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Todo lo que necesitas saber sobre la medalla de San Benito y su eficacia protectora contra el Mal

 

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Esta medalla es muy estimada. Ya que a menudo se ha dado a los que están afligidos o acosados espiritualmente y ha tenido efectos maravillosos.

Se nos asegura favores extraordinarios mediante la combinación de la medalla con las devociones especiales en honor de San Benito.

Una vez que hayas adquirido una medalla, asegúrate de mantenerla contigo.

Cuando se usa con fe, sin duda te llevará a un mayor amor y aprecio de Dios.

LA HISTORIA DE SAN BENITO

San Benito de Nursia, Italia (AD 480-543), hermano gemelo de Santa Escolástica, es considerado como el padre del monacato occidental.

Y su “Regla de San Benito” vino a ser la base de la organización para muchas órdenes religiosas (la propia Orden tiene su base en Monte Cassino, Italia, a unos 80 kilómetros al sur de Roma).

Benito nació en Nursia. Fundó monasterios en Subiaco y sus alrededores y luego en Monte Cassino.

Enseñó a sus discípulos a cantar las alabanzas a Dios en la Liturgia de las Horas. A tomar como guía el Evangelio, a trabajar cuidando todo lo que hay en la creación como “vasos sagrados del altar”, a vivir en el amor y el servicio mutuo y a responder a las necesidades del pueblo de Dios.

Para comprender el simbolismo de la Medalla, debes saber de este evento en la vida de San Benito.

Había estado viviendo como un ermitaño en una cueva durante tres años, famoso por su santidad. Cuando una comunidad religiosa llegó a él después de la muerte de su abad y le pidió a Benito tomar su relevo.

Algunos de los más perezosos y disolutos monjes lo querían fuera, por lo que conspiraron para envenenar su pan y vino.

Místicamente advertido de la traición, Benito hizo la señal de la cruz sobre la comida y el plan fue frustrado. En su bendición, la copa de vino quedó destrozada.

Y mandó a los dos cuervos, que siempre lo acompañaron, para que se llevaran el pan envenenado y los depositaran en un lugar donde no podía hacer daño a nadie.

EL LEGADO DE SAN BENITO

La mayoría de las personas, incluidos los católicos, no se dan cuenta de cómo la Iglesia, Europa y el mundo están en deuda con de San Benito de Nursia.

La sola presencia de sus monjes en sus monasterios se convirtió en un factor de estabilización y de civilización, sin importar donde se plantaron.

Fue a partir de estos centros de gran aprendizaje y oración que los monjes y monjas se dedicaban a su celoso trabajo de evangelizar.

Cabe señalar que muchas de las ciudades más grandes de Europa comenzaron como poco más que los monasterios benedictinos destartalados.

“Munich” es la palabra alemana para “monje”; “Mónaco” en la Riviera francesa, es la palabra italiana para “monje”.

Casi todos estos monasterios alojaron escuelas para los más jóvenes. Muchas de estas escuelas se convirtieron en última instancia en las primeras universidades del mundo.

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 LOS ORÍGENES ANTIGUOS DE LA MEDALLA

Es dudoso cuando se originó la Medalla de San Benito.

Durante un juicio por brujería en Natternberg cerca de la abadía de Metten en Baviera en el año 1647, las mujeres acusadas declararon que no tenían ningún poder sobre Metten, que estaba bajo la protección de la cruz.

La investigación descubrió una serie de cruces pintadas, rodeadas por las letras que se encuentran ahora en la medalla benedictina. Que fueron encontradas en las paredes de la abadía, pero su significado había sido olvidado.

Por último, en un viejo manuscrito, escrito en 1415, se encontró un cuadro que representa a San Benito sosteniendo en una mano un bastón que termina en una cruz, y un pergamino en la otra.

Estaban escritas por completo las palabras de las cuales las misteriosas letras eran las iniciales. Originalmente, la medalla tenía la forma de una cruz.

Y la tradición católica enseña que Bruno de Egisheim-Dagsburg, el futuro Papa León IX, cuando era un joven benedictino, casi murió de una mordedura de serpiente. Él atribuyó su eventual recuperación de la cruz benedictina.

Estaba demacrado e incluso perdió la capacidad de hablar, y la mayoría de la gente se dio por vencida.

Fue entonces cuando Bruno recibió una visión de una escalera luminosa que alcanzaba al cielo.

Tras la escalera, vio a San Benito con una cruz radiante con la que tocó a Bruno para curarlo al instante.

La aparición desapareció rápidamente.

Cuando se convirtió en Papa en el año 1049, León IX la rediseñó como una medalla a las que atribuyó bendiciones e indulgencias.

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LA MEDALLA DEL JUBILEO DE SAN BENITO

La medalla de uso corriente es la Medalla de Jubileo diseñada por el monje Desiderio Lenz, de la Escuela de Arte de Beuron.

FRENTE

Un lado de la medalla lleva la imagen de San Benito, con una cruz en la mano derecha y la Santa Regla en la izquierda.

De un lado de la imagen está una taza, por el otro, un cuervo, y por encima de la copa y el cuervo están inscritas las palabras: “Crux Sancti Patris Benedicti” (Cruz del Santo Padre Benito).

En el margen de la medalla se representa la leyenda “Ejus en obitu nostro praesentia muniamus” (Permite que en nuestra muerte, ser fortalecido por su presencia).

REVERSO

En la parte superior de la cruz, por lo general se encuentra la palabra Pax (paz) o el monograma IHS (Jesús).

El reverso de la medalla lleva una cruz con las letras iniciales de las palabras: “Crux Sacra Sit Mihi Lux” (La Santa Cruz sea mi luz), escrito hacia abajo en la barra perpendicular.

Las letras iniciales de las palabras: “Non Draco Sit Mihi Dux “ (No permitas que el dragón sea mi guía), en la barra horizontal.

Y las letras iniciales de “Crux Sancti Patris Benedicti” en los ángulos de la cruz.

Alrededor del margen están las letras iniciales del dístico: “Vade retro Satana, Nunquam Suade Mihi Vana – Sunt Mala Quae Libas, Ipse Venena Bibas” (Vete, Satanás, no me sugieras tus vanidades – mal están las cosas que tú pretendes, bebe tú, tu propio veneno).

