hilo rojo, polvos de voladora (polvo esotérico, hecho supuestamente a base de mezclas de plantas y compuestos naturales y que tiene, también supuestamente, un efecto mágico. Se usa generalmente en santería), etcétera… Lógicamente no vamos a detallar aquí el ritual completo, pero sí se afirma que una vez preparados todos los ingredientes, si el ‘trabajo’ se tira “a la puerta del mal vecino”, éste se mudará a los pocos días.

Otra página aconseja usar la medalla de san Benito “ayudándose de la oración de un buen brujo” y colocarla en el escritorio de su lugar de trabajo donde nadie pueda verla. La persona a la cual uno quiere mantener lejos, se irá del trabajo “después de un tiempo por sus propios medios”.

Incluso en una noticia antigua de hace más de una década (1998), obtenida del periódico El Nuevo Herald, se informa de que la presidencia colombiana fue objeto de un acto de ‘brujería’. Decía la noticia, entre otras cosas, que “la ex primera dama de Colombia Jacquin Strouss reveló la semana  pasada un secreto que mantuvo durante largo tiempo: el palacio  presidencial fue objeto de una acto de brujería. Alguien puso en varios lugares de la Casa de Nariño unas bolsitas negras  en forma de mariposa que tenían en su interior dientes, tierra, pelos, un  dólar partido por la mitad y medallas de San Benito patas arriba, dijo la  señora del presidente Ernesto Samper a la revista Semana en vísperas de  Halloween (…)”.

Por si fuera poco, hay incluso  una web donde se ofrece a la venta un  “Símbolo Activador de San Benito para Feng-Shui Personal y Energías Espirituales basado en un antiquísimo ritual de exorcismo”, y en otro lugar se pueden encontrar “Cirios de San Benito de Purificación Especial, con un compuesto alquímico activado a través de la oración que es un excelente canal para solicitar la asistencia de este santo como guía espiritual”… Como se ve, la imaginación para estafar y engañar a incautos no tiene límites.

El sacramental de la medalla de San Benito, como ya hemos escrito en otras ocasiones en estas mismas páginas, no es un amuleto ni un talismán, y no le va a servir a quien lo use o quiera usar de manera mágica, para hacer daño o creyendo que con él podrán conseguirse caprichos, poder o dinero. O peor aún: si se llega a profanarlo, utilizándolo en ceremonias y ritos mágicos, esotéricos o de ocultismo, incluyendo el satanismo y la brujería, este hecho puede llevar a la persona que lo realice a su propia perdición, como dijo san Pedro a Simón el Mago. Quien usa para servir al mal lo que Dios mismo nos dio para defendernos del mal, no puede terminar bien. Antes bien, insistimos mucho en este punto: el mal uso de un objeto sagrado puede llevar a una persona a la condenación eterna.

Nunca se debe usar la visión sobrenatural de Cristo, la Virgen o los santos para obtener una ventaja material, conseguir plata o hacerle daño a las personas. La creencia de que la medalla de San Benito se puede usar para hacer el mal es totalmente infundada y en caso de hacerse algún tipo de ritual dañino con ella, los resultados serán negativos o con efectos totalmente opuestos a los pretendidos.

Se extinguen en Chile los fabricantes de santitos

En Santiago de Chile son cada vez menos  las fábricas de artículos religiosos, debido a la irrupción de productos extranjeros, sobre todo chinos. Incluso, han hecho quebrar pequeñas empresas familiares.

Fue en 1960 cuando se fundó la fábrica de santos y artículos religiosos Otero Hermanos, ubicada en los alrededores de Avenida Matta con Portugal. Fernando Otero, su dueño, explica que fue su tío -un sacerdote diocesano llamado Carlos de la Plaza- quien empezó con la empresa familiar. En ese entonces, dice, no era muy común vender figuritas.

Tiempo después, los cuatro hermanos Otero, todos muy católicos, se dieron cuenta que el negocio era rentable y decidieron asociarse para iniciar su propia empresa de venta de santos. San Sebastián, San Francisco, Santa Teresa de Los Andes, Santa Gemita, entre otras imágenes, son parte de su catálogo. Entre sus compradores se encuentran la iglesia de Santa Ana, la parroquia de San Lázaro, bazares de barrio y las librerías Las Monjitas de San Pablo y Las Paulinas.

Asimismo, Judith Szantho es dueña de Viareggio, una pequeña fábrica ubicada en Providencia que antes se dedicaba a la elaboración de hebillas de metal, pero que hace ocho años se especializa en productos religiosos, como medallas, colgantes, íconos y detentes de metal, autoadhesivos metálicos, pulseras y regalos para primeras comuniones. “Como las máquinas que teníamos servían para fundir llaveros y objetos pequeños, yo pensé: Cristo no tiene hoy ni mañana, es una cosa para toda la vida”, cuenta Judith. Dice que no es un rubro tan rentable y que se ha visto obligada a fabricar artículos para bautizos, Primera Comunión y otras fiestas religiosas. Y con eso se da vueltas.

Lo de Judith es San Benito. “Una vez viajé a Buenos Aires y vi a mucha gente haciendo cola para entrar a una iglesia. Cuando logré entrar, me di cuenta de que era por San Benito, protector de las malas vibras, de la envidia, de las peleas, de las enfermedades. Allá te venden estatuas, mermeladas, vinos, joyas, cruces, cristos, alfajores y todo cuanto hay del santo y me dije: voy a hacer algo parecido”, recuerda.

También influyó en su decisión que el santo “escuchara sus plegarias” y le concediera un favor. Hoy Judith, además de entregar los pedidos que encargan sus clientes, como el colegio San Benito, el Cumbres, Villa María Academy y el Arzobispado, por nombrar sólo algunos, adjunta una ficha con la biografía de San Benito, llaveros o láminas con su figura. Es algo así como su embajadora.

