El Papa invita a los católicos a aprender de San Benito “a poner a Dios siempre en primer lugar”

San Benito de Nursia, retratado por el pintor italiano Fra Angelico

En el Ángelus de ayer, el Papa Benedicto XVI destacó la figura de san Benito, cuya fiesta se celebra este lunes 11 de julio, invitando a aprender de este Patrono de Europa y fundador del monacato occidental «a poner a Dios siempre en primer lugar».

En su alocución, señaló, lo miramos, “como un maestro de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. Siempre tenemos que aprender del gran patriarca del monaquismo occidental dar a Dios el lugar que le corresponde: el primer lugar. Ofreciéndole a Él, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades diarias. La Virgen María nos ayude a ser, siguiendo este modelo, “tierra buena”, donde la semilla de la Palabra, da mucho fruto”. La fiesta de San Benito de Nursia se celebra el 11 de julio. Pablo VI le proclamó Patrón de Europa en 1964 con la carta apostólica “Pacis nuntius”. En ella el Pontífice subraya el impulso que san Benito dio al consorcio de los pueblos europeos, a la ordenación de la Europa cristiana y a su unidad espiritual.

En efecto, el año 480 nace Benito de Nursia, el padre del monacato occidental, que marcará el camino para la evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa. De hecho los monasterios benedictinos configuraron la unidad del continente, desde las costas mediterráneas a la península escandinava, desde Irlanda hasta Polonia. Pablo VI decía que los hijos de San Benito “llevaron con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”. En la Edad Media la fe y la razón no se separaron, la oración y el trabajo encontraron su perfecta armonía. El lema de la orden benedictina “Ora et labora” (Reza y trabaja)  señala que el amor a Dios no puede separarse del amor a los hombres, porque una fe que se encerrara en sí misma no sería comprensible desde el punto de vista cristiano.

«La tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza. San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad».

«Tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios», reiteró Benedicto XVI, poniendo de relieve el lema ‘Ora et labora’. Es decir, la oración como cimiento de toda actividad: «Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas. Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla… subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prol. 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos».

Los benedictinos eran hombres de oración, pero también de libro y arado, y fundamental en este esquema fue la distribución del tiempo. De hecho San Benito enseñó a los monjes a construir relojes para contar las horas, ya que la regla del santo concretaba una serie de horas con las obligaciones, comidas, oraciones y ceremonias a efectuar en cada una de ellas. Una curiosidad es que la hora sexta, dedicada en la regla benedictina al descanso, ha inmortalizado la siesta, trascendiendo al mundo asceta y monacal (Ver el artículo que a este respecto publicamos en nuestro blog filial A la Luz de la Verdad).

Antes que Patrono, san Benito había sido declarado por Pío XII padre de Europa, en reconocimiento a la decisiva contribución de su institución monástica a la creación del espacio espiritual y cultural europeo. En realidad, los monjes benedictinos fueron los primeros que tuvieron conciencia de la nueva realidad postromana, los que sirvieron de puente entre el mundo antiguo y el medioevo, cuando rescataron, cultivaron y transmitieron casi todo el patrimonio grecorromano, sobre todo el pensamiento y el Derecho, dándole además su última y más completa dimensión al injertarlo, como ya habían hecho Pablo y los Padres de la Iglesia, en la matriz evangélica, teológica y espiritual del cristianismo.

 

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