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Un santuario entre la tierra y el cielo en Pachacámac

Fieles y monjes peregrinaron ayer hasta la cima del cerro Parco, en Pachacámac (Lima, Perú) para inaugurar la Cruz de San Benito, la más alta de la orden benedictina en el mundo.

Fuente: El Comercio

Tal vez uno de los más grandes desafíos para el hombre sea explicar su fe. Aquello le sucede a Norma Santolaya (45), quien desde hace un año ofrece sus oraciones a San Benito de Nursia en el Monasterio de la Encarnación, en Pachacámac. Allí donde los cerros se elevan al cielo.

El de ayer no fue un domingo cualquiera para esta mujer y las decenas de personas que participaron en la inauguración de la Cruz de San Benito, en la cima del cerro Parco —ubicado a espaldas del claustro—, y en la primera peregrinación en honor de ella. La cruz, que tiene 13 m de altura, es la más alta de la orden benedictina en el mundo, según los monjes del monasterio.

Hace un año se inició la construcción de esta cruz, pero los trabajos no han concluido. Esta venerada estructura de cemento tiene inscritas las letras iniciales de palabras en latín de una antigua oración de exorcismo, y necesita iluminación para ser observada desde el mar. “La cruz busca convertir este lugar en un santuario de peregrinación para todos los que necesiten un espacio de espiritualidad y un encuentro más personal con el Señor”, comenta Mario Sosa, monje de esta congregación, única en el Perú.

HIJOS DEL SANTO

Para el monacato occidental, uno de los santos más representativos es San Benito de Nursia, monje italiano del siglo VI conocido por redactar su regla que equilibra la oración, el trabajo y la lectura del Evangelio en la vida de los monjes.

La orden benedictina, integrada actualmente por 20 congregaciones masculinas en el mundo, llegó al Perú en 1981 y fue fundada en tierras piuranas. En el 2006 los monjes benedictinos se instalaron en el sector Tomina, en Pachacámac.

Para los religiosos, un monasterio tiene un solo fin: la búsqueda de Dios. “Nosotros hacemos tres votos: la estabilidad [vivir con los monjes y lejos de la familia], la obediencia y la conversión de vida”, enumera Mario, entregado a la vida religiosa desde hace 14 años.

El Monasterio de la Encarnación acoge a ocho monjes de claustro y a su director, el padre superior David Bird, monje inglés con 29 años en nuestro país y quien se encargó ayer, día de San Benito, de celebrar una misa y presidir el vía crucis, antes de la inauguración, rumbo a la cima del cerro.

RELIGIOSIDAD POPULAR

Las cruces forman parte de la tradición peruana. Para la teología, la cruz en general tiene un significado de recordación de la muerte de Cristo y su posterior resurrección. Pero si hablamos de la religiosidad popular, tenemos que añadirle un sentido particular que le otorga cada sociedad.

“Los antiguos peruanos creían en los espíritus que habitaban en los cerros, llamados apus, pero, con la introducción del catolicismo, estos fueron reemplazados por las cruces. En ambos casos, lo importante es lo que simbolizan para cada pueblo”, explica el sociólogo José Pérez Guadalupe.

La Cruz de San Benito más alta del mundo

La Cruz de San Benito más alta del mundo fue inaugurada este domingo 11 de julio (coincidiendo con su festividad en el santoral católico)  en el distrito de Pachacamac, en la zona sur de la ciudad de Lima (Perú) por los monjes benedictinos del Monasterio de la Encarnación, único recinto de esta orden en el país, según una noticia recogida de Aciprensa.

Según señalan los monjes benedictinos, la Cruz mide 13 metros de altura y puede verse desde cualquier punto del valle de Lurín, incluso desde el mar.

“La presencia de esta Cruz en el cerro de Tomina busca ser un signo de especial bendición para todos los peruanos, así como un santuario de peregrinación para todas aquellas personas que buscan lugares de espiritualidad y un encuentro más personal con el Señor”, agregan.

Como ya hemos publicado en distintos artículos de este blog, la Cruz de San Benito es famosa por sus siglas en latín, iniciales de una antigua oración de exorcismo y protección.

Una lectora afirma haberse sanado de una grave dolencia gracias a las oraciones del Templo de la Luz Interior

El pasado 23 de mayo y en el tema ‘Oración de sanación de cuerpo y alma’, video que tenemos publicado en la categoría ‘Oraciones poderosas de sanación y liberación’, recibimos este comentario de una asidua lectora, que reproducimos aquí con las mínimas correcciones ortográficas:

“Realmente esta oración es maravillosa. Se siente el amor de Dios en todo su esplendor. Cuando la escucho, se siente la presencia de Dios a nuestro lado, es una oración que ennoblece el alma. Tendría que ser escuchada en todo el mundo, para que nuestros hermanos puedan sentir que no están solos y se refugien en la Oración, la Fe, la Humildad, que son los pilares fuertes del Amor hacia Dios…

“Quiero expresar mi agradecimiento al Templo de la Luz. Yo padecía de una enfermedad a los huesos en todo mi cuerpo, con dolores muy fuertes, para los médicos algo incurable;  pero hoy puedo decir que a través de sus oraciones, prácticamente  estoy curada. Mi remedio principal es la fe y la oración y confianza en Dios, en Jesucristo y la Virgen María… Le agradezco al Templo de la Luz, que han sido mi principal guía, para tener esa confianza que a mí me faltaba… Muchas gracias, les quiero con el corazón, Ofelia Abad”.

