Fotografió un fantasma en un parque conocido por los reiterados suicidios que allí tienen lugar

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Un senderista que recorría un parque nacional en la localidad australiana de Goomburra, lugar donde se registraron una gran cantidad de suicidios, se dio cuenta que en una de las tantas fotos que había tomado aparecía una extraña figura entre los arbustos, que parecería ser el fantasma de un hombre calvo.
Brokc David, que dedica gran parte de su tiempo al senderismo, recorría un parque nacional en Goomburra, en Toowomba, Australia, cuando se detuvo a fotografiar un lugar al que se conoce por la gran cantidad de suicidios que ocurrieron allí. Al momento de mirar las fotos, notó la presencia de un extraño ser entre los arbustos.
La imagen fue publicada en la página de Facebook “Toowomba Ghost Chasers” -“Cazadores de fantasmas de Toowomba”- el pasado jueves por la noche. Allí se puede ver entre las ramas a un hombre calvo con una barba de pocos días vestido con un suéter rojo. “Sentí que me estaban observando”, dijo Brokc, autor de la foto.
El grupo de cazadores de fantasmas explicó que los senderistas que frecuentan la zona raramente ven a alguien vestido de rojo en medio de los arbustos.
Varios internautas que se dedicaron a analizar la foto aseguran que es auténtica y que incluso hay otros espíritus en la misma imagen. “No lo puedo creer, en la foto hay otros tres espíritus sentados en las ramas, una nena y un nene”, dijo uno de ellos, que además se encargó de marcar los lugares.
Cabe destacar que la localidad de Toowomba es la ciudad australiana que más avistamientos de fantasmas registró en el mundo. Es por eso que cazadores de todo el planeta se acercan a esas tierras en un intento por captar todo tipo de actividades paranormales.
Fuente: tiemposur.com.ar

Una joven hondureña embarazada se despierta en el ataúd tras ser enterrada viva

En el municipio hondureño de La Entrada, Copán, una joven que estaba enterrada supuestamente resucitó, aunque luego murió, informa ‘El Heraldo’. La mujer, identificada como Neysi Pérez, de 16 años, que llevaba dos meses de embarazo, estaba enterrada en un mausoleo del Cementerio General de la localidad. Un día después del entierro, un guardia oyó ruidos en la cripta y avisó a las autoridades. Al abrir el ataúd se descubrió que el vidrio estaba quebrado, no obstante, al retirar el cuerpo de la muchacha se confirmó su muerte.

Los expertos forenses que llevaron a cabo la exhumación, afirmaron que la mujer pudo haber sufrido un ataque de pánico severo que detuvo la actividad cardíaca. Según otra hipótesis, se puede tratar de un caso del trastorno nervioso llamado catalepsia, que se caracteriza por la inmovilidad, la rigidez del cuerpo y la pérdida de la sensibilidad durante horas.

Al morir, ¿la conciencia continúa?

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Tan extenso como la historia de la humanidad es el debate sobre lo que ocurre luego de la muerte biológica de un ser humano. La pregunta que ha atravesado los milenios sigue siendo la misma: ¿qué ocurre más allá?

Un reciente estudio realizado en el Reino Unido, EE.UU. y Austria arroja como resultado que “hay alguna evidencia de que la conciencia podría continuar después de que se detiene el corazón y el cerebro deja de funcionar”.

Así concluyen los científicos luego de estudiar durante cuatro años más de 2.000 casos de infarto cardíaco en 15 hospitales. De los sobrevivientes, el 39 por ciento experimentó algún estado de conciencia. De ellos, casi la mitad dijo haber tenido recuerdos, mientras que un 9 por ciento declaró haber vivido lo que se conoce como una “experiencia cercana a la muerte” (ECM).

De todos los casos, uno en especial alienta el debate: Un paciente dijo haber visto, desde la esquina de la sala de operaciones, los intentos de los médicos por reanimarlo. El relato es consistente con lo que ocurrió en la realidad, pero eso no es lo más sorprendente. “Estuvo consciente -cuenta Parnia- durante un período de tres minutos durante los cuales no había pulso. Esto es paradójico, ya que típicamente el cerebro deja de funcionar entre 20 y 30 segundos después de que se detiene el corazón, y no vuelve a retomar la actividad hasta que el corazón reinicia sus latidos.