La medalla que acabamos de describir es la medalla llamada del jubileo, que llamó la atención por primera vez en 1880, para conmemorar el catorce centenario del nacimiento de San Benito.

La Archiabadía de Monte Cassino tiene el derecho exclusivo de esta medalla.

La medalla de San Benito ordinaria por lo general difiere de la anterior en la omisión de las palabras “ejus en obitu etc”, y en algunos detalles sin importancia.

La diseñó el monje Desiderio Lenz, de la Escuela de Arte de Beuron en 1880 para el 1400º aniversario del nacimiento de San Benito, bajo la supervisión del prior de Monte Cassino, Rev. Bonifacio Krug (1838-1909) de Monte Cassino, Italia.

A Monte Cassino se le dio el derecho exclusivo de esta medalla, con la que se adjuntaron indulgencias especiales.

La Medalla del Jubileo fue producida por primera vez en la Archiabadía de San Martín, Beuron, Alemania, a petición del Prior Bonifacio, que era natural de Baltimore y originalmente un monje de la Archiabadía San Vicente, Latrobe, Pennsylvania, hasta que fue elegido para convertirse en Archiabad de Monte Cassino.

Una vez en Alemania, las medallas fueron repartidas en Europa y el mundo.

Ellas fueron aprobados por primera vez por Benedicto XIV el 23 de diciembre 1741 y 12 de marzo de 1742.

San Vicente de Paul tenía una fuerte devoción a este sacramental y pidió a sus Hermanas de la Caridad que fijaran la medalla a sus cuentas del rosario, la que sigue siendo una costumbre común hoy en día.

LA PROTECCIÓN DE LA MEDALLA

Según Dom Guéranger, la medalla se considera eficaz para:

-Proteger a las personas que son tentadas, engañadas o atormentadas por espíritus malignos-

-Destrucción de los efectos de la brujería y todas las demás influencias diabólicas.

-Obtención de la conversión de los pecadores, sobre todo cuando están en peligro de muerte.

-Pedir por la paz sanidad interior / espiritual.

-Pedir por la paz entre individuos o entre las naciones del mundo.

-Curar aflicciones corporales, especialmente como protección contra las enfermedades contagiosas.

-Curación de las personas que sufren de heridas o enfermedades.

-Protección contra las tormentas y relámpagos;

-Proteger a los niños de las pesadillas y del mal de ojo.

-Protección de una madre y sus hijos durante el parto.

-Protección de los animales infectados con la peste u otras enfermedades.

-Protección de campos infestados por insectos nocivos.

-Protección o para contrarrestar los efectos del veneno.

Quienes lleven la medalla de San Benito, como un sacramental que es, a la hora de la muerte serán protegidos de todo mal siempre que se encomienden al Padre Celestial, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

 CÓMO USAR LA MEDALLA

En una cadena alrededor del cuello;

adjunta a un rosario;

en el bolsillo o en el bolso;

colocada en su coche o en casa;

situada en los cimientos de un edificio;

situada en el centro de una cruz.

¡Pero ten cuidado! El uso de cualquier artículo religioso es concebido como un medio de recordar a Dios, y de inspirar la voluntad y el deseo de servir a Dios y al prójimo.

No es considerado como un amuleto de buena suerte o un dispositivo mágico.

No es talismán o un objeto encantado para traer la “buena suerte” o repeler el mal, ya que sería una blasfemia.

La medalla no tiene capacidad mágica intrínseca, porque todo el poder en el universo está en manos de Dios y no se encuentra en otros lugares.

Para que tenga efecto debe estar bendecida y es fuente de Gracias cuando se piden, rezándole a San Benito, las oraciones que publicamos más abajo.

BENDICIÓN DE LA MEDALLA DE SAN BENITO

Según el Monasterio Benedictino de la Santa Cruz, las medallas de San Benito pueden ser bendecidas por cualquier sacerdote, no necesariamente un benedictino; así se desprende de la instrucción dictada en tal sentido por la Iglesia de Roma el 26 de Septiembre de 1964.

Si el sacerdote al que tú acudas con la medalla para que la bendiga no conoce  la siguiente fórmula específica para dicha bendición, basta con que la imprimas y se la lleves tú mismo, porque de ninguna manera tal sacerdote puede negarse.

Bendición y Exorcismo de la medalla de San Benito

Exorcismo

Oficiante: Nuestra ayuda nos viene del Señor.

Portador de la medalla: Que hizo el cielo y la tierra.

O: El Señor esté contigo.

P: Y con tu espíritu.

O: Yo exorcizo esta medalla por Dios Padre + Todopoderoso, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos se contiene.

Que todo el poder del enemigo, todas las fuerzas y asaltos del demonio, toda tentación diabólica, sean destruidos y expulsados de esta medalla.

Que aquellos que la usen gocen de salud del alma y del cuerpo.

En nombre de Dios Padre omnipotente y de Jesucristo, su Hijo y Señor Nuestro y del Espíritu Santo paráclito y en el amor del mismo nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos por medio del fuego.

P: Amén.

Bendición

O: Señor, escucha mi oración.

P: Y llegue a ti mi clamor.

O: El Señor esté contigo.

P: Y con tu espíritu.

Oración

O: Oremos. Dios Todopoderoso, dispensador de todos los bienes, te suplicamos que, por la intercesión de san Benito, bendigas esta medalla a fin de que el que la use y practique buenas obras, merezca obtener la salud del alma y del cuerpo, la gracia de santificarse y las indulgencias que nos son concedidas.

Que pueda, con el auxilio de tu misericordia, rechazar todas las acechanzas y engaños del demonio y presentarse, un día, santo e inmaculado ante tu presencia.

P: Amén.

Seguidamente, el oficiante rocía la medalla con agua bendita.

INDULGENCIAS DECRETADAS POR LA IGLESIA

El usuario habitual de la medalla del jubileo puede ganar todas las indulgencias conectadas con la medalla ordinaria.

Y además:

1) Todas las indulgencias que se podrían obtener al visitar la basílica, la cripta y la torre de San Benito en Montecasino (Pío IX, 31 de diciembre de 1877)

2) El 12 de marzo de 1742, el Papa Benedicto XIV, otorgó indulgencia plenaria a la medalla de San Benito si el cristiano o cristiana que la lleva consigo se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa.

Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, y la de San Benito.