El comentario anterior nos llenó, como es lógico, de una gran curiosidad, y quisimos saber algo más al respecto; por ello, nos dirigimos ese mismo día a la citada lectora, por correo privado, escribiéndole lo siguiente:

“Doña Ofelia: Como siempre, muchas gracias por sus acertados y valiosos comentarios. Viendo el último que hace usted en el tema de la Oración de sanación de cuerpo y alma, nos llama mucho la atención lo que usted dice de que, gracias a esa oración, ha mejorado mucho su salud. Queremos por favor pedirle que nos mande un mensaje (privado o público, usted decide) explicándonos con más detalle este hecho, que a nosotros en especial nos llena de alegría y nos hace darle las más fervientes gracias a Dios Nuestro Señor. Asimismo aprovechamos para pedirle que nos comente si la mejora ha sido con la oración en video, o si ha sido con las del ritual del agua y la medalla de san Benito, que le mandamos privadamente para usted y su hermana. Que Dios las bendiga y proteja, a ustedes y a toda su familia”.

Y también ese mismo día 23 de mayo, prácticamente ‘a vuelta de correo’, la señora Ofelia nos respondió de esta manera:

“Las gracias se las tengo que dar yo a ustedes, porque lo que he mencionado es una realidad. Gracias a ambas, la oración del video y el ritual del agua y la medalla de San Benito, es la real curación que he tenido. Sigo con mucha atención cada enseñanza de las que me envían ustedes. Son un ejemplo, son muy espirituales, con mucha dedicación.

“Mi enfermedad a los huesos era muy grave y hoy, les reitero, estoy sanada. Los médicos se asombran en verme tan bien, saben que es un milagro, me preguntaron en qué creía y yo sólo les dije que tenía una gran fe en Dios… Porque no sabía si los podía mencionar a ustedes, de lo contrario lo hubiera hecho con mucho gusto, porque ustedes me devolvieron la salud y la luz que me faltaba… Les pregunto: si las memorizo, ¿las puedo usar para ayudar a otras personas? Como ya saben, yo traigo un poder de sanación, he ayudado a otras personas y han sanado, pero ese don no es para ayudarme a mí misma, mi sanación es obra de ustedes. Les estoy muy agradecida y si desean hacerlo público, pueden hacerlo… Yo les pediría a mis hermanos, de los fieles seguidores del Templo, que cuando les surja algo similar a lo mío, que lo hagan público; es ser honesto y agradecido. Con mucho cariño les saluda Ofelia Abad”.

No disponemos de informes médicos que nos prueben fehacientemente  que la curación a la que se refiere nuestra lectora es un ‘milagro’, como ella afirma. Pero tampoco tenemos ningún motivo para dudar de su palabra, y menos aún cuando ella nos autoriza a hacer público su testimonio, con nombre y apellido. En todo caso, hemos querido destacar este caso y hacerlo llegar a todos los lectores y visitantes, como una prueba evidente del poder de la Oración y de que, cuando los seres humanos tenemos la Fe y la Confianza depositadas en Dios, cualquier cosa es posible y cualquier hecho o suceso maravilloso puede acontecer en nuestras vidas. Incluso, la curación de una enfermedad física grave y en apariencia incurable… gracias a Dios Nuestro Señor.

Biografía de San Benito Abad

En septiembre de 2008 ya publicamos un artículo titulado: Vida y milagros de San Benito“. Sin embargo, continuamente  los lectores y visitantes  siguen solicitándonos más información sobre este santo, patrono de los monjes y patriarca de los exorcistas, y sobre su milagrosa medalla. Por ello, con sumo gusto publicamos hoy un nuevo y completo resumen de su biografía, adaptada de ‘Vidas de los santos’, de Butler.

Si atendemos a la enorme influencia ejercida en Europa por los seguidores de San Benito, es desalentador comprobar que no tenemos biografías contemporáneas del padre del monasticismo occidental. Lo poco que conocemos acerca de sus primeros años, proviene de los “Diálogos” de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera.

Benito nació y creció en la noble familia Anicia, en el antiguo pueblo de Sabino en Nurcia, en la Umbría en el año 480. Esta región de Italia es quizás la que más santos ha dado a la Iglesia. Cuatro años antes de su nacimiento, el bárbaro rey de los Hérculos mató al último emperador romano, poniendo fin a siglos de dominio de Roma sobre todo el mundo civilizado. Ante aquella crisis, Dios tenía planes para que la fe cristiana y la cultura no se apagasen ante aquella crisis. San Benito sería el que comienza el monasticismo en occidente. Los monasterios se convertirán en centros de fe y cultura.

De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. El fue enviado a Roma para su “educación liberal”, acompañado de una “nodriza”, que había de ser, probablemente, su ama de casa. Tenía entonces entre 13 y 15 años, o quizá un poco más. Invadido por los paganos de las tribus arias, el mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban tanto entre cristianos como entre gentiles y se ha hecho notar que no existía un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje. En las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó. Existe una considerable diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad, pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años. Se dirigieron al poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma. No sabemos cuanto duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y accidentalmente roto.

Buscando la completa soledad

En busca de completa soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: “Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre”. El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel 9de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de ese momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.

Las tentaciones de la carne y del demonio

Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. “Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma”, y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.

Maquinaciones de otros monjes

En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a San Benito que tomara su lugar. Al principio rehusó, asegurando a la delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían –quizá él había oído hablar de ellos–. Sin embargo, los monjes le importunaron tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno. Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. “Dios os perdone, hermanos”, dijo el abad con tristeza. “¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros”. El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante estos años de vida oculta.

