Meditación en “la noche oscura”

noche oscura
Dice San Juan de la Cruz en su bella obra “La Noche Oscura del Alma”:  “La noche oscura es el emerger de Dios dentro del alma, la cual es depurada en su ignorancia e imperfecciones: habituales, naturales y espirituales; siendo llamada por contemplaciones saturadas de contemplaciones o de teología mística. Así  Dios, secretamente enseña al alma y la instruye en su perfección de amor, sin hacer nada o sin entender la naturaleza de las contemplaciones.”

San Juan quiere darnos a entender una hermosa enseñanza que no es entendida por el intelecto y que es obtenida por la conciencia de Dios a través de la meditación:  es lo que los católicos denominan contemplación.

Muchos asumen que la “noche oscura del alma”, referida a San Juan y a otros místicos católicos, es un tiempo en el cual se está abandonado de Dios, un tiempo donde no se encuentra consolación en la oración ni en los rituales católicos llamados sacramentos. Realmente éste es un aspecto de la experiencia, pero la gran verdad que describen  San Juan y su contemporánea Teresa de Ávila (o Teresa de Jesús), es que “la noche oscura del alma” es el tiempo de la oración de quietud, o meditación.

No existe una enseñanza formal de la meditación en las tradiciones católicas. Muchos, pero no todos,  llegaron  a la meditación a través de sus prácticas espirituales o por medio de contactos con maestros fuera de la iglesia. San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila desarrollaron la práctica de la meditación  cuando sus rituales formales no produjeron mayores frutos. Mas como ellos eran de un nivel espiritual alto,  se conservaron con fe y quietud, lo que permitió que Dios en el silencio realizara su transformación. Aquellos que están llenos de miedo no podrán obtener progreso espiritual; el alma que permanece en quietud y paz, aun así podría desperdiciar su tiempo, pero  lo que debe de hacer es permitir  que vague libre más allá del conocimiento y del pensamiento, aunque con suficiente paz y amor hacia Dios.

Notablemente, las experiencias de los místicos católicos son paralelas a las experiencias de los yoguis hindúes o de los budistas, con respecto a la percepción del sonido divino, luz, vibración y por último llegar a alcanzar el estado de ausencia de respiración. Los siguientes son extractos de la guía para la vida mística, llamada “Castillo Interior”, obra escrita por Santa Teresa:

“Mi cabeza sonaba como si estuviera llena de ríos corriendo, y si como toda el agua de los ríos cayera súbitamente, como si una gran cantidad de pájaros silbaran, no en los oídos, sino en la parte alta de la cabeza, donde se dice que se ubica el alma; tuve tal sensación por un periodo largo, en tanto el espíritu pareciera que se moviera hacia arriba con gran velocidad”. “Regresando a lo que había dicho…, cuando el alma se une, se pierde el poder de la respiración, manteniéndose activos, por un periodo corto de tiempo, se pierde la capacidad de hablar, cayendo en un profundo suspenso, hasta morir  una vez más, dándole vigorosa vida al alma”.

La noche oscura es  el tiempo donde el alma es liberada sin fin, sin deseos, aún de aquellos considerados buenos. En particular, la noche oscura llega para aquellos que han experimentado el  goce perfecto y el éxtasis. “Yo estoy quietamente extasiada, cuando observo que al llegar a este estado, el alma no tiene más éxtasis”, dice Santa Teresa, “Si viera una imagen devocional o escuchara un sermón, sería al menos como si no oyera nada o si al mismo tiempo escuchara música”.

¿Por qué se trascienden los buenos deseos y la prácticas devocionales? . Las oraciones son buenas, pero son todavía un proceso intelectual.  Las inspiraciones son sentimientos de éxtasis, pero todavía se perciben a través de los sentidos. El deseo de ser uno con Dios es una gran aspiración, pero sigue siendo un deseo. San Juan dice:  “El placer de los sentidos y de los deseos , aunque por cosas espirituales, obscurece y obstruye el espíritu”. Las buenas realizaciones vienen para aquel que realiza el último acto de humildad: abandonando todos los actos, intelectuales, del ego, de las emociones y de los deseos, incluso el deseo de la realización de Dios; a los pies del Señor en meditación. Todo debe de ser limpiado antes de estar en la presencia de Dios y conocer su pureza.

Los místicos católicos aprenden en el silencio  que este cuerpo nuestro es el contenedor de la presencia de Dios miestras vivamos. Antes de que seamos hacedores de Dios, debemos entender el proceso por el cual somos libres, pensando que somos hacedores, libres de nuestra baja o sensual naturaleza, y purgados de nuestro intelectual concepto de Dios.

A través de  la práctica de la meditación dejamos de  lado nuestro concepto infantil de Dios, como figura paternal que reside en algún lugar de los cielos, gratificando nuestros deseos y llamándonos la atención por nuestros errores. Cuando llegamos a nuestra madurez espiritual, conocemos por nosotros mismos lo que es la presencia de Dios. No hay más dualidad o separación. Santa Teresa dice de ésta unión:  “El alma permanece todo el tiempo en aquel centro con Dios… como la lluvia cayendo desde el cielo dentro de un río, donde solamente hay agua”.

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