3) La indulgencia plenaria en la fiesta de Todos los Santos (desde alrededor de las dos de la tarde del 1 de noviembre al atardecer del 2 de noviembre), varias veces al día (toties quoties), después de la confesión y la Santa Comunión, visita a una iglesia u oratorio público, orando allí de acuerdo a las intenciones del Papa, a condición de que se vea impedido de visitar una iglesia u oratorio público de los benedictinos por enfermedad, recinto monástico esté a una distancia de por lo menos 1000 pasos. (Decr. 27 de febrero 1907, en el Acta S. Sedis, LX, 246).

4) Indulgencias parciales.

200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe.

7 años de indulgencia, si uno celebra la Santa Misa o está presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes.

7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos.

100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión.

Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados.

Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita.

Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

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LA CRUZ DE LA BUENA MUERTE

Este crucifijo es conocido como “La Cruz de la Buena Muerte”, no sólo debido a las propiedades exorcísticas de la medalla y la imagen del Cuerpo de Cristo, sino también por el patrocinio especial de San Benito basada en su muerte.

El Papa San Gregorio Magno (AD ca 540-604) describe su muerte en su diálogo:

Seis días antes de dejar este mundo él dio órdenes para que su sepulcro se abriera, y al instante cayó en una fiebre intermitente, que lo quemaba, y cuando ya la enfermedad aumentaba día a día, en el sexto día mandó a sus monjes a llevarlo al oratorio, donde recibió el Cuerpo y la Sangre de Cristo nuestro Salvador, y su débil cuerpo después de haber sostenido en las manos de sus discípulos, se levantó con sus propias manos y las levantó hasta el cielo, y como estaba en modo orante, entregó su espíritu.

La indulgencia plenaria se concederá en las condiciones habituales para alguien que, en la hora de su muerte, bese, acaricie, o haga otra reverencia al crucifijo, y encomiende su alma a Dios.

 

ORACIONES A SAN BENITO

CORONILLA DE SAN BENITO

La Corona de San Benito es muy fácil de rezar. Se comienza rezando el Credo, seguido por tres cortas jaculatorias tomadas de la Medalla de San Benito.

Cada jaculatoria se dice tres veces y al final se acompaña de un Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Se finaliza con una oración, unas letanías a San Benito y otra oración final de intercesión y de petición de una gracia o favor.

CREDO

Creo en Dios Padre, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

JACULATORIAS DE LA MEDALLA DE SAN BENITO

¡Que la Santa Cruz sea mi Luz,

y que el demonio no sea mi guía! [Tres veces]

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

¡Retrocede, Satanás, no me persuadirás de cosas vanas! [Tres veces]

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Lo que me presentes, será inútil… ¡bebe tú mismo de tu propio veneno! [Tres veces]

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

ORACIÓN

Padre Eterno, en unión con tu Divino Hijo y el Espíritu Santo, y a través del Inmaculado Corazón de María, yo te suplico que destruyas el poder de tus más grandes enemigos: los espíritus malignos. Arrójalos a lo más profundo del infierno y déjalos ahí por toda la eternidad.

Oh! Padre Eterno, concédenos el Reino del Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Yo repetiré esta oración por puro amor, con cada latido de mi corazón y en cada uno de mis suspiros. Amén.

(Si se deseas, se puede rezar también una Salve).

LETANÍAS DE SAN BENITO

Señor Ten piedad……Señor Ten piedad.

Cristo Ten piedad……Cristo Ten piedad.

Señor Ten piedad……Señor Ten piedad.

Cristo, Ten piedad……Cristo Ten piedad.

Cristo escúchanos……Cristo escúchanos.

Padre del Cielo Dios……Ten piedad de nosotros

Hijo Redentor del mundo……Ten piedad de nosotros.

Espíritu Santo Dios……Ten piedad de nosotros.

Santa Trinidad Único Dios……Ten piedad de nosotros.

Santa María ……Ruega por nosotros.

Santo Padre Benito……Ruega por nosotros.

Gloria de los Patriarcas……Ruega por nosotros.

Cumplidor de su Santa Regla……Ruega por nosotros.

Retrato de todas las virtudes……Ruega por nosotros.

Ejemplo de perfección……Ruega por nosotros.

Perla de santidad……Ruega por nosotros.

Santo Padre Benito……Ruega por nosotros.

Sol que reluce en la Iglesia de Cristo……Ruega por nosotros.

Estrella que reluce en la Casa de Dios……Ruega por nosotros.

Inspirador de muchos santos……Ruega por nosotros.

Serafín de fuego……Ruega por nosotros.

Querubín transformado……Ruega por nosotros.

Autor de cosas maravillosas……Ruega por nosotros.

Santo Padre Benito……Ruega por nosotros.

Dominador de los demonios……Ruega por nosotros.

Modelo de monjes……Ruega por nosotros.

Erradicador de ídolos……Ruega por nosotros.

Honor de los confesores de la fe……Ruega por nosotros.

Consolador de las almas……Ruega por nosotros.

Ayuda en las tribulaciones……Ruega por nosotros.

Santo Padre Benito……Ruega por nosotros.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, satisfácenos Señor

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros Señor

ORACIÓN DE PETICIÓN

Te saludamos con filial afecto, Oh glorioso Padre San Benito, obrador de maravillas, cooperador de Cristo en la obra de salvación de las almas.

¡Oh Patriarca de los monjes!

Mira desde el cielo la viña que plantó tu mano.

Multiplica el número de tus hijos, y santifícalos.

Protege de un modo especial a cuantos nos ponemos con filial cariño bajo tu amparo y protección.

Ruega por los enfermos, por los tentados, por los afligidos, por los pobres, y por nosotros que te somos devotos.

Alcánzanos a todos una muerte tranquila y santa como la tuya.

Aparta de nosotros en aquella hora suprema las acechanzas del demonio, y aliéntanos con tu dulce presencia.

Ahora consíguenos la gracia especial que te pedimos

[Mencionar tu petición]

Oh! Padre Eterno, te suplico que destruyas el poder de tus más grandes enemigos: los espíritus malignos.

Arrójalos a lo más profundo del infierno y déjalos ahí para siempre. Amén.

NOVENA PARA PETICIÓN A SAN BENITO

Se repite por nueve días consecutivos.