Los primeros monasterios

Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas. San Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él en la retirada cueva, de “reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor, a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios”. Por lo tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos, desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con especial cuidado. Hasta ahí, no tenía escrita una regla propia, pero según un antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida religiosa, “siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los actos de San Benito”. Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o nacionalidad. Después de un tiempo, los padres venían para confiarles a sus hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. San Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio y Equitius, quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica varias páginas a estos jóvenes novicios.

Nobles y plebeyos por igual

En contraste con estos aristocráticos jóvenes romanos, San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: “¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes”. No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es esta una colina solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo, una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en pantanosa y malsana. La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.

La Regla: vida de oración, trabajo y estudio

Es probable que Benito, de edad madura, en aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por su experiencia en Sabiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión general. Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente accesible desde Roma y Cápua. No solamente los laicos, sino también los dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros habíase extendido por todas partes. Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su “Regla”, de la que San Gregorio dice que da a entender “todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba”. Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí “la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey”, y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, (“lectura sacra”) y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote. Pensó en proporcionar “una escuela para el servicio del Señor”, proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino encadenó sus pies a la roca, San Benito le envió un mensaje que decía: “Si eres verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la cadena de Cristo”. La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes. “No tenéis bastante ahora”, dijo a sus monjes, notando su consternación, “pero mañana tendréis de sobra”. A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres. Un noble al que convirtió, lo encontró cierta vez llorando e inquirió la causa de su pena. El abad repuso: “este monasterio que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he logrado obtener misericordia para sus vidas”. La profecía se cumplió cuarenta años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los lombardos.

Vano intento de engañarle

Cuando el godo Totila avanzaba trinfante a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a San Benito, porque había oído hablar mucho de él. Por lo tanto, envió aviso de su llegada al abad, quien accedió a verlo. Para descubrir si en realidad el santo poseía los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo, capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantación no engañó a San Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: “Hijo mío, quítate las ropas que vistes; no son tuyas”. Su visitante se apresuró a partir para informar a su amo que había sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado. Pero Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo, en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían. Al punto, el rey imploró sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel. Esta entrevista tuvo lugar en 542 y San Benito difícilmente pudo vivir lo suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.

Anuncia su muerte

El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El 21 de marzo del año 543, durante las ceremonias del Jueves Santo, recibió la Eucaristía. Después, junto a sus monjes, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Sus últimas palabras fueron: “Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo”. Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.

Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: “Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad”. Era el momento preciso en el que moría el santo.

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Más datos en la Biblioteca del Templo de la Luz Interior:

Vida de San Benito Abad, por San Gregorio Magno

Ejemplos de protección de la Medalla de San Benito

Cruz (sello, la imagen del santo) y cara (crucifijo y letras) de la Medalla

- Madelagammol, joven de 18 a 20 años, estaba sorda desde hacía seis años; cada vez que comía otra cosa que no fuese arroz sus oídos le supuraban. Desde el primer día que salpicó el agua de la medalla en sus oídos, cesó la supuración en el oído derecho y comenzó a oír mejor de ese lado. Siguió aplicando el mismo remedio durante varios días y la supuración también cesó en el lado izquierdo; actualmente oye perfectamente con el oído derecho, pero el izquierdo sólo se curó a medias, queriendo Dios que de este modo guardara el recuerdo de su estado anterior.

- Las enfermedades de la vista, con el sol de la India, adquieren una intensidad que las vuelve temibles, sobre todo en los niños. Dos pequeñas paganas que sufrían esas enfermedades fueron curadas instantáneamente, al lavarles los ojos con agua de la medalla.

- Lo que hace especialmente querida la medalla de San Benito entre los hindúes, es el poderoso socorro que les presta contra uno de los mayores flagelos de la región, la picadura de insectos o serpientes. Mariannen, picado una tarde por un pouram, insecto muy venenoso, pasó toda la noche gimiendo de dolor; sentía el pecho oprimido y tenía la espalda hinchada. Pero se sintió perfectamente curado cuando las partes doloridas fueron friccionadas con agua de colonia pura, en la cual había sido sumergida la medalla.

- Noyegam había sido picado por una terrible serpiente, cuyo veneno, cuando no mata en pocas horas, deja la vida en peligro durante unos cuarenta días y además exige mucho más tiempo para una cura que no siempre es completa. Tres años después de haber sido mordido por esa cobra, Noyegam seguía teniendo una fiebre que nunca lo había abandonado del todo; la pierna todavía continuaba hinchada y casi sin sensibilidad, a tal punto que, cuando lo picó un escorpión, ni siquiera sintió el dolor; sufría continuos dolores de cabeza y de cuello; sus miembros, sin fuerza, no le permitían ningún esfuerzo duradero. Al cabo de tres años, se presentó en ese estado al misionero. Éste le dio a beber el agua de la medalla, recomendándole que la tomara y se friccionara las partes doloridas, lo que hizo el mismo día antes de acostarse. Esa noche la fiebre lo dejó, desapareció la hinchazón de la pierna, sintió el cuello y la cabeza aliviados, y todo el cuerpo retomó su estado normal. “Es notable, escribe el misionero, ningún veneno resiste al agua que entró en contacto con esta medalla, y cualquier veneno pierde efecto en los lugares tocados por esa agua”.