Pese a que partió siendo un rubro de fabricación nacional, ahora compiten con los chinos. La mayoría de los vendedores ambulantes apostados afuera de las iglesias adquieren en Meiggs las chucherías de las que se abastecen.

Los fabricantes nacionales de imágenes religiosas se quejan de la invasión china, pero dicen sobrevivir en el rubro, porque han aprendido a convivir con ésta. El dueño de la fábrica de artesanía religiosa Kerigma, ubicada en Alameda a la altura de Dieciocho, Héctor González, se queja de los orientales. “No son ni católicos y son los que más hacen santos. Es tanta la oferta, que nosotros también hemos empezado a traer cosas de allá. No sale a cuenta hacer cosas acá, porque hasta con el transporte incluido sigue siendo más barato el producto chino. En mi taller fabrico sólo algunas cosas de madera: palomas, detentes, cruces o algunas cajitas para guardar santos”, dice González, quien, además, es miembro del movimiento Sagrada Familia de Nazareth.

Pese a lo anterior, Otero Hermanos persiste en lo suyo. “Tenemos imprenta propia. Hemos sabido de fábricas que han tenido que cerrar por los chinos, pero en nuestro caso no ha sido así. De hecho, importamos desde allá, pero no hay problema con eso, porque el fuerte de nosotros son los productos de papel, y si imprimimos nosotros los santos de bolsillo, las novenas, los separadores de biblias o las imágenes que se pegan en los llaveros o botellas para agua bendita, es más conveniente. Incluso, diría que últimamente ha aumentado la clientela”. El fabricante de santitos dice que ha sido en gran parte por el terremoto, porque la gente se apega más a la fe.

No es sólo la mercadería oriental la que ha empezado a invadir el rubro sacrosanto. Desde Italia llegan también artículos de madera como denarios, rosarios, cruces y uno que otro detente. Y desde Colombia y Perú arriban vírgenes y cristos de metal, y uno que otro santo de yeso, como San Judas Tadeo, San Francisco de Asís o San Pancracio.

Hoy, el objeto más vendido en las afueras de las iglesias, y en los negocios dedicados al mercado religioso, son las láminas de papel plastificado, de 9 x 6 centímetros, más conocidas como “santos de bolsillo”. Sin embargo, existen infinitas variedades de productos de culto que actualmente adquieren los feligreses: aros con el Padrenuestro grabado en su interior, anillos con el retrato de la Virgen, prendedores, pulseras, medallas y pergaminos. Independiente de la fiesta que se celebre cada mes, entre las imágenes más pedidas está San Expedito. En el primer lugar indiscutido. Muy de cerca le siguen el Padre Pío y la imagen de Jesús con el Sagrado Corazón.

Las figuras nacionales como la Virgen del Carmen, Santa Teresa de Los Andes o el Padre Hurtado se venden poco, según Héctor González: “El santo extranjero se vende mucho mejor”, dice.

Ultimamente, la venta de San Lorenzo -el que protege a los mineros- ha aumentado a causa del accidente que sufrieron los 33 trabajadores en la mina San José, pero el santo de las causas urgentes sigue siendo el más vendido.

Fuente: La Tercera

La sabiduría de los monasterios benedictinos

Los empresarios están cada vez menos satisfechos con sus ejecutivos. No se trata naturalmente de su formación profesional, ni de su empeño en conseguir nuevos clientes. El problema está en la actitud moral de los ejecutivos: ellos se volvieron egoístas. En el trabajo, buscan exageradamente sus beneficios personales en detrimento de las ventajas de la empresa.

En un libro publicado no hace mucho, un equipo suizo de investigación empresarial presenta una solución. Después de minuciosas indagaciones, llegaron a la conclusión de que las empresas deberían adoptar los usos de los monasterios benedictinos. El título del libro es significativo: “Lo que las empresas pueden aprender de los monasterios”. ¿Cómo llegó este equipo a tal conclusión, tan abstrusa (difícil de entender) para el mundo contemporáneo?

Si reducimos los monasterios benedictinos a la condición de meras “empresas”, fueron las que más duraron en todos los siglos. Sus abades (“empresarios”, según la óptica de estos suizos) los hicieron grandes, influyentes y ricos. Fueron pioneros de un modelo económico de producción que enriqueció a todo un continente: Europa. Las riquezas que acumularon fueron las mayores hasta entonces conocidas.

¿Cuál fue la causa de tal éxito? Los monjes administradores, como recomendaciones para el feliz resultado de su misión, no recibían de los abades más que dos o tres principios. Éstos eran rigurosos, pero les daban gran libertad de acción. En los administradores no se veía “egoísmo, ni favoritismo, ni ganancia”, resalta el libro.

¿Dónde estaba el secreto? A la Orden los unía la monumental Regla de San Benito. Ella establecía un equilibrio perfecto entre el incentivo al éxito personal, la recompensa por los resultados y el crecimiento de la Orden. El sistema era tan perfecto, que incluso bajo una mala administración —en el caso de abades desinteresados por la gestión— la Orden progresaba.

Los autores del libro concluyen: en su gestión, cada monje tenía muy en claro que el objetivo último de su trabajo no era su ventaja personal, ni siquiera la de la Orden, sino que todo se hacía teniendo a Dios en mente. Dios debía reflejarse en la grandeza de la Orden y de la Civilización Cristiana que ella engendraba.