Glorioso San Benito, modelo sublime de la virtud, vaso puro de la Gracia Divina. He aquí que yo humildemente arrodillado a tus pies.

Te imploro en tu misericordia que ores por mí ante el trono de Dios.

A ti recurro en los peligros que a diario me rodean.

Protégeme contra mi egoísmo y mi indiferencia a Dios y a mi prójimo. Inspírame para que te imite en todas las cosas.

Que tu bendición esté siempre conmigo, para que yo pueda ver y servir a Cristo en los demás y trabajar por su Reino.

Obtén amablemente de Dios estos favores y gracias que necesito tanto en las pruebas, las miserias y aflicciones de la vida.

Tu corazón estaba siempre lleno de amor, compasión y misericordia para con los que estaban afligidos o preocupados de alguna manera.

Nunca dejaste sin consuelo y asistencia a nadie que recurriera a ti.

Por lo tanto, invoco tu intercesión poderosa, confiando en la esperanza de que escucharás mis oraciones y obtendrás para mí la gracia especial y el favor que sinceramente imploro.

[Mencionar tu petición]

Ayúdame, gran San Benito, vivir y morir como hijo fiel de Dios, para funcionar en la dulzura de su voluntad amorosa, y alcanzar la felicidad eterna del cielo. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Nota: Haz una Novena a San Benito y si no obtienes respuesta, haz otra novena por otros nueve días y si sigue sin haber respuesta haz otra novena de nueve días más. Sin embargo, si aún no hay respuesta después de 27 días no lo hagas más y ora para descubrir que es lo que realmente Dios quiere sobre el caso que le pides.

Fuente: forosdelavirgen.org  y elaboración propia

 

Oraciones a San Benito

Al cumplirse este once de julio una nueva efemérides de nuestro santo protector, y debido a las muchas peticiones recibidas de nuestros visitantes, en comentarios y en consultas directas a nuestro mail, publicamos las principales oraciones que nosotros hacemos a San Benito en nuestro ritual de sanación espiritual. Otras oraciones no podemos publicarlas, porque son secretas y privadas y sólo están destinadas a la persona que está recibiendo el ritual.

Oración a San Benito
(de intercesión para otra persona).
Si es para usted mismo/a, donde pone las xxx, simplemente diga usted su nombre y adapte las palabras de la oración a usted. Por ejemplo, si dice ‘inspírale’, diga usted ‘inspírame’… y así en toda la oración.
En el nombre del Padre +, y del Hijo +,
y del Espíritu Santo +. Amén.
Glorioso San Benito, Patriarca de los monjes,
poderoso en milagros, amado del Señor.
Padre bondadoso para con todos los que te invocan,
yo imploro de tu corazón amoroso que ores por XXXXXXX,
aquí presente, ante el trono de Nuestro Señor.
A ti recurrimos en todos los peligros
que diariamente nos rodean.
Sé para XXXXX un escudo contra sus enemigos.
Inspírale para imitarte en todas las cosas.
Tu corazón está siempre lleno de amor, compasión y misericordia hacia aquellos que de alguna manera se ven afectados por todo tipo de problemas.
Tú nunca has dejado sin consuelo ni asistencia a nadie que haya recurrido a ti. Por lo tanto, al invocar tu poderosa intercesión, confiamos esperanzados en que escucharás nuestras plegarias y obtendrás para XXXXXX la gracia y los favores que sinceramente te imploramos, en el caso de que sean para mayor gloria de Dios y para el bienestar de su alma.
Intercede, pues, amado San Benito, por la salud del alma, cuerpo y mente de XXXXX.
Líbrale de todos los males de su cuerpo y de su alma.
Defiéndele a él y a todos los suyos del poder
de los enemigos infernales.
Destierra de sus casas y de sus vidas
las acechanzas del maligno espíritu.
Ruega por XXXXXXX a fin de que, viviendo según la ley
del Señor, merezca ser hallado digno de recibir la eterna recompensa.
Pídele al Señor que remedie sus necesidades
tanto espirituales como corporales
y para que su alma no muera en pecado mortal.
Glorioso San Benito, en tus manos ponemos nuestras vidas,
y confiamos en tu poderosa intercesión para permanecer siempre libres del poder de los espíritus malignos.
Todo esto te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

————————-
Exorcismo de la Medalla de San Benito

C. S. P. B.
Crux Sancti Patri Benedicti
Cruz del Santo Padre Benito

C. S. S. M. L.
Crux Sacra Sit Mihi Lux
Mi luz sea la Cruz Santa

N. D. S. M. D.
Non Draco Sit Mihi Dux
No sea el demonio mi guía

V. R. S.
Vade Retro Satana
¡Apártate, Satanás!

N. S. M. V.
Nunquam Suade Mihi Vana
Nunca me sugieras cosas vanas

S. M. Q. L.
Sunt Mala Quae Libas
Pues maldad es lo que brindas

I. V. B.
Ipse Venenum Bibas
Bébete tu propio veneno

Oremus. + In nomine Patri, et Filii + et Spiritui Sancti +
Cruz del Santo Padre Benito. Cruz Santa sé mi Luz y no sea nunca el demonio (dragón) mi conductor. ¡Aléjate, Satanás! No me persuadirás de cosas vanas. Son malas las cosas que me ofreces, bebe tú mismo tu veneno. En el Nombre del Padre + del Hijo + y del Espíritu Santo +. Amén.
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Oración para obtener gracias

Oh, buen Jesús, Hijo verdadero de Dios y de la Virgen María, que con Tu Pasión y Muerte nos has liberado de la esclavitud del demonio y, mediante los prodigios de la Cruz, has glorificado a tu sirviente Benito otorgándole un poder ilimitado sobre las potestades infernales. Concédenos, te suplicamos, mediante la intercesión de este santo, la victoria en la lucha asidua que sostenemos, no sólo contra el demonio, nuestro principal enemigo, sino también contra las doctrinas perversas y los malos ejemplos de la vida licenciosa, con los cuáles las personas de mala voluntad buscan perjudicar nuestras almas y nuestros cuerpos. San Benito, especial protector nuestro, intercede por nosotros y ruega a Jesús nos conceda las gracias especiales necesarias para nuestra alma y nuestro cuerpo.
(Rezar un Padre Nuestro, Avemaría y Gloria)
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Esperamos les sean de ayuda a todos ustedes. Que Dios les bendiga y proteja. Atte,

Oración a San Benito para pedir su protección

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En un nuevo 11 de julio, en el que se celebra la festividad de San Benito Abad, patrono de los monjes, fundador de la Orden Benedictina y Patriarca de los Exorcistas, ofrecemos a todos ustedes una oración especial, para pedir su protección y para que interceda siempre ante Dios Nuestro Señor por la salud de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra alma. La imagen ya la conocen todos: es el anverso y reverso de la Medalla de San Benito, un sacramental muy poderoso. Más datos y artículos sobre San Benito y su medalla, aquí.