- La picadura de escorpión causa un dolor indescriptible; la calma y el sueño sólo vuelven al paciente muchas horas después, y a veces luego de toda una noche o más de sufrimientos. Como esa región hindú está plagada de escorpiones, los casos de picaduras no son raros. Se emplean diferentes remedios para contrarrestarlas, con mayor o menor eficacia. Pero el gran remedio hindú es una “bendición” supersticiosa para hacer desaparecer el veneno; y hasta los mismos cristianos no tenían gran escrúpulo en adoptar tal procedimiento. La medalla de San Benito llegó providencialmente para cortar esas supersticiones. El agua tocada por ella cura instantáneamente el miembro dolorido, expulsando infaliblemente el veneno en algunos minutos. Desde que la medalla se conoce en la región, se dieron muchos casos de dicha aplicación y nunca falló. Por eso los hindúes la apellidaron “tèlou souroùbam”, la medalla del escorpión.

Fuente: La columna del hermano José.

Más datos en:  Milagros de la Medalla de San Benito

El signo de la cruz, San Benito y los Padres del Desierto

Con la cruz, signo de salvación, San Benito se libró del veneno que unos malos monjes le ofrecieron: Cuando fue presentada al abad, al sentarse a la mesa, la vasija de cristal que contenía la bebida envenenada para que la bendijera, según costumbre en el monasterio, Benito, extendiendo la mano, hizo la señal de la cruz y con ella se quebró el vaso que estaba a cierta distancia; y de tal modo se rompió, que parecía que a aquel vaso de muerte, en lugar de la cruz, le hubiesen dado con una piedra. Comprendió en seguida el varón de Dios que debía contener una bebida de muerte lo que no había podido soportar la señal de la vida. El episodio, según el relato gregoriano, debió inspirar las palabras del exorcismo referidas a la bebida que ofrece el Maligno, así como la protección atribuida a la señal de la cruz.

Los ataques del demonio también se dieron contra el abad de Casino y sus monjes: el “antiguo enemigo”, muy contrariado por la conversión de los paganos de la región, atraídos por la predicación del Santo, se presentaba a sus ojos para amenazarlo y atemorizar a los suyos: Pero el antiguo enemigo, no sufriendo estas cosas en silencio, se aparecía no ocultamente o en sueños, sino en clara visión a los ojos del padre, y con grandes gritos se quejaba de la violencia que tenía que padecer por su causa, tanto que hasta los hermanos oían sus voces, aunque no veían su imagen. Sin embargo, el venerable abad contaba a sus discípulos que el antiguo enemigo aparecía a sus ojos corporales horrible y encendido y que parecía amenazarle con su boca y con sus ojos llameantes. Y a la verdad, lo que decía lo oían todos, porque primero le llamaba por su nombre; y como el varón de Dios no le respondiese, prorrumpía en seguida en ultrajes contra él. Así, cuando gritaba, diciendo: “Benito, Benito”, y veía que le daba la callada por respuesta, añadía al instante: “Maldito y no Bendito ¿qué tienes conmigo? ¿Porqué me persigues?”. Estos ataques directos, estos combates encarnizados con el demonio, son una constante en la vida de San Benito, que le proporcionó con ellos ocasiones de nuevas victorias, como dice San Gregorio poco después.

Ya en el comienzo de la permanencia en Subiaco, el demonio rompe la campanilla de que se servía el monje Román para avisar a nuestro Santo cuando debía retirar sus alimentos. Leemos también que el demonio, en forma de una ave negra, le provoca terribles tentaciones al mismo Benito, y a otro monje lo distrae de la plegaria, llevándolo a vagar. A un hermano lo lleva a mostrarse soberbio, ganado por los malos pensamientos que el demonio le sugiere; significativamente, Benito, advirtiendo su turbación, le manda: “Traza una cruz, hermano, sobre tu corazón”. Inspira al presbítero Florencio que, celoso, hostigue a Benito y sus discípulos, y siempre buscó dificultar la vida del monasterio, tanto en lo material, como en lo espiritual, suscitando inconvenientes de todo tipo, como la muerte de un adolescente.

Estos episodios, relatados por el Papa San Gregorio, muestran de qué manera San Benito combatía con el demonio, el cual lo atacaba constantemente, como adversario de toda obra buena. Un encuentro con el demonio ilustra lo dicho: Yendo un día el santo al oratorio de San Juan, sito en la misma cumbre del monte, salióle al encuentro el antiguo enemigo bajo la forma de un albéitar (o médico), llevando un vaso de cuerno con brebajes. Como Benito le preguntara adónde iba, él le contestó: “Me voy a darles una poción a los hermanos”. Fuese entonces el venerable padre a la oración, y concluida ésta, volvió inmediatamente. El maligno espíritu, por su parte, encontró a un monje anciano sacando agua, y al punto entró en él y lo arrojó en tierra, atormentándole furiosamente. Al volver de la oración el varón de Dios, viendo que era torturado con tal crueldad, dióle tan sólo una bofetada y al momento salió el maligno espíritu, de suerte que no osó volver más a él.

Su mejor defensa era, con la oración, la fidelidad al Señor y la confianza en El, la caridad, la constancia en el bien, la práctica de la justicia. Una vida santa, por una parte, provoca la enemistad del demonio, mas por la otra, es la mejor defensa contra él, pues donde está Dios por la gracia, no puede entrar a dominar el terrible enemigo.