Fuente: Nelson Ribeiro

San Antonio Abad y el simbolismo del Ermitaño

Como ya hemos explicado en otros artículos dedicados a este santo intercersor y protector nuestro, San Antonio o Antón Abad fue un monje cristiano, eremita y fundador del movimiento monástico. Su biografía nos ha llegado a través de San Atanasio, que le presenta como un hombre que crece en santidad y se convierte en modelo de otros cristianos. Se sabe que abandonó su casa para retirarse a llevar una existencia de ermitaño y que atendía varias comunidades monacales en Egipto, permaneciendo eremita. Se dice que alcanzó los 105 años de edad.

Antonio nació en el pueblo de Comas, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto. Alrededor de los veinte años de edad vendió todos sus bienes, entregó el dinero a los pobres y se retiró a una vida ascética. Su fama de hombre santo y austero atrajo a discípulos, muchos cristianos se unieron a él en el desierto. Con ellos fundó, en Pispir y Arsínoe, los primeros monasterios conocidos, por ello, se le considera el inventor de la vida monacal cristiana, tradición que aún conservan determinadas órdenes religiosas, como los benedictinos. Sin embargo, el nunca optó por la vida en comunidad y tras dedicarse durante varios años al gobierno de sus monasterios, volvió a la vida contemplativa y se retiró como ermitaño al desierto en el monte Colzim, cerca del Mar Rojo.

Durante los primeros quince años de su estancia en el desierto se vio asediado por visiones y tentaciones que pasarían a la tradición cristiana medieval. Según el libro de vidas de santos “La leyenda dorada” del siglo XIII de Santiago de la Vorágine, San Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto, de diversas formas, desde ofrecerle riqueza, a manjares exquisitos o voluptuosas mujeres. Las tentaciones de San Antonio son un tema favorito de la iconografía cristiana. Muchos artistas han tomado este tema para sus obras; uno de los trabajos más conocidos es el “Tríptico de las Tentaciones de san Antonio”, pintada por Hieronymus Bosch.

Jerónimo de Estridón, en su biografía sobre Pablo el Simple, el decano de los anacoretas, cuenta que Antonio fue a visitarlo y lo dirigió en la vida monástica. Un cuervo que, según la leyenda, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. En otra visita posterior San Antonio encontró muerto a Pablo.

San Antonio se preguntaba cómo haría para cavar una sepultura, si no tenía herramientas. De pronto oyó que se acercaban dos leones, como con muestras de tristeza y respeto, y ellos, con sus garras cavaron una tumba entre la arena y se fueron. Y allí depositó San Antonio el cadáver de su amigo Pablo, de ahí su patronato sobre los sepultureros y los animales.

Se cuenta también que en una ocasión se le acercó una jabalina con una camada de jabatos ciegos en actitud de súplica. San Antonio curó la ceguera de los animales y desde entonces la madre no se separó de él y le defendió de cualquier alimaña que se acercara. Esta leyenda dio origen con el tiempo a representarlo con un cerdo a sus pies y a considerarlo vencedor de la impureza, representada por el cerdo. En las pinturas religiosas, colocar animales junto a la figura  expresaba que esa persona había entrado en la vida bienaventurada, esto es, en el cielo, puesto que dominaba la creación.

La Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios y también como Antonianos,  se puso bajo su advocación. La iconografía así lo refleja, representando con frecuencia a Antonio con el hábito negro de los Hospitalarios y la tau o la cruz egipcia de color azul, que vino a ser el emblema como eran conocidos. Esta orden se especializó desde el principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo, o enfermedad del cornezuelo del centeno, llamado también fueego sacro o culebrilla.

El hábito de la orden es una túnica de sayal con capuchón y llevan siempre una cruz azul en forma de tau, como la de los templarios. Durante la Edad Media se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago, a las afueras de las ciudades, donde atendían a los peregrinos enfermos. De ahí la abundancia de “Taus” que se encuentran en el camino de Santiago, donde en contra de la opinión popular , se deben más a la Orden Hospitalaria de San Antonio que a la de los Caballeros Templarios.

Los Hospitalarios tenían la costumbre de dejar sus cerdos sueltos por las calles para que la gente les alimentara. Los animales se colocaban bajo el patrocinio de San Antonio, para que la gente no se los robara. Su carne se destinaba a los hospitales, o se vendía para recaudar dinero para la atención de los enfermos. Por ello se representa a san Antonio Abad como un anciano con el hábito de la orden y con un cerdo a sus pies.

Fue esta orden, la de los Antonianos, la que más  consiguió extender la fama de San Antonio por Europa Occidental y la que asoció de forma más fuerte al santo Eremita con la figura de los peregrinos que recorren un camino iniciático de perfección y santidad. Pues San Antonio, pese a que realizó viajes para atender espiritualmente a otros monjes,  fue más bien poco viajero,  aislado en la soledad del desierto.

No sólo en España, sino también en muchos países de América Latina, San Antonio adquirió una increíble fama. En Perú, en Panamá, en Guatemala, México, Santo Domingo y otros países latinos existen calles, hospitales, hoteles y localidades que honran a San Antonio Abad. En Chile su devoción forma parte de la cultura y la tradición sanadora popular.

Entre otros muchos lugares, en Nursia, Italia (tierra natal de San Benito Abad) existe un monasterio de monjas benedictinas bajo su patrocinio y en Humacao, Puerto Rico, hay una comunidad benedictina también bajo su patrocinio. Tampoco hay que olvidar que la reforma del Carmelo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz recurrió a los ermitaños y muy particularmente a la espiritualidad de San Antonio Abad.

El simbolismo del Ermitaño

Tradicionalmente el nombre de esta carta del Tarot aparece escrito con “H“, debido a un juego de palabras entre “Ermitaño“, persona que vive en soledad, y “Hermes“, sabio filósofo y alquimista a quien se considera iniciador de la Ciencia Hermética u Oculta. El Ermitaño es el símbolo del Tarot que representa la Búsqueda del Saber. Para nosotros, esta carta representa a la perfección a San Antonio Abad.