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En el nombre del Padre +, y del Hijo +, y del Espíritu Santo +. Amén.

Glorioso San Benito, Patriarca de los monjes,

poderoso en milagros, amado del Señor.

Padre bondadoso para con todos los que te invocan,

yo imploro de tu corazón amoroso que ores por mí

ante el trono de Nuestro Señor.

A ti recurrimos en todos los peligros

que diariamente nos rodean.

Sé para mí un escudo contra mis enemigos.

Inspírame para imitarte en todas las cosas.

Tu corazón está siempre lleno de amor, compasión y misericordia

hacia aquellos que de alguna manera se ven afectados

por todo tipo de problemas.

Tú nunca has dejado sin consuelo ni asistencia

a nadie que haya recurrido a ti.

Por lo tanto, al invocar tu poderosa intercesión,

confiamos esperanzados en que escucharás nuestras plegarias

y obtendrás para mí la gracia y los favores que sinceramente te imploramos,

en el caso de que sean para mayor gloria de Dios y para el bienestar de mi alma.

Intercede, pues, amado San Benito, ante Dios Nuestro Señor,

por la salud de mi alma, mi cuerpo y mi mente.

Líbrame  de todos los males del cuerpo y del alma.

Defiéndenos a mí y a todos mis seres queridos del poder

de los enemigos infernales.

Destierra de nuestras casas y de nuestras vidas

las acechanzas de los malignos espíritus.

Ruega por mí a fin de que, viviendo según la ley del Señor,

merezca ser hallado digno de recibir la eterna recompensa.

Pídele al Señor que remedie mis necesidades

tanto espirituales como corporales

y para que mi alma no muera en pecado mortal.

Glorioso San Benito, en tus manos ponemos nuestras vidas,

y confiamos en tu poderosa intercesión para permanecer siempre libres

del poder de los espíritus malignos.

Todo esto te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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Exorcismo de la Medalla de San Benito

C. S. P. B.

Crux Sancti Patri Benedicti

Cruz del Santo Padre Benito

C. S. S. M. L.

Crux Sacra Sit Mihi Lux

Mi luz sea la Cruz Santa

N. D. S. M. D.

Non Draco Sit Mihi Dux

No sea el demonio mi guía

V. R. S.

Vade Retro Satana

¡Apártate, Satanás!

N. S. M. V.

Nunquam Suade Mihi Vana

Nunca me sugieras cosas vanas

S. M. Q. L.

Sunt Mala Quae Libas

Pues maldad es lo que brindas

I. V. B.

Ipse Venenum Bibas

Bébete tu propio veneno

 

 

El ejemplo de San Antonio Abad

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Republicado el 17 de enero de 2014, en su festividad

“Debemos utilizar todas nuestras fuerzas  en la búsqueda de Dios”. Esta es una de las recomendaciones de San Antonio Abad, y de la que dio ejemplo, buscando a Dios y siguiéndolo en la pobreza, la oración, el ayuno y en la soledad perfecta. Lo encontró y el Señor le bendijo con la fuerza de su Espíritu Santo, para seguir la obra que tenía destinada para él.

Aunque vivió entre los siglos III y IV, las palabras del abad San Antonio, o San Antón, también conocido en la tradición como San Antonio el Grande, son actuales y su mensaje totalmente comprensible y aplicable al día de hoy, como se puede comprobar en un extracto sacado de su discípulo San Atanasio, que en forma de discurso escribió:  “Antonio enseñaba que la meditación fortalece el alma contra las pasiones, el mal y contra la impureza. Si viviésemos como si hubiésemos de morir cada día, no fallaríamos nunca. Para luchar contra el mal son infalibles la fe, la oración, el ayuno de los ascetas, sus vigilias y oraciones, la paz interior, el desprecio de las riquezas y de las glorias vanas del mundo, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la suavidad de costumbres y, sobre todo, el ardiente amor a Cristo”.

Conocemos la vida del abad Antonio, al que la tradición llama el Grande, primordialmente a través de la biografía redactada por su discípulo y admirador, San Atanasio, a fines del siglo IV.

Antonio sufrió las tentaciones del mal, que combatió con ayuno y oración. Sólo comía una vez al día, y pasaba muchas horas de la noche rezando, y es así cuando siente la más profunda llamada a la soledad, pero ésta era imposible, ya que con él convivían otras personas; así que optó por trasladarse al desierto, donde encontró una cueva para residir en la más perfecta intimidad y soledad.

Más adelante y buscando siempre una mayor soledad llegó hasta cerca de la actual ciudad de Luxor (antigua Tebas) a instalarse en las ruinas de un  cementerio, lugar temido por los hombres, pero  él viviendo allí daba testimonio del triunfo de la resurrección sobre la muerte, haciendo ridículas las supersticiones. Su idea era vivir libre del mundo exterior, algo que resultaría del todo imposible debido a la fama que había adquirido. El Señor se valió de la búsqueda de la perfecta soledad de Antonio  para llamar a muchos seguidores que subían para pedirle consejo sobre sus dudas o problemas. Fue entonces cuando Antonio se dio cuenta de la imposibilidad de su objetivo y durante 20 años estuvo alimentado, alentando y aconsejando el alma de incontables personas.

Muchos de los hombres que le conocieron fueron después imitadores fervorosos que se le unieron porque querían vivir como él. Nacía así  la primera comunidad de personas que querían vivir las enseñanzas de San Antonio basadas en el Evangelio y mantenidas con la oración, ayuno y trabajo. Durante esta etapa se le atribuyen diversas curaciones y muchos otros milagros.