Las tentaciones de San Antonio, pintura de El Bosco

Los monjes del desierto

No sorprende entonces que la devoción tradicional acudiera a la intercesión y al ejemplo del Santo Abad, para oponerse al demonio, con la señal de la cruz y las palabras de la oración. Pero es preciso considerar todo esto en su conjunto: los ataques diabólicos muestran la impotencia de su autor ante el desarrollo de la fe y su afianzamiento; intentan asustar a los fieles, los tientan y solicitan, para apartarlos del buen camino. La mejor defensa contra ellos es confiar en Dios y mantenerse firme en el propósito de la fe y del bien obrar, porque donde está la gracia y la santidad, el demonio nada puede. La vida monástica, vida consagrada a Dios en la oración, el retiro y el trabajo, es el campo de los más duros combates contra el mal. Ya en la Vida del primero de los monjes, San Antonio Abad, escrita por San Atanasio, obispo de Alejandría de Egipto, en el siglo IV, se describen los combates que sufrió el solitario, y que adquieren un valor de testimonio y de ejemplo: el monje se interna en el desierto, donde habitan los demonios, para desalojarlos de allí, y ganar esos espacios para Cristo.

El episodio narrado en el c. 30 del 2° libro de los Diálogos, que hemos transcrito más arriba, el diablo que se dirige con unas misteriosas bebidas al monasterio para tentar a los hermanos, tiene el precedente de un encuentro similar que le acaeció a abba Macario: vio a Satanás en figura humana, llevando unos pequeños envases con distintas pociones para ofrecérselas a los hermanos, que eran otras tantas tentaciones.

Recordemos aquí otro texto elocuente. En los Apotegmas o Dichos de los Padres del desierto se lee la siguiente anécdota: Un hermano fue a visitar a abba Poimén, pues deseaba confiarle sus pensamientos, pero no se animó a abrirle su corazón, a pesar de que lo intentó muchas veces. Advirtiólo el anciano, y le insistió que hablase, y el hermano le dijo que lo atormentaba una tentación muy fuerte de blasfemar. El anciano le respondió: “No te turbes por este pensamiento. Los combates carnales nos llegan muchas veces por culpa de nuestra negligencia, pero este pensamiento no procede de la negligencia, sino que es una sugerencia de la serpiente. Cuando llega el pensamiento, levántate, ora y haz la señal de la cruz, diciéndote a ti mismo como si te dirigieras al enemigo: “¡Sea el anatema para ti y tu tentación! Caiga tu blasfemia sobre ti, Satanás, pues yo creo firmemente que Dios es providente con todos: ¡Este pensamiento no viene de mí mismo, sino de tu mala voluntad!”. Las palabras empleadas nos recuerdan la oración que acompaña a la Cruz de San Benito, las cuales, con la señal de la cruz, se confirman como el arma más eficaz para mantener apartado al demonio y sus tentaciones.

Novena y letanías en honor a San Benito

NOVENA A SAN BENITO
Oración para todos los días
Te saludamos con filial afecto, glorioso Padre san Benito, obrador de maravillas, cooperador de Cristo en la obra de la salvación de las almas. ¡Oh Patriarca de los Monjes! Mira desde el cielo la viña que plantó tu mano. Multiplica el número de tus hijos y santifícalos. Protege de un modo especial a cuantos nos ponemos con filial amor bajo tu amparo y paternal protección. Ruega por los enfermos, por los tentados, por los afligidos, por los pobres y por nosotros que te somos devotos.

Alcánzanos a todos una muerte tranquila y santa como la tuya. Aparta de nosotros en aquella hora suprema las asechanzas del enemigo y aliéntanos con tu dulce presencia. Ahora, consíguenos la gracia especial que to pedimos en esta novena … (hacer la petición)

Día primero
Oración: Oh glorioso San Benito, que desde tu infancia reconociste la vanidad del mundo y únicamente deseaste los bienes eternos, alcánzanos un vivo deseo del Cielo y que recordemos frecuentemente nuestro último fin.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día segundo
Oración: Oh glorioso San Benito, humilde de corazón, que supiste desdeñar las alabanzas de los hombres, alcánzanos la humildad. Tú, que amaste a Dios sobre todas las cosas y le entregaste sin reserva tu corazón, consíguenos también el amor de Dios.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día tercero
Oración: Oh glorioso san Benito, que consagraste tus labios a la oración y cantaste noche y día las alabanzas divinas, alcánzanos el espíritu de oración. Tú, que, cual lirio entre espinas, guardaste una castidad angelical, por medio de la humildad, de la vigilancia continua, de la oración y de la mortificación de los sentidos, consíguenos el don de la pureza.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día cuarto
Oración: Oh glorioso San Benito, que venciste al demonio y triunfaste de sus embustes… alcánzanos la gracia de resistir a sus sugestiones y de huir de toda ocasión de pecado. Tú, que, enseñando una vida durísima y llena de trabajo, aborreciste la. ociosidad, inspíranos amor al trabajo.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día quinto
Oración: ¡Oh glorioso san Benito, que amaste el silencio y no abriste la boca jamás a palabras ligeras e indecorosas, a quejas y murmuraciones, alcánzanos la gracia de no decir jamás palabras indecorosas y de guardar nuestra lengua de todo pecado.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día sexto
Oración: Oh glorioso san Benito, que fuiste blanco de persecuciones y guardaste la paz de tu alma por medio de la dulzura y de la paciencia… alcánzanos el don de la paciencia. Tú que perdonaste a los que atentaron contra tu vida y te expulsaron de tu país, y que lloraste su ceguera y terrible fin: consíguenos la gracia de perdonar las ofensas.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día séptimo
Oración: Oh glorioso san Benito, que animado de un ardiente celo para asistir al prójimo en sus necesidades, instruiste a los ignorantes, socorriste a los pobres, curaste a los enfermos, libraste a los: cautivos, consolaste a los afligidos y convertiste a los pecadores… consíguenos la gracia de amar al prójimo y serle de alguna utilidad y provecho.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día octavo
Oración: Oh glorioso san Benito, que inundaste de consuelo el corazón de tu hermana santa Escolástica, llenándolo de amor de Dios y de las Bienaventuranzas del cielo… consíguenos la gracia de santificar nuestros más caros afectos.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Día noveno
Oración: Oh glorioso san Benito, cuya alma, en tu dichosa muerte, fue elevada al cielo en medio de ángeles y de santos, siendo consolados tus discípulos por la revelación de tu gloria: consíguenos la gracia de la perseverancia final y de una buena muerte.
San Benito, ruega por nosotros. Tres Avemarías y Oración final.