En una noche, un anciano de barba blanca se cubre con una amplia capa de peregrino que tiene una larga capucha. La edad del anciano denota su autoridad y experiencia. Levanta con la mano derecha un farol, para que  la tenue luz que desprende ilumine lo más lejos posible su camino. Con la mano izquierda agarra un grueso bordón con el que se apoya y tantea el camino en la obscuridad. Así, con esa ayuda, va avanzando con paso incierto por el camino. Tradicionalmente, un movimiento de derecha a izquierda como el que realiza el Ermitaño se considera que es de vuelta al origen. Parece por tanto como si el anciano estuviera realizando un camino de vuelta, un retroceso en medio de las tinieblas, tratando de volver al lugar de origen de su partida.

Cuando el paso del tiempo y la acumulación de experiencias ha atemperado su espíritu, y cansado de ver mundo, el anciano comienza a plantearse qué ha sido de su vida. El hombre siempre ha buscado en las estrellas la orientación de la ruta a seguir. Cuando no puede ver las señales del cielo, tiene que orientarse sólo con la luz de su inteligencia, tratando de encontrar respuestas a su propia ignorancia.

Hasta finales del siglo XV el Ermitaño llevaba un reloj de arena, ya que se le consideraba una representación del Padre Tiempo o Saturno, dios del tiempo; después se cambió el reloj por una lámpara, ya que se asoció al Ermitaño con Diógenes, el filósofo cínico griego que según la leyenda vagabundeaba en pleno día con una lámpara encendida “buscando a un hombre”. En el tarot de Marsella y otros, la lámpara queda parcialmente cubierta por el manto del Ermitaño; pero en su tarot  Waite hace que la lámpara quede totalmente al descubierto; ya que, según este experto, la sabiduría, luz del mundo, no es un atributo exclusivo del anciano; él nos la muestra como diciendo “donde yo estoy, tú también puedes estar”. En el interior de la lámpara observamos la estrella salomónica de seis puntas, símbolo por excelencia de sabiduría y perfección, y la fusión de dos triángulos, el de Agua y el de Fuego, la sabiduría inconsciente y la consciente respectivamente; ya que el Ermitaño, nos dice Waite, lejos de representar los misterios ocultos, representa la protección libre y abiertamente otorgada por los misterios Divinos a aquellos que buscan la Sabiduría.

En la otra mano el Ermitaño lleva su bastón o báculo, de color amarillo solar. Aparte de ser su apoyo, es una varita mágica que le pone en contacto con la tierra y la realidad, evitando que su sabiduría y ascetismo le aleje de ella, y le ayuda a defenderse de modo práctico en la vida. Porque el sabio verdadero, aunque se aísle de la locura del mundo, no se aísla del mundo mismo, y sabe desenvolverse en él. Subido en la elevación, que representa la altura espiritual del hombre sabio, el Ermitaño nos muestra como se puede vivir espiritualmente sin alejarse del mundo, haciendo de nuestra propia alma un retiro e iluminando a otros con nuestra sabiduría.

El hombre tiene sed de conocimientos, pero su ciencia, como la linterna con su luz, sólo hacen retroceder un pequeño trecho a las tinieblas que nos rodean. Y tampoco vale de mucha ayuda la experiencia, representada aquí en el bordón de peregrino que permite ir palpando el camino. La experiencia no es útil para aplicarla a problemas de la vida, pues la adquirimos en determinadas situaciones que nos surgieron en nuestro camino y que posiblemente no se repetirán, y siempre somos reacios a aprovechar la experiencia ajena. La ausencia de luna hace la noche terriblemente oscura y hace aún más desolador el esfuerzo de hallar el camino.

Siempre tenemos presentes las tres grandes preguntas filosóficas: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?. Muchos dejan de buscar la respuesta a estas preguntas y simplemente se dejan arrastrar por los acontecimientos; otros tratan de avanzar por el camino iniciático del Conocimiento con la ayuda del estudio, la inteligencia y la experiencia. Sin embargo éstos tampoco llegarán nunca a cubrir su meta, pero es el hecho de ir avanzando por el camino  lo que les calma su inquietud. Lo realmente importante no es llegar, sino peregrinar. Peregrinar es buscar nuestro propio fantasma en los repliegues más profundos de nuestro ser. La peregrinación es una imagen del viaje que todos realizamos, que es la propia vida.

Por último están los que después de haber recorrido un trecho del camino tratan de volver a los orígenes, retroceder el camino andado con el fin de entender el porqué de las cosas; esta postura caracteriza al intelectual, a los que siempre están en una situación de expectativa crítica y de duda. La falta de la luz de luna potencia las tinieblas de la noche, haciendo sentir los miedos y terrores más primarios.

Para protegerse, el Ermitaño se cubre con una pesada capa que le aísla del mundo exterior, tanto de los riesgos como del frío o del ataque de las fieras, como de los afectos; esto hace del Ermitaño un ser solitario, aunque viva en una gran ciudad y esté inmerso en un entorno familiar y profesional.

En todo momento, el Ermitaño se prepara serenamente para llegar al final del camino, para afrontar el fin inevitable de todo ser humano. Y lo que le mantiene siempre en movimiento es la búsqueda interminable de la Verdad.

Un santuario entre la tierra y el cielo en Pachacámac

Fieles y monjes peregrinaron ayer hasta la cima del cerro Parco, en Pachacámac (Lima, Perú) para inaugurar la Cruz de San Benito, la más alta de la orden benedictina en el mundo.