Tiempo después decidió trasladarse a otra parte para fundar otro monasterio. Invitó a un grupo de sus monjes a acompañarle y al grupo restante les encomendó la tarea de quedarse en Pispir para continuar la evangelización. Se trasladaron al monte Qolzoum, cerca del Mar Rojo. En ese lugar San Antonio decidió fundar el Monasterio de Deir-el-Arab, pues se encontraron con un pequeño oasis y tierra para labrar. Los monjes siguieron con su vida de ascetas al tiempo que orientaban y ayudaban a los peregrinos que se les acercaban y los alimentaban con los frutos de la tierra que ellos mismos trabajaban.

La fama de San Antonio Abad  llegó a todo el mundo Oriental. El santo, a pesar de vivir en Deir-el-Arab, se retiró en varias ocasiones al desierto durante días, para estar mas cerca de su compañera la soledad y en distintas ocasiones también visitó a la comunidad de Pispir para seguir enseñando de cerca a sus queridos hijos, los monjes.

Aparte de las permanentes discusiones arriano-católicas que señalaron su siglo, San Antonio, lleno del Espíritu Santo, fue sobre todo padre de sus monjes y consolador de los afligidos, por lo que se recogió una multitud de anécdotas más conocidas como “apotegmas del desierto”.

San Antonio Abad es poseedor de una espiritualidad intuitiva, incisiva o más bien genial, implacablemente fiel al contenido de la revelación evangélica. Aún se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en su “Vida”.

No sólo en España, sino también en América Latina, San Antonio adquirió una increíble fama. En Perú, en Panamá, en Guatemala, México, Santo Domingo y otros países latinos existen calles, hospitales, hoteles y localidades que honran a San Antonio Abad. En Egipto ha habido una nueva efervescencia monástica en torno a la figura de San Antonio Abad.

En Norcia, Italia, existe un monasterio de monjas benedictinas bajo su patrocinio y en Humacao, Puerto Rico, hay una comunidad benedictina también bajo su patrocinio. Tampoco hay que olvidar que la reforma del Carmelo de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz recurrió a los ermitaños y muy particularmente a la espiritualidad de San Antonio Abad para dicha reforma. A San Antonio se le atribuyen cartas y unos dichos, los cuales reflejan su paternidad (ser apa –en egipcio– o abad en latín) sobre los ermitaños.

La religiosa benedictina santa Hildegarda de Bingen, proclamada Doctora de la Iglesia

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue abadesa benedictina, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora alemana. Es conocida como la Sibila del Rin y como la Profetisa teutónica. Este pasado 7 de octubre de 2012 el papa Benedicto XVI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia junto al español san Juan de Ávila, durante la misa de apertura de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos.

Considerada por los especialistas actuales como una de las personalidades más fascinantes y multifacéticas del Occidente europeo, se la definió entre las mujeres más influyentes de la Baja Edad Media, entre las figuras más ilustres del monacato femenino y quizá la que mejor ejemplificó el ideal benedictino, dotada de una cultura fuera de lo común, comprometida también en la reforma de la Iglesia, y una de las escritoras de mayor producción de su tiempo.

Una mujer extraordinaria

La santa Hildegarda de Bingen, proclamada este pasado 7 de octubre Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, fue una monja benedictina alemana que a lo largo de sus 81 años de vida desplegó una intensa actividad como poeta, naturalista, fundadora de conventos, teóloga, predicadora, taumaturga y exorcista.

Su compatriota Benedicto XVI destacó que fue una importante figura femenina del siglo XII, que ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual.

“El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia”, afirmó.

Hildegarda nació en 1098 en la localidad alemana Bermersheim, en el seno de una familia perteneciente a la nobleza local, que consideró la joven debía ser dedicarse al servicio de Dios, como “diezmo”.

A lo largo de su vida, la benedictina Hildegarda desplegó, no obstante, una intensa actividad: fue compositora, poeta, naturalista, fundadora de conventos, teóloga, predicadora, taumaturga y exorcista; desveló los secretos de la Creación y la Redención y la mutua relación entre todas las obras creadas.

Ofreció también guías de conducta para alcanzar la vida eterna y se ocupó del funcionamiento del cuerpo humano, sus enfermedades y remedios.

En 1106, a los ocho años de edad, entró como alumna de la escuela del convento de frailes de Disibodenberg (Alemania).

Desde los seis años comenzó a tener visiones, consideradas por el arzobispo de Maguncia de “inspiración divina”, y, tras recibir la aprobación de San Bernardo de Claraval, decidió plasmarlas en 1141 en su obra “Scivias” (Conoce los caminos).

El libro, compuesto por 26 visiones descritas y explicadas minuciosamente, fue leído por el papa Eugenio III, instándole a continuar la obra y autorizando la publicación de las mismas.

Tras aumentar su fama con sus visiones, su comunidad aumentó, por lo que Hildegarda decidió fundar un convento en Rupersberg, que se convirtió en el primer monasterio de monjas autónomo, pues hasta entonces siempre habían dependido de otros varones.

Posteriormente, entre 1158 y 1163 escribió el “Libro de los Méritos de la Vida”, una guía sobre cómo adquirir merecimientos, a fin de evitar o reducir, por medio de la penitencia cualquier posible castigo futuro.

Al finalizar la obra, se embarcó en la redacción de “Libro de las Obras Divinas”, en la que la santa profundizó fundamentalmente sobre la armonía entre el ser humano y el resto de la creación.

Ambas obras, junto con la “Scivias” las obras teológicas más importantes de Hildegarda, fueron consideradas como las obras teológicas más importantes de la alemana.

La música y la medicina también representaron dos temas fundamentales a la largo de su obra, que adquieren su máxima representación en “Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas” y “Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas”, respectivamente.

Fue su experiencia directa del dolor y las enfermedades lo que impulsó a Hildegarda a preparar el libro de medicina práctica, de modo que también sus compañeras pudieran curar con hierbas a los enfermos que se presentaban en el convento.

Hildegarda trazó recetas magistrales a base de ajo, ajenjo, albahaca, caléndula, castaño, comino, hinojo, menta y decenas de otras hierbas menos conocidas, que fueron redescubiertas siglos más tarde por la naturista suiza Ellen Breindl.

“Quien tenga dolores en el brazo o el costado haga hervir el perejil en el vino, añada un poco de vinagre y suficiente miel, lo filtre por un paño y lo beba a menudo, y curará”, aconsejó.