Oración final para todos los días
Oh glorioso san Benito, que desde el cielo te portas como tiernísimo padre para con todos tus devotos… tu gran poder cerca de Dios se reconoce, hoy más que nunca, gracias a la medalla que viene honrada con tu nombre, por la multitud de prodigios y favores que por su medio Dios nos ofrece: ruega por todos los que recurrimos a ti. Consíguenos del Señor todas las gracias que nos son necesarias durante esta vida y especialmente la. gracia por la cual te hacemos esta Novena … San Benito, ruega por nosotros (Tres veces).
Padre Nuestro, Ave María y Gloria. (Una vez).

LETANÍAS DE SAN BENITO

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo Dios, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
Santa María, reina de los monjes, ruega por nosotros.
San Benito, ruega por nosotros.
San Benito, hombre de Dios, ruega por nosotros.
San Benito, servidor de Jesucristo, ruega por nosotros.
San Benito, lleno del Espíritu de todos los justos, ruega por nosotros.
San Benito, sabio legislador, ruega por nosotros.
San Benito, patriarca de los monjes de Occidente, ruega por nosotros.
San Benito, patrono de Europa, ruega por nosotros.
San Benito, maestro de vida espiritual, ruega por nosotros.
San Benito, invencible en la fe, ruega por nosotros.
San Benito, inquebrantable en la esperanza, ruega por nosotros.
San Benito, lleno del amor de Dios y de los hombres, ruega por nosotros.
San Benito, modelo, de pureza, ruega por nosotros.
San Benito, modelo de humildad, ruega por nosotros.
San Benito, modelo de caridad, ruega por nosotros.
San Benito, terror de los demonios, ruega por nosotros.
San Benito, protector de los cristianos, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del inundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado, del mundo, ten piedad de nosotros.

Ruega por nosotros, San Benito. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Oración
Suscita, Señor, en nosotros el espíritu con que te sirvió san Benito, abad, para que animados de ese mismo espíritu, tratemos de amar lo que él amó y de practicar lo que él enseñó. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

El ermitaño y sus animales

Cuentan de un anacoreta que se había aislado de la vida mundana para vivir en contacto con la naturaleza. En los alrededores se le consideraba santo y mucha gente le visitaba para recibir sus sabios consejos. Gracias a ellos, muchos problemas eran resueltos de la mejor manera.

Pero el ermitaño siempre se quejaba argumentando que le faltaba tiempo para cuidar a sus animales; que debía ser muy precavido con ellos porque de lo contrario podría verse en serias dificultades, y aún en las horas de dormir, estaba alerta para no dejar salir de su encierro a esas bestias.

A quienes eran los más asiduos a visitarle, les llamó la atención el no haber visto nunca en la cueva del asceta animal alguno. Incluso, llegaron a creer que los tendría en un lugar oculto, o bien era tanta su soledad que la mente del venerable ya comenzaba a delirar.

Un día en el que no había visitantes, los amigos del sabio le preguntaron: “Maestro, nos llama la atención lo que hablas sobre el cuidado de tus animales y la verdad, nunca los hemos visto. ¿Podremos conocerlos algún día?”

El viejo, con infinito amor miró a los muchachos y les respondió: “Hijos míos, no crean ustedes que la soledad comienza a mermar mis capacidades mentales. No estoy inventando nada. Sucede que abandoné la civilización porque allá es más difícil convivir con Dios y ahora, en este retiro, he descubierto que tengo en mi interior infinidad de defectos a los que he denominado animales”.

“Tengo dos halcones que se lanzan sobre todo lo que ven, ya sea malo o bueno” -dijo el viejo-. “Debo enseñarles a que sólo seleccionen las presas buenas. Es fácil que se confundan y si dejo que hagan lo más fácil, se extraviarán inevitablemente. Esos halcones son mis ojos, los cuales deben ver únicamente el lado positivo de las cosas”.

“Poseo dos águilas que tienen unas garras poderosas y es tal la fuerza que imprimen al cerrarse, que si se lo permito, causarán mucho daño a sus víctimas” -dijo el anacoreta-. “Se trata de mis manos, herramientas que Dios me concedió para ponerlas al servicio de mis semejantes. Con ellas no debo herir a nadie, porque todos son mis hermanos”.

“También lidio con dos conejos -añadió el santo- inquietos, que quieren ir donde les plazca evitando enfrentar las situaciones difíciles. Se trata de mis pies. Debo dirigirlos hacia esos lugares donde me necesitan los que sufren. Fácil sería para mí evadir mi responsabilidad. Pero mis pies los dirijo hacia el lugar donde están los necesitados”.

“El animal más fiero y con el que tengo una lucha a muerte es una serpiente” -continúo el asceta-. “Es inmensa y posee un veneno letal que puede destruir pueblos en un abrir y cerrar de ojos. Se trata de mi lengua, músculo que me dio Dios para hablar cosas buenas, llevar alivio a los que sufren, dar buenos consejos y saborear mis alimentos. Pero no debo utilizarla para destruir, criticar o burlarme de las acciones de los demás. Todos los días, la mantengo encerrada en su jaula de 32 dientes para que no pueda escupir su veneno y cause calamidades”.

