“Dios te libre del día de las alabanzas”

Las costumbres o tradiciones foráneas sobre los difuntos, muchas de ellas anglosajonas, como es ‘Halloween’ (véase el artículo que dedicamos a esta celebración) no tienen que hacernos olvidar nunca nuestro riquísimo bagaje cultural, nuestro amplio acervo de creencias y tradiciones. La llegada de las festividades de Todos los Santos y Fieles Difuntos es una buena ocasión para que hagamos un pequeño repaso a toda una serie de supersticiones y costumbres que son propias de nuestra cultura y que nada tienen que envidiar a ninguna otra. El imaginario popular español, en torno a la muerte y a sus muchos misterios, es de por sí lo suficientemente rico e interesante.

Comenzaremos recordando que en época griega y romana existía ya la superstición de hablar siempre bien de las personas que habían fallecido, tanto personalmente como mediante las plañideras, que lloraban y loaban las virtudes del difunto por encargo (En la imagen sobre estas líneas, grupo escultórico representando a ‘Las Plañideras’). En nuestro país existió durante muchos años esta costumbre que quedó plasmada en el famoso dicho: “Te vas a quedar como la judía de Zaragoza, que cegó llorando duelos ajenos”. La expresión se refiere a una famosa plañidera que hubo en dicha ciudad. Dicha costumbre -hablar bien y loar al muerto- procede del temor que se tenía no sólo a causar desasosiego a las almas de los difuntos, sino a ser molestados con su visita ‘non grata’ si se decía algo que pudiera molestarles. Por ello, trae mala suerte hablar mal de un difunto, y siempre que se les recuerde hay que destacar su lado positivo y obviar el negativo. Los discursos que loan las virtudes de un fallecido se llaman panegíricos. Por todo ello, se acuñó la frase popular: “Dios te libre del día de las alabanzas”. Porque si llega el día en que todos hablen bien de ti, significa que estarás muerto.

En España se cree que si se sueña con una persona fallecida y ésta nos llama, hay que responderle con energía que no vamos, en el transcurso de mismo sueño, porque de lo contrario, vendrá a buscarnos en el sueño siguiente. Si, mientras dormimos, un difunto nos tira del vestido, es presagio de que contraeremos una larga enfermedad. En el caso de que se sueñe que alguien ya muerto nos abraza, por el contrario, quiere decir que nosotros tendremos una larga vida.

“Caminaré sobre tu tumba”

Aunque parezca sorprendente, los cementerios, tumbas, sepulcros, etcétera, a pesar de su carácter tétrico, han estado en la cultura del pueblo como signos de buena suerte. Una de esas creencias eran los poderes mágicos y curativos que tenía la tierra de las tumbas de los santos o de aquellos que han muerto prematuramente, a los que se identifica con los ángeles. En la Edad Media está documentada la cita de Beda el Venerable en la que se nos dice que “muchas personas cogían tierra de la tumba de San Osvaldo, y, mezclándola con agua, la daban de beber a los enfermos y éstos se curaban”.

Padecimientos tales como los dolores de cuello, la tortícolis o los dolores cervicales, se curaban antiguamente con el rocío de la mañana que debe pasarse antes, de la cabeza a los pies, por el cuerpo de un joven fallecido antes del 1 de mayo. El rocío debía cogerse el mismo 1 de mayo antes de la salida del sol. Por otra parte, soñar con cementerios también nos traerá prosperidad en los negocios. Pero sobre esta cuestión también hay supersticiones negativas: en nuestro país, las personas supersticiosas nunca caminarán sobre una tumba. Se dice también que trae mala suerte una despedida entre amigos, familiares o amantes, que se haya producido entre tumbas o en un cementerio. También es mal presagio coger las flores que nacen en los cementerios y pisar las que están en el suelo de iglesias y catedrales.

Se creía que las mujeres embarazadas no debían caminar ente tumbas, ya que eso traería mala fortuna al futuro nacido. Otra creencia mantiene que pasar sin querer por encima de un lugar donde exista un enterramiento oculto produce sarpullidos y erupciones. Algunas de estas supersticiones están unidas a las creencias sobre las ánimas de los difuntos: al que pasa cerca de un cementerio le ocurrirá una desgracia; y si se llama de noche a la puerta de un camposanto, acuden todas las almas de los muertos allí enterrados para ver quién ha llamado.

En cuanto a la calavera, a pesar de su aspecto macabro, no nos resulta hoy tan terrorífica porque estamos acostumbrados a verla en las banderas de los barcos piratas, en las historias de los vikingos que bebían dentro de los cráneos de los enemigos muertos, en numerosas películas y en las representaciones del ‘Hamlet’ de Shakespeare, por citar unos pocos ejemplos. Pero en la España del Medioevo no sucedía así, y la calavera conservaba todo su terrorífico significado.

Se decía que, si se encontraba una calavera enterrada en una casa o en sus proximidades, había que dejarla en su sitio, porque si se desenterraba y se la cambiaba de lugar, la mala suerte perseguiría a los habitantes de la casa que se habían atrevido a profanarla. Existía la creencia, entre los labradores de las aldeas, de que encontrarse una calavera humana era anuncio de una muerte próxima en la familia o bien del animal que la había encontrado. Por el contrario, se considera un amuleto de buena suerte llevar una sortija con una calavera y soñar con ella presagia que hay que obrar con cautela.

Por otra parte, en Andalucía (Sur de España) existe la creencia de que cruzarse con un entierro es de mal agüero, mientras que soñar con uno es signo de buena fortuna. Ahora bien, si el entierro con que se sueña es el propio, ello es presagio de reveses económicos. En el Norte, y con origen en el folklore celta de Galicia -véase el artículo sobre ‘La Santa Compaña’- existe la superstición de que es muy peligroso encontrarse con el entierro de un amigo, porque el difunto nos llamará. Cruzarse con un ataúd vacío es peor aún, ya que la persona que se encuentra con él es la destinada a utilizarlo. El asunto no es tan grave si el ataúd está ya ‘ocupado’. Y terminaremos esta pequeña crónica con una curiosa y original costumbre, también nacida en tierras gallegas: si una persona tenía una enfermedad grave, la solución era recurrir al simulacro del entierro. Se supone que, al desenterrar después al enfermo, la persona resucitaba libre del mal que le había atacado en vida y que -ese sí – se había quedado enterrado para siempre.

Para saber más.- Web recomendada, con mucha información sobre estas temáticas:

Non Omnis moriar

La muerte y el mundo espiritual

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