Hildegarda de Bingen dejó escrito en su breviario “política de la salud” (llevando a la práctica sus recetas) el principio básico de la ecología: el hombre debe aprender cuanto antes la justa relación con su ambiente y percatarse de que si rechaza esta armonía pierde su propia energía y potencialidad.

Hildegarda murió el 17 de septiembre de 1179 y fue sepultada en la iglesia de su convento de Rupertsberg, de la que fue abadesa.

Para saber más:

http://es.wikipedia.org/wiki/Hildegarda_de_Bingen

http://www.hildegardiana.es/

 

Las tentaciones de San Antonio

san-anton-by-niklaus_manuel_deutschLas tentaciones de San Antonio, de Niklaus Manuel Deutsch

El abad San Antonio, el que había huido de los hombres, se encontraba la soledad poblada de demonios. El espíritu del mal, que había adivinado en aquel joven el padre de una raza heroica, se presenta delante de él con sus innumerables transformaciones y sus especies infinitas. Sus ejércitos invaden la arena del desierto que habrá de ser la vivienda de otros tantos y tan gloriosos eremitas o ermitaños, a los que se conoce como Padres del Desierto.  Antonio veía el mundo cubierto por las redes de sus acechanzas, y el enemigo se le presentaba como un monstruo disforme, cuya cabeza tocaba con las nubes y en cuyas garras quedaban prendidas muchas almas que intentaban volar hasta Dios.

«Terribles y pérfidos son nuestros adversarios—dirá más tarde a sus discípulos—. Sus multitudes llenan el espacio. Están siempre cerca de nosotros. Entre ellos existe una gran soledad. Dejando a los más sabios explicar su naturaleza, contentémonos con enterarnos de las astucias que usan en sus asaltos contra nosotros.»

Era un experimentado quien hablaba. Al principio de su vida eremítica tuvo que luchar con las más patéticas estratagemas del infierno. Coronados de rosas o de cuernos, enormes como torres o diminutos e impalpables como  duendes; bellos como dioses paganos majestuosos e hirsutos como profetas hebreos, transformados en larvas o cubiertos de pústulas repugnantes, con aposturas de efebos encantadores o con ademanes de ascetas encanecidos en la práctica de la virtud, los emisarios de Luzbel estaban siempre a su lado, tentadores y atormentadores. Tomaban la imagen de un niño desvalido, que, recostado a la puerta de su cabaña, lloraba sin cesar hasta que el Padre, lleno de compasión, se acercaba para socorrerlo; o bien, metamorfoseándose en algún religioso, se cruzaban en su camino pidiéndole sus bendiciones.

Otras  veces, viendo que estos ardides eran estériles, turbaban sus sueños, sugiriéndole visiones de grandeza y poderío. Pero como el santo demostraba el más absoluto desdén por los esplendores terrenales, Satanás ponía en juego todo el poderío de sus legiones malditas. Ni un paso podía dar el solitario sin ver surgir de la tierra piaras innumerables de puercos que gruñían espantosamente, manadas de chacales que estremecían con sus alaridos la soledad, millares de serpientes y de dragones que le rodeaban echando fuego por la boca. La choza se tambaleaba con la tempestad de rugidos, silbidos y estridores de aquellas fieras monstruosas.

Una vez, en medio de esta lucha, Antonio vio que sobre lo alto de la montaña se abría el cielo, dejando escapar una gran claridad, que ahuyentó a los espíritus de las tinieblas. «¿Dónde estabas, mi buen Jesús?—exclamó entonces el solitario—. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no acudiste antes a curar mis heridas?» Y de entre la nube luminosa salió una voz que le decía: «Contigo estaba, Antonio; asistía a tu generoso combate. No temas; estos monstruos no volverán a causarte el menor daño.»

sanantonio-daliLas tentaciones de San Antonio, de Salvador Dalí

Pero el demonio, que es muy sabio, cambió desde entonces de táctica; olvidando la violencia y el furor, echó mano de la malicia y la sutileza. Con una ligereza imperceptible trataba de insinuarse en todos los actos de su  enemigo: tomaba voz angélica para alabar su penitencia y cantar su perfección; cambiaba sus alimentos por otros más exquisitos; trastornaba el orden de las letras en las Sagradas Escrituras; cerraba los párpados del anacoreta cuando velaba y usaba toda suerte de mañas para distraerle en sus rezos.

Frutos de esta lucha encarnizada fueron una paciencia celestial, una dulzura seráfica, una calma infinita. Antonio había penetrado desde este mundo en la serenidad de los escogidos. Las gentes iban a verle, y, aunque ni por su traje ni por sus maneras tenía distintivo alguno, le reconocían apenas se encontraban frente a él. Un solitario acostumbraba a hacerle cada año una visita, pero sin decirle nunca una sola palabra. Como el santo le preguntase la causa de aquel silencio: «Padre mío—respondió él—, con veros me basta.»

Hasta su celda llegaban los sacerdotes de los ídolos, los obispos católicos, los doctores de la Iglesia y los sabios paganos. Una vez preguntó a dos de ellos, que habían venido atraídos por la curiosidad: «¿Por qué, oh filósofos, os habéis molestado por ver a un insensato?» «No te creemos tal—respondieron ellos—; al contrario, la sabiduría ha descendido sobre tu cabeza.» «Si creéis que soy sabio—replicó él—, debéis imitarme; pues no es de cuerdos huir de aquello que se aprecia.» A Dídimo, el famoso sabio cristiano, le preguntó si estaba triste por haber perdido la vista, y como él contestase afirmativamente, replicó Antonio: «Es extraño que un hombre tan sensato como vos eche de menos los ojos, que nos son comunes con las moscas, teniendo la luz más preciosa de los Apóstoles y los santos.»

El santo eremita solía decir: «Los más puros son los que con más frecuencia se ven acosados por las arteras mañas del demonio.» Y el demonio seguía presentándose delante de él, pero Antonio le trataba como a un vencido. En su visita a Pablo, el eremita centenario, que vivía al otro lado del Nilo, se le apareció metamorfoseado en toda suerte de animales fabulosos, centauros, dragones, hipogrifos y arpías.