“Lo mismo sucede con un burro, terco y obstinado, que diariamente quiere sacudirse su carga y no quiere andar” -siguió el sabio-. “Se trata de mi cuerpo, inventando 50 mil excusas para no ir a cumplir con la misión que me he echado a cuestas. Inventa cansancio, pone de pretexto el clima, que llueve, hace frío o calor o bien, que no son horas de viajar o recibir gente. Con voluntad lo he estado venciendo”.

“Finalmente, tengo un león el cual cree ser el rey de todo” -prosiguió el anacoreta-. “Se trata de mi corazón. No debo vanagloriarme con las cosas que hago y que suceden a mí alrededor, porque quien permite que sucedan es Dios. Yo sólo soy su más humilde sirviente y por nada del mundo debo dejar que me domine el tonto orgullo”.

Para cuando el viejo había terminado su relato, ya se había juntado un buen número de personas que seguían con interés su enseñanza y cabizbajos, aceptaban las verdades que el santo les había dicho en esa charla. Comprendieron y aceptaron que esos animales que se llevan dentro de cada uno, son la causa de la infelicidad, guerras, miserias y destrucción que asola a la humanidad.

Cada quien se retiró a sus lugares de residencia saboreando cada palabra de esa sabia enseñanza dada por un viejo que vivía en una cueva y su única compañía era la naturaleza. Nadie debe sentirse solo en ninguna circunstancia de la vida, porque quien lleve siempre en su corazón a Dios, jamás se sentirá abandonado y las cosas se solucionarán siempre de la mejor manera.

Enseñanzas de San Antonio Abad (1)

antonio_abad02San Antonio Abad, el patriarca de los eremitas del desierto, decía con frecuencia que ” las energías del alma aumentan cuanto más débiles son los deseos del cuerpo” y citaba este párrafo bíblico: “Cuando más débil soy, más fuerte me siento (2 Co 12:10).

En un momento de terrible acoso por parte de los demonios, cuenta su biógrafo, “Antonio, remecido y punzado por ellos, sentía aumentar el dolor en su cuerpo; sin embargo yacía sin miedo y con su espíritu vigilante. Gemía es verdad, por el dolor que atormentabasu cuerpo, pero su mente era dueña de la situación, y, como para burlarse de ellos, decía: “Si tuvieran poder sobre mí, hubiera bastado que viniera uno solo de ustedes; pero el Señor les quitó su fuerza, y por eso están tratando de hacerme perder el juicio con su número; es señal de su debilidad que tengan que imitar a las bestias.” De nuevo tuvo la valentía de decirles: “Si es que pueden, si es que han recibido el poder sobre mí, no se demoren, ¡vengan al ataque! Y si nada pueden, ¿para qué forzarse tanto sin ningún fin? Porque la fe en nuestro Señor es sello para nosotros y muro de salvación.” Así, después de haber intentado muchas argucias, rechinaron su dientes contra él, porque eran ellos los que se estaban volviendo locos y no él”.

En otra ocasión, dijo Antonio a quienes le escuchaban: “Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos.”

Sus amigos iban a verle una y otra vez esperando encontrarlo muerto en cualquier momento. Pero con frecuencia lo escuchaban cantar: “Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite las cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios” (Sal 67:2). Y también: “Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé” (Sal 117:10).

Esto dijo el abad Antonio en una ocasión: “Toda la vida del hombre es muy breve comparada con el tiempo que ha de venir, de modo que todo nuestro tiempo es nada comparada con la vida eterna. En el mundo, todo se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse con muy poco. La Escritura dice: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil” (Sal 89:10). Si, pues, todos vivimos ochenta años o incluso cien, en la práctica de la vida ascética, no vamos a reinar el mismo período de cien años, sino que en vez de los cien reinaremos para siempre. Y aunque nuestro esfuerzo es en la tierra, no recibiremos nuestra herencia en la tierra sino lo que se nos ha prometido en el cielo. Más, aún, vamos a abandonar nuestro cuerpo corruptible y a recibirlo incorruptible (1 Co 15:42).

Y otra vez, habló a quienes se reunían ante su cueva: “Tenemos enemigos poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos ‘es nuestra lucha’, como dice el apóstol, ‘no contra gente de carne y hueso, sino contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando, autoridad y dominio en este mundo oscuro’ (Ef 6:12). Grande es su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer sólo sus villanías contra nosotros”.

(Tomado de la ‘Vida de San Antonio Abad’, de San Atanasio de Alejandría)

San Antonio Abad y su encuentro con un fauno

sanantonioysanpablo-velazquezSan Antonio Abad y San Pablo el primer ermitaño, de Velázquez

Testimonios sobre seres extraños han existido desde siempre, y del encuentro de éstos con los humanos, hay también numerosas pruebas escritas desde la más remota antigüedad. Aunque ya hemos tratado este mismo tema que hoy nos ocupa en otro artículo de esta misma categoría titulado ‘Las tentaciones de San Antonio’, queremos aquí volver sobre el mismo, con más detalle, puesto que se trata de uno de estos encuentros de un mortal con un ser extraordinario más fascinantes de los que tenemos noticia.