Fuente: El Comercio

Tal vez uno de los más grandes desafíos para el hombre sea explicar su fe. Aquello le sucede a Norma Santolaya (45), quien desde hace un año ofrece sus oraciones a San Benito de Nursia en el Monasterio de la Encarnación, en Pachacámac. Allí donde los cerros se elevan al cielo.

El de ayer no fue un domingo cualquiera para esta mujer y las decenas de personas que participaron en la inauguración de la Cruz de San Benito, en la cima del cerro Parco —ubicado a espaldas del claustro—, y en la primera peregrinación en honor de ella. La cruz, que tiene 13 m de altura, es la más alta de la orden benedictina en el mundo, según los monjes del monasterio.

Hace un año se inició la construcción de esta cruz, pero los trabajos no han concluido. Esta venerada estructura de cemento tiene inscritas las letras iniciales de palabras en latín de una antigua oración de exorcismo, y necesita iluminación para ser observada desde el mar. “La cruz busca convertir este lugar en un santuario de peregrinación para todos los que necesiten un espacio de espiritualidad y un encuentro más personal con el Señor”, comenta Mario Sosa, monje de esta congregación, única en el Perú.

HIJOS DEL SANTO

Para el monacato occidental, uno de los santos más representativos es San Benito de Nursia, monje italiano del siglo VI conocido por redactar su regla que equilibra la oración, el trabajo y la lectura del Evangelio en la vida de los monjes.

La orden benedictina, integrada actualmente por 20 congregaciones masculinas en el mundo, llegó al Perú en 1981 y fue fundada en tierras piuranas. En el 2006 los monjes benedictinos se instalaron en el sector Tomina, en Pachacámac.

Para los religiosos, un monasterio tiene un solo fin: la búsqueda de Dios. “Nosotros hacemos tres votos: la estabilidad [vivir con los monjes y lejos de la familia], la obediencia y la conversión de vida”, enumera Mario, entregado a la vida religiosa desde hace 14 años.

El Monasterio de la Encarnación acoge a ocho monjes de claustro y a su director, el padre superior David Bird, monje inglés con 29 años en nuestro país y quien se encargó ayer, día de San Benito, de celebrar una misa y presidir el vía crucis, antes de la inauguración, rumbo a la cima del cerro.

RELIGIOSIDAD POPULAR

Las cruces forman parte de la tradición peruana. Para la teología, la cruz en general tiene un significado de recordación de la muerte de Cristo y su posterior resurrección. Pero si hablamos de la religiosidad popular, tenemos que añadirle un sentido particular que le otorga cada sociedad.

“Los antiguos peruanos creían en los espíritus que habitaban en los cerros, llamados apus, pero, con la introducción del catolicismo, estos fueron reemplazados por las cruces. En ambos casos, lo importante es lo que simbolizan para cada pueblo”, explica el sociólogo José Pérez Guadalupe.

La Cruz de San Benito más alta del mundo

La Cruz de San Benito más alta del mundo fue inaugurada este domingo 11 de julio (coincidiendo con su festividad en el santoral católico)  en el distrito de Pachacamac, en la zona sur de la ciudad de Lima (Perú) por los monjes benedictinos del Monasterio de la Encarnación, único recinto de esta orden en el país, según una noticia recogida de Aciprensa.

Según señalan los monjes benedictinos, la Cruz mide 13 metros de altura y puede verse desde cualquier punto del valle de Lurín, incluso desde el mar.

“La presencia de esta Cruz en el cerro de Tomina busca ser un signo de especial bendición para todos los peruanos, así como un santuario de peregrinación para todas aquellas personas que buscan lugares de espiritualidad y un encuentro más personal con el Señor”, agregan.

Como ya hemos publicado en distintos artículos de este blog, la Cruz de San Benito es famosa por sus siglas en latín, iniciales de una antigua oración de exorcismo y protección.

Una lectora afirma haberse sanado de una grave dolencia gracias a las oraciones del Templo de la Luz Interior

El pasado 23 de mayo y en el tema ‘Oración de sanación de cuerpo y alma’, video que tenemos publicado en la categoría ‘Oraciones poderosas de sanación y liberación’, recibimos este comentario de una asidua lectora, que reproducimos aquí con las mínimas correcciones ortográficas:

“Realmente esta oración es maravillosa. Se siente el amor de Dios en todo su esplendor. Cuando la escucho, se siente la presencia de Dios a nuestro lado, es una oración que ennoblece el alma. Tendría que ser escuchada en todo el mundo, para que nuestros hermanos puedan sentir que no están solos y se refugien en la Oración, la Fe, la Humildad, que son los pilares fuertes del Amor hacia Dios…

“Quiero expresar mi agradecimiento al Templo de la Luz. Yo padecía de una enfermedad a los huesos en todo mi cuerpo, con dolores muy fuertes, para los médicos algo incurable;  pero hoy puedo decir que a través de sus oraciones, prácticamente  estoy curada. Mi remedio principal es la fe y la oración y confianza en Dios, en Jesucristo y la Virgen María… Le agradezco al Templo de la Luz, que han sido mi principal guía, para tener esa confianza que a mí me faltaba… Muchas gracias, les quiero con el corazón, Ofelia Abad”.

El comentario anterior nos llenó, como es lógico, de una gran curiosidad, y quisimos saber algo más al respecto; por ello, nos dirigimos ese mismo día a la citada lectora, por correo privado, escribiéndole lo siguiente:

“Doña Ofelia: Como siempre, muchas gracias por sus acertados y valiosos comentarios. Viendo el último que hace usted en el tema de la Oración de sanación de cuerpo y alma, nos llama mucho la atención lo que usted dice de que, gracias a esa oración, ha mejorado mucho su salud. Queremos por favor pedirle que nos mande un mensaje (privado o público, usted decide) explicándonos con más detalle este hecho, que a nosotros en especial nos llena de alegría y nos hace darle las más fervientes gracias a Dios Nuestro Señor. Asimismo aprovechamos para pedirle que nos comente si la mejora ha sido con la oración en video, o si ha sido con las del ritual del agua y la medalla de san Benito, que le mandamos privadamente para usted y su hermana. Que Dios las bendiga y proteja, a ustedes y a toda su familia”.