Hasta los sátiros le pedían que rezara a Dios por ellos

«En un valle—dice San Jerónimo—vio un hombrecillo pequeño, que tenía las narices corvas y la frente áspera, con unos cornezuelos y pies de cabra en la última parte del cuerpo. Sin turbarse con este espectáculo, Antonio asió como buen soldado el escudo de la fe y la cota de la esperanza; pero el animal, manifestando sus intenciones pacíficas, le trajo unos dátiles para el camino; lo cual, visto por el santo, se detuvo y preguntó: «¿Quién eres?» «Yo soy mortal—respondió el trasgo—y uno de los habitadores del yermo, a quien la gentilidad reverencia con el nombre de sátiros, faunos e íncubos; y vengo a ti, por embajador de mi gente, a pedirte que ruegues por nosotros al Dios común de todos, el cual sabemos que vino por la salud del mundo.»

Oyendo estas cosas, el viejo caminante regaba su rostro con muchas lágrimas y holgábase mucho por la gloria de Cristo y caída de Satanás, e hiriendo con su báculo la tierra, decía: «¡Ay de ti, Alejandría,  que adoras a los monstruos en lugar de Dios! ¡Ay de ti, ciudad ramera, en quien han concurrido todos los vicios del mundo! ¿Qué podrás decir ahora, pues las bestias confiesan a Cristo, y tú te postras delante de los monstruos?» Y para que se crea su relato, añade San Jerónimo que en tiempo del emperador Constantino se trajo a Alejandría un hombre como éste, que fue la admiración de todo el pueblo; y después de muerto, salaron el cuerpo y lo llevaron a Antioquía para que el emperador lo viese.

Entretanto, Antonio se había convertido en padre de un pueblo nuevo. Eran los anacoretas, los sublimes habitantes de las montañas inhospitalarias y los arenales espantosos, representantes generosos de una humanidad superior, admirable hasta en sus mismos defectos, figuras de una fabulosa epopeya mística, cuyo primer canto es la vida de Antonio, el patriarca de todos  ellos.

San Antonio Abad, fundador del movimiento eremítico y modelo de cristianos

antonio_abad01San Antonio o Antón Abad (nacido en Heracleópolis Magna, Egipto, alrededor del año 251 d.C. y fallecido en Monte Colzim, Egipto, el año 356 d.C.)  fue un monje cristiano, fundador del movimiento eremítico.

El relato de su vida, transmitido principalmente por la obra de San Atanasio, presenta la figura de un hombre que crece en santidad y lo convierte en modelo de cristianos. Este relato tiene elementos históricos y otros de carácter legendario; se sabe que abandonó sus bienes para llevar una existencia de ermitaño y que atendía varias comunidades monacales en el país de Egipto, permaneciendo eremita, y se dice que alcanzó los 105 años de edad.

Este santo es venerado tanto por la Iglesia católica, como por la Iglesia ortodoxa, y asimismo por las Antiguas iglesias orientales. En Oriente y Occidente, su festividad se celebra el 17 de enero, mientras que la Iglesia copta lo celebra el 22 de Touba (30 de enero).

Antonio nació en el pueblo de Comas, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto. Se cuenta que alrededor de los veinte años de edad vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres y se retiró a vivir en una comunidad local haciendo vida ascética, durmiendo en un sepulcro vacío. Luego pasó muchos años ayudando a otros ermitaños a dirigir su vida espiritual en el desierto, y más tarde se fue internando mucho más en el desierto, para vivir en absoluta soledad.

De acuerdo a los relatos de san Atanasio y de san Jerónimo, popularizados en el libro de vidas de santos ‘La Leyenda Dorada’, que compiló el dominico genovés Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto. La tentación de san Antonio se volvió un tema favorito de la iconografía cristiana, representado por numerosos pintores de prestigio.

Su fama de hombre santo y austero atrajo a numerosos discípulos, a los que organizó en un grupo de ermitaños junto a Pispir y otro en Arsínoe. Por ello, se le considera el fundador de la tradición monacal cristiana. Sin embargo, y pese al atractivo que su carisma ejercía, nunca optó por la vida en comunidad y se retiró al monte Colzim, cerca del Mar Rojo como ermitaño. Abandonó su retiro en 311 para visitar Alejandría y predicar contra el arrianismo.

La palabra famosa del Evangelio que pobló el desierto de anacoretas fue también la que movió a San Antonio, el primero y más grande de ellos. «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, distribuye el dinero a los pobres, y sígueme.» Antonio tenía veinte años cuando este consejo, recogido un día al desgaire en la asamblea de los cristianos, empezó a escarbar en el fondo de su alma. Poco después vendía sus ciento cincuenta yugadas de tierra, dejaba su casa, salía de su ciudad de Comas, cerca de Heraclea, entre el bajo Egipto y la Tebaida, y desaparecía en la vasta soledad.

Refugióse primero en un desierto que se extiende cerca de Menfis, en la parte oriental del Nilo; vivió después algún tiempo en un sepulcro antiguo; pasó más tarde a un castillo arruinado, que fue su morada durante veinte años, y, finalmente, remontando el curso del Nilo, llegó hasta cerca de Tebas, caminó luego hacia el Oriente, y, después de recorrer unas treinta millas, vio una pequeña montaña que se alzaba a pocas leguas del Mar Rojo, y al pie de ella una fuente abundante, sombreada por frondosas palmeras. Allí construyó una choza de dos varas en cuadro, que fue su residencia definitiva.

Hasta nosotros ha llegado su fama de santo y paciente. Sus cóleras las guardaba Antonio para los herejes. A los cien años no dudaba en presentarse en Alejandría para amedrentarlos; mas pronto aparecía de nuevo en la montaña de Colzún cultivando su viña, regando sus coles, haciendo esteras, pasando la noche en oración y clamando cuando amanecía: «Oh sol, ¿por qué vienes a distraerme con tus rayos? ¿Por qué me robas la claridad de la verdadera luz?» Hasta que vio en lontananza brillar el sol que nunca se esconde.

Entonces llamó a sus discípulos, les dio las últimas recomendaciones, les mandó ocultar su cuerpo para que no le adorasen los egipcios, y, después de entregarles su cilicio en herencia, puso su espíritu en manos de sus compañeros, los ángeles, que le llevaron al cielo. Su túnica la heredó San Atanasio, patriarca de Alejandría, que fue su biógrafo y el primero de sus admiradores.