Recordemos que el episodio corresponde a la vida del abad  San Antonio, el asceta egipcio, fundador del espíritu monástico, que floreció en el siglo III. Cuando se hallaba haciendo penitencia en el desierto, san Antonio se encontró con un extraño ser de pequeña estatura, que huyó después de sostener una breve conversación con él. Reproducimos textualmente la historia de la obra de San Jerónimo “Vida de Pablo el primer ermitaño”:

“Al poco tiempo, en un pequeño valle rocoso cerrado por todos lados, vio a un enano de hocico en forma de bocina, cuernos en la frente y miembros como patas de cabra. Al verlo, Antonio, a fuer de buen soldado, embrazó la rodela de la fe y se tocó con el yelmo de la esperanza: sin embargo, la criatura le ofreció el fruto de la palmera para mantenerlo en su viaje y como si viniera en son de paz. Al ver esto, Antonio se detuvo y le preguntó quién era.

sanantonioyfauno01San Antonio y el fauno, detalle del cuadro de Velázquez

“He aquí la respuesta que recibió: «Soy un ser mortal y uno de los habitantes del desierto al que los gentiles rindieron culto bajo varias formas engañosas, con los nombres de faunos, sátiros e íncubos. He sido enviado como representante de mi tribu. Venimos a suplicarte que pidas a tu Señor que nos dispense sus favores, pues también es nuestro Señor que, según hemos sabido, vino una vez para salvar al mundo, y cuya voz resuena en toda la Tierra.»

“Al oír estas palabras, las lágrimas bañaron las mejillas del anciano viajero, que mostró así cuan profundamente conmovido se hallaba, hasta el punto de derramar lágrimas de alegría. Se regocijó por la Gloria de Cristo y la destrucción de Satanás, maravillándose al propio tiempo de que pudiese entender el lenguaje del sátiro. Golpeando el suelo con su bastón, exclamó entonces: «¡Ay de ti, Alejandría, que en vez de Dios has adorado a monstruos! ¡Ay de ti, ciudad ramera, en la que han confluido los demonios del mundo entero! ¿Qué dirás ahora? Las bestias hablan de Cristo, pero tú, en vez de adorar a Dios, idolatras a monstruos.»

“Apenas había terminado de hablar cuando la salvaje criatura huyó cual si se hallase dotada de alas.

“Que nadie sienta escrúpulos en creer este incidente; su veracidad se halla refrendada por lo que ocurrió cuando Constantino ocupaba el trono, hecho del que todo el mundo fue testigo. Pues tenéis que saber que un hombre de esa especie fue llevado vivo a Alejandría, para ser exhibido ante los maravillados ojos del pueblo. Cuando murió, se embalsamó su cuerpo con sal, para evitar que el calor del verano lo descompusiese, y así fue presentado a Antíoco, para que el emperador pudiese verlo”.

sanantonioyfauno2

Fauno o sátiro, escultura antigua de autor desconocido

En este relato nos enfrentamos con un texto cuya veracidad no vale la pena poner en duda: las vidas de los santos primitivos abundan en pasmosos milagros que, según algunos, deberían considerarse más bien como figuras literarias que como observaciones científicas. Pero para nosotros, lo que en realidad importa y tiene validez es que numerosos textos religiosos fundamentales contienen material de este tipo; lo cual da, por así decir, títulos de nobleza a toda una categoría de seres comúnmente considerados como de origen sobrenatural. Observaciones como la de san Antonio resultan fundamentales cuando las autoridades religiosas se enfrentan con el problema de evaluar observaciones medievales de seres bajados del cielo, las afirmaciones de los que pretenden haber invocado a los demonios por medios ocultos, e incluso los milagros modernos.

Y en realidad, es un tema secundario si en éste o en otros relatos similares hay una cierta confusión en cuanto a la terminología empleada. En el relato aquí reproducido,  el extraño ser recibe indistintamente el nombre de sátiro y el de enano, el de fauno y asimismo el de íncubo. San Jerónimo menciona a un «hombre de esta especie».  En dicho relato, sin embargo, por lo menos está claro para san Antonio que no se trata de un ángel ni de un demonio. Si el pequeño ser lo hubiese sido, él lo hubiera reconocido inmediatamente.

San Antonio y San Pablo, de Diego Velázquez

La importancia del cuadro que ilustra este artículo merece que le dediquemos unos pocos párrafos. Se titula “San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño” y fue pintado por Diego Velázquez en 1634.  El genial pintor quiso en esa obra representar el episodio que el beato Santiago de la Vorágine relata en su obra ‘Leyenda dorada’, sobre la visita que San Antonio Abad realizó a San Pablo ermitaño.

La leyenda relata como San Antonio, retirado como eremita en el desierto, tuvo en sueños la revelación de que otra persona le había precedido en su idea, por lo que decidió ir a buscarlo. En su búsqueda es guiado por un centauro y un fauno, figura esta última que aparece representada a la izquierda de la obra y en segundo término (y cuyo detalle reproducimos también, ampliado). Tras localizar la cueva en la que se cobija San Pablo, el cuadro representa ese momento en un gran peñasco que ocupa la zona derecha y en la que se distingue a San Antonio llamando a la puerta; es recibido por el eremita y, a la hora del almuerzo, el cuervo que diariamente aprovisionaba a San Pablo con una hogaza de pan aparece llevando en su pico doble ración de alimento. Tras la comida, San Antonio emprende el viaje de vuelta y observa que unos ángeles transportan el alma de San Pablo, por lo que dirigiéndose de nuevo a la cueva, encuentra al ermitaño muerto, semisentado y en posición orante, siendo ésta la escena central del cuadro. Incapaz  San Antonio de excavar una sepultura, unos leones se encargan de ello, representando el pintor esta escena en la zona izquierda de la obra. Obra que no representa un momento en concreto de dicha leyenda, sino que la recoge prácticamente en su totalidad.