Y también ese mismo día 23 de mayo, prácticamente ‘a vuelta de correo’, la señora Ofelia nos respondió de esta manera:

“Las gracias se las tengo que dar yo a ustedes, porque lo que he mencionado es una realidad. Gracias a ambas, la oración del video y el ritual del agua y la medalla de San Benito, es la real curación que he tenido. Sigo con mucha atención cada enseñanza de las que me envían ustedes. Son un ejemplo, son muy espirituales, con mucha dedicación.

“Mi enfermedad a los huesos era muy grave y hoy, les reitero, estoy sanada. Los médicos se asombran en verme tan bien, saben que es un milagro, me preguntaron en qué creía y yo sólo les dije que tenía una gran fe en Dios… Porque no sabía si los podía mencionar a ustedes, de lo contrario lo hubiera hecho con mucho gusto, porque ustedes me devolvieron la salud y la luz que me faltaba… Les pregunto: si las memorizo, ¿las puedo usar para ayudar a otras personas? Como ya saben, yo traigo un poder de sanación, he ayudado a otras personas y han sanado, pero ese don no es para ayudarme a mí misma, mi sanación es obra de ustedes. Les estoy muy agradecida y si desean hacerlo público, pueden hacerlo… Yo les pediría a mis hermanos, de los fieles seguidores del Templo, que cuando les surja algo similar a lo mío, que lo hagan público; es ser honesto y agradecido. Con mucho cariño les saluda Ofelia Abad”.

No disponemos de informes médicos que nos prueben fehacientemente  que la curación a la que se refiere nuestra lectora es un ‘milagro’, como ella afirma. Pero tampoco tenemos ningún motivo para dudar de su palabra, y menos aún cuando ella nos autoriza a hacer público su testimonio, con nombre y apellido. En todo caso, hemos querido destacar este caso y hacerlo llegar a todos los lectores y visitantes, como una prueba evidente del poder de la Oración y de que, cuando los seres humanos tenemos la Fe y la Confianza depositadas en Dios, cualquier cosa es posible y cualquier hecho o suceso maravilloso puede acontecer en nuestras vidas. Incluso, la curación de una enfermedad física grave y en apariencia incurable… gracias a Dios Nuestro Señor.

Biografía de San Benito Abad

En septiembre de 2008 ya publicamos un artículo titulado: Vida y milagros de San Benito“. Sin embargo, continuamente  los lectores y visitantes  siguen solicitándonos más información sobre este santo, patrono de los monjes y patriarca de los exorcistas, y sobre su milagrosa medalla. Por ello, con sumo gusto publicamos hoy un nuevo y completo resumen de su biografía, adaptada de ‘Vidas de los santos’, de Butler.

Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los “Diálogos” de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.

Benito nació y creció en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbría en el año 480. Esta región de Italia es quizás la que más santos ha dado a la Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento, el bárbaro rey de los Hérculos mató al último emperador romano, poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios tenía planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis. San Benito sería el que comienza el monasticismo en occidente. Los monasterios se convertirán en centros de fe y cultura.

De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. El fue enviado a Roma para su “educación liberal”, acompañado de una “nodriza”, que había de ser, probablemente, su ama de casa. Tenía entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco más. Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y se ha hecho notar que no existía un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje. En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó. Existe una considerable diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años. Se dirigieron al poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma. No sabemos cuanto duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y accidentalmente roto.

Buscando la completa soledad

En busca de completa soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: “Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre”. El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel 9de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de ese momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.

Las tentaciones de la carne y del demonio

Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. “Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma”, y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.

Maquinaciones de otros monjes

En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar. Al principio rehusó, asegurando a la delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían –quizá él había oído hablar de ellos–. Sin embargo, los monjes le importunaron tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno. Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. “Dios os perdone, hermanos”, dijo el abad con tristeza. “¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros”. El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante estos años de vida oculta.

Los primeros monasterios

Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas. San Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él en la retirada cueva, de “reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios”. Por lo tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos, desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado. Hasta ahí, no tenía escrita una regla propia, pero según un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, “siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito”. Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o nacionalidad. Después de un tiempo, los padres venían para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica varias páginas a estos jóvenes novicios.

Nobles y plebeyos por igual

En contraste con estos aristocráticos jóvenes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: “¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes”. No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es esta una colina solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en pantanosa y malsana. La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.

La Regla: vida de oración, trabajo y estudio

Es probable que Benito, de edad madura, en aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión general. Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente accesible desde Roma y Cápua. No solamente los laicos, sino también los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros habíase extendido por todas partes. Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su “Regla”, de la que San Gregorio dice que da a entender “todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba”. Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí “la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey”, y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, (“lectura sacra”) y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote. Pensó en proporcionar “una escuela para el servicio del Señor”, proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus pies a la roca, San Benito le envió un mensaje que decía: “Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo”. La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes. “No tenéis bastante ahora”, dijo a sus monjes, notando su consternación, “pero mañana tendréis de sobra”. A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres. Un noble al que convirtió, lo encontró cierta vez llorando e inquirió la causa de su pena. El abad repuso: “este monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas”. La profecía se cumplió cuarenta años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los lombardos.

Vano intento de engañarle

Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a San Benito, porque había oído hablar mucho de él. Por lo tanto, envió aviso de su llegada al abad, quien accedió a verlo. Para descubrir si en realidad el santo poseía los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo, capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantación no engañó a San Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: “Hijo mío, quítate las ropas que vistes; no son tuyas”. Su visitante se apresuró a partir para informar a su amo que había sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado. Pero Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían. Al punto, el rey imploró sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel. Esta entrevista tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.

Anuncia su muerte

El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía. Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: “Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo”. Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.

Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: “Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad”. Era el momento preciso en el que moría el santo.

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Más datos en la Biblioteca del Templo de la Luz Interior:

Vida de San Benito Abad, por San Gregorio Magno

Ejemplos de protección de la Medalla de San Benito

Cruz (sello, la imagen del santo) y cara (crucifijo y letras) de la Medalla

– Madelagammol, joven de 18 a 20 años, estaba sorda desde hacía seis años; cada vez que comía otra cosa que no fuese arroz sus oídos le supuraban. Desde el primer día que salpicó el agua de la medalla en sus oídos, cesó la supuración en el oído derecho y comenzó a oír mejor de ese lado. Siguió aplicando el mismo remedio durante varios días y la supuración también cesó en el lado izquierdo; actualmente oye perfectamente con el oído derecho, pero el izquierdo sólo se curó a medias, queriendo Dios que de este modo guardara el recuerdo de su estado anterior.

– Las enfermedades de la vista, con el sol de la India, adquieren una intensidad que las vuelve temibles, sobre todo en los niños. Dos pequeñas paganas que sufrían esas enfermedades fueron curadas instantáneamente, al lavarles los ojos con agua de la medalla.

– Lo que hace especialmente querida la medalla de San Benito entre los hindúes, es el poderoso socorro que les presta contra uno de los mayores flagelos de la región, la picadura de insectos o serpientes. Mariannen, picado una tarde por un pouram, insecto muy venenoso, pasó toda la noche gimiendo de dolor; sentía el pecho oprimido y tenía la espalda hinchada. Pero se sintió perfectamente curado cuando las partes doloridas fueron friccionadas con agua de colonia pura, en la cual había sido sumergida la medalla.

– Noyegam había sido picado por una terrible serpiente, cuyo veneno, cuando no mata en pocas horas, deja la vida en peligro durante unos cuarenta días y además exige mucho más tiempo para una cura que no siempre es completa. Tres años después de haber sido mordido por esa cobra, Noyegam seguía teniendo una fiebre que nunca lo había abandonado del todo; la pierna todavía continuaba hinchada y casi sin sensibilidad, a tal punto que, cuando lo picó un escorpión, ni siquiera sintió el dolor; sufría continuos dolores de cabeza y de cuello; sus miembros, sin fuerza, no le permitían ningún esfuerzo duradero. Al cabo de tres años, se presentó en ese estado al misionero. Éste le dio a beber el agua de la medalla, recomendándole que la tomara y se friccionara las partes doloridas, lo que hizo el mismo día antes de acostarse. Esa noche la fiebre lo dejó, desapareció la hinchazón de la pierna, sintió el cuello y la cabeza aliviados, y todo el cuerpo retomó su estado normal. “Es notable, escribe el misionero, ningún veneno resiste al agua que entró en contacto con esta medalla, y cualquier veneno pierde efecto en los lugares tocados por esa agua”.

– La picadura de escorpión causa un dolor indescriptible; la calma y el sueño sólo vuelven al paciente muchas horas después, y a veces luego de toda una noche o más de sufrimientos. Como esa región hindú está plagada de escorpiones, los casos de picaduras no son raros. Se emplean diferentes remedios para contrarrestarlas, con mayor o menor eficacia. Pero el gran remedio hindú es una “bendición” supersticiosa para hacer desaparecer el veneno; y hasta los mismos cristianos no tenían gran escrúpulo en adoptar tal procedimiento. La medalla de San Benito llegó providencialmente para cortar esas supersticiones. El agua tocada por ella cura instantáneamente el miembro dolorido, expulsando infaliblemente el veneno en algunos minutos. Desde que la medalla se conoce en la región, se dieron muchos casos de dicha aplicación y nunca falló. Por eso los hindúes la apellidaron “tèlou souroùbam”, la medalla del escorpión.

Fuente: La columna del hermano José.

Más datos en:  Milagros de la Medalla de San Benito

El signo de la cruz, San Benito y los Padres del Desierto

Con la cruz, signo de salvación, San Benito se libró del veneno que unos malos monjes le ofrecieron: Cuando fue presentada al abad, al sentarse a la mesa, la vasija de cristal que contenía la bebida envenenada para que la bendijera, según costumbre en el monasterio, Benito, extendiendo la mano, hizo la señal de la cruz y con ella se quebró el vaso que estaba a cierta distancia; y de tal modo se rompió, que parecía que a aquel vaso de muerte, en lugar de la cruz, le hubiesen dado con una piedra. Comprendió en seguida el varón de Dios que debía contener una bebida de muerte lo que no había podido soportar la señal de la vida. El episodio, según el relato gregoriano, debió inspirar las palabras del exorcismo referidas a la bebida que ofrece el Maligno, así como la protección atribuida a la señal de la cruz.

Los ataques del demonio también se dieron contra el abad de Casino y sus monjes: el “antiguo enemigo”, muy contrariado por la conversión de los paganos de la región, atraídos por la predicación del Santo, se presentaba a sus ojos para amenazarlo y atemorizar a los suyos: Pero el antiguo enemigo, no sufriendo estas cosas en silencio, se aparecía no ocultamente o en sueños, sino en clara visión a los ojos del padre, y con grandes gritos se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa, tanto que hasta los hermanos oían sus voces, aunque no veían su imagen. Sin embargo, el venerable abad contaba a sus discípulos que el antiguo enemigo aparecía a sus ojos corporales horrible y encendido y que parecía amenazarle con su boca y con sus ojos llameantes. Y a la verdad, lo que decía lo oían todos, porque primero le llamaba por su nombre; y como el varón de Dios no le respondiese, prorrumpía en seguida en ultrajes contra él. Así, cuando gritaba, diciendo: “Benito, Benito”, y veía que le daba la callada por respuesta, añadía al instante: “Maldito y no Bendito ¿qué tienes conmigo? ¿Porqué me persigues?”. Estos ataques directos, estos combates encarnizados con el demonio, son una constante en la vida de San Benito, que le proporcionó con ellos ocasiones de nuevas victorias, como dice San Gregorio poco después.

Ya en el comienzo de la permanencia en Subiaco, el demonio rompe la campanilla de que se servía el monje Román para avisar a nuestro Santo cuando debía retirar sus alimentos. Leemos también que el demonio, en forma de una ave negra, le provoca terribles tentaciones al mismo Benito, y a otro monje lo distrae de la plegaria, llevándolo a vagar. A un hermano lo lleva a mostrarse soberbio, ganado por los malos pensamientos que el demonio le sugiere; significativamente, Benito, advirtiendo su turbación, le manda: “Traza una cruz, hermano, sobre tu corazón”. Inspira al presbítero Florencio que, celoso, hostigue a Benito y sus discípulos, y siempre buscó dificultar la vida del monasterio, tanto en lo material, como en lo espiritual, suscitando inconvenientes de todo tipo, como la muerte de un adolescente.

Estos episodios, relatados por el Papa San Gregorio, muestran de qué manera San Benito combatía con el demonio, el cual lo atacaba constantemente, como adversario de toda obra buena. Un encuentro con el demonio ilustra lo dicho: Yendo un día el santo al oratorio de San Juan, sito en la misma cumbre del monte, salióle al encuentro el antiguo enemigo bajo la forma de un albéitar (o médico), llevando un vaso de cuerno con brebajes. Como Benito le preguntara adónde iba, él le contestó: “Me voy a darles una poción a los hermanos”. Fuese entonces el venerable padre a la oración, y concluida ésta, volvió inmediatamente. El maligno espíritu, por su parte, encontró a un monje anciano sacando agua, y al punto entró en él y lo arrojó en tierra, atormentándole furiosamente. Al volver de la oración el varón de Dios, viendo que era torturado con tal crueldad, dióle tan sólo una bofetada y al momento salió el maligno espíritu, de suerte que no osó volver más a él.

Su mejor defensa era, con la oración, la fidelidad al Señor y la confianza en El, la caridad, la constancia en el bien, la práctica de la justicia. Una vida santa, por una parte, provoca la enemistad del demonio, mas por la otra, es la mejor defensa contra él, pues donde está Dios por la gracia, no puede entrar a dominar el terrible enemigo.

Las tentaciones de San Antonio, pintura de El Bosco

Los monjes del desierto

No sorprende entonces que la devoción tradicional acudiera a la intercesión y al ejemplo del Santo Abad, para oponerse al demonio, con la señal de la cruz y las palabras de la oración. Pero es preciso considerar todo esto en su conjunto: los ataques diabólicos muestran la impotencia de su autor ante el desarrollo de la fe y su afianzamiento; intentan asustar a los fieles, los tientan y solicitan, para apartarlos del buen camino. La mejor defensa contra ellos es confiar en Dios y mantenerse firme en el propósito de la fe y del bien obrar, porque donde está la gracia y la santidad, el demonio nada puede. La vida monástica, vida consagrada a Dios en la oración, el retiro y el trabajo, es el campo de los más duros combates contra el mal. Ya en la Vida del primero de los monjes, San Antonio Abad, escrita por San Atanasio, obispo de Alejandría de Egipto, en el siglo IV, se describen los combates que sufrió el solitario, y que adquieren un valor de testimonio y de ejemplo: el monje se interna en el desierto, donde habitan los demonios, para desalojarlos de allí, y ganar esos espacios para Cristo.

El episodio narrado en el c. 30 del 2° libro de los Diálogos, que hemos transcrito más arriba, el diablo que se dirige con unas misteriosas bebidas al monasterio para tentar a los hermanos, tiene el precedente de un encuentro similar que le acaeció a abba Macario: vio a Satanás en figura humana, llevando unos pequeños envases con distintas pociones para ofrecérselas a los hermanos, que eran otras tantas tentaciones.

Recordemos aquí otro texto elocuente. En los Apotegmas o Dichos de los Padres del desierto se lee la siguiente anécdota: Un hermano fue a visitar a abba Poimén, pues deseaba confiarle sus pensamientos, pero no se animó a abrirle su corazón, a pesar de que lo intentó muchas veces. Advirtiólo el anciano, y le insistió que hablase, y el hermano le dijo que lo atormentaba una tentación muy fuerte de blasfemar. El anciano le respondió: “No te turbes por este pensamiento. Los combates carnales nos llegan muchas veces por culpa de nuestra negligencia, pero este pensamiento no procede de la negligencia, sino que es una sugerencia de la serpiente. Cuando llega el pensamiento, levántate, ora y haz la señal de la cruz, diciéndote a ti mismo como si te dirigieras al enemigo: “¡Sea el anatema para ti y tu tentación! Caiga tu blasfemia sobre ti, Satanás, pues yo creo firmemente que Dios es providente con todos: ¡Este pensamiento no viene de mí mismo, sino de tu mala voluntad!”. Las palabras empleadas nos recuerdan la oración que acompaña a la Cruz de San Benito, las cuales, con la señal de la cruz, se confirman como el arma más eficaz para mantener apartado al demonio y sus tentaciones.