” Se pudo determinar que el paciente tenía conciencia en este período crítico porque manifestó haber escuchado dos pitidos de una máquina que emite sonidos cada tres minutos (un aparato que el equipo de investigación utiliza para saber cuánto dura la experiencia de los pacientes).

La prueba, sin embargo, no es definitiva ni definitoria. El debate que separa lo religioso de lo científico continuará hasta que la ciencia pueda verificar lo que la fe informa como veraz: que la vida continúa más allá de la muerte.

Fuente: ACC Magazine

¿Qué hay de cierto en las sanaciones y exorcismos en cultos neopentecostales y afroamericanos?

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En el apartado especial sobre sectas y nueva religiosidad del portal Aleteia, que coordina la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), ha sido publicado un interesante artículo del psicólogo argentino José María Baamonde, uno de los fundadores de la RIES, y que originalmente apareció en la revista Arbil. Lo reproducimos a continuación.

Al hablar de neopentecostales, especialmente en el marco hispanoamericano donde estos grupos desarrollan características particulares, popularmente surgen imágenes bien definidas y que suelen apuntar a una serie de fenómenos considerados, en mayor o menor medida, relacionados con aspectos sobre o preternaturales. Carismas extraordinarios, sanaciones portentosas y exorcismos, todos ellos en medio de gritos jubilosos, en ocasiones desgarradores, convulsiones, desmayos, aplausos, abrazos, golpes y sacudidas.

Estos son quizás, algunos de los aspectos que más impresionan a la sociedad y que facilitan, en ocasiones, la adhesión de personas a cultos de tipo pentecostal. Ello también se ve favorecido, por el incremento de un pensamiento o conciencia de tipo mágica en nuestra sociedad actual, al que coadyuvan ciertas técnicas publicitarias, especialmente utilizadas en medios gráficos y televisivos, como la denominada traslación pavloviana.

La comprensiva angustia que provoca en el ser humano el enfrentamiento con el misterio que implica la enfermedad, el dolor y la muerte, hace que, amén de ejercer una disminución en las capacidades de discernimiento, pensamiento lógico y análisis crítico, se busquen soluciones rápidas, concretas y, en no pocos casos, de carácter mágicas. Y es este el carácter que revisten en no pocas circunstancias las afamadas sanaciones y exorcismos que, en medio de un gran despliegue escenográfico, realizan diversos pastores de estos cultos en toda América Latina.

Sin embargo, tales efectos no parecen responder a algo mágico, misterioso, sobre o preternatural, sino más bien a la consecuencia lógica de una técnica psicológica conocida como Inducción a Crisis. Es decir, que responde a una técnica que trata de lograr una crisis, un shock de tipo histeriforme en uno o más sujetos.

Dicha técnica es utilizada por diversos movimientos y, en forma preferencial, por parte de aquellos que dicen realizar sanaciones y exorcismos. En estos grupos se observa frecuentemente que al hacer una imposición de manos u otro ademán ya estipulado por parte del pastor o quién dirige el culto, se registren desmayos o crisis convulsivas en medio de fuertes y desgarradores gritos, o fenómenos de trance diversos.

La forma de llevar a cabo una inducción a crisis es relativamente sencilla, máxime si se cuenta con un auditorio previamente preparado. Para ello, si bien pueden encontrarse variantes entre los diversos movimientos, pueden observarse las siguientes fases:

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Fase I: ofertando un producto

Las amplias campañas publicitarias, tanto masivas como selectivas, invitando a tales eventos, no dejan de resaltar que son la respuesta a todos los problemas, cualquiera sea su índole y, si bien como consecuencia de la predestinación calvinista se incluye también el aspecto laboral, social y económico, apuntan especialmente a cuestiones más existenciales como la enfermedad, el dolor y la muerte.

En las campañas masivas no dejan de resaltar estos aspectos, incluyéndose en algunas oportunidades, grabaciones donde se registrarían los efectos de sanación o liberación demoníaca, causando gran impresión en una sociedad que también se caracteriza por una muy pobre formación en su propia religión católica.

Como se expresara párrafos atrás, muchos de los asistentes van en busca de una respuesta concreta y ansiosamente esperada: la sanación de una enfermedad personal o de un ser querido, o la liberación de una opresión de difusas características, teniendo como punto común ambas posibilidades, el registro de un alto montante de angustia, muchas veces flotante, y presta a revestir diversas causas que sean presentadas como posible explicación.

Fase II: preparación ambiental

Al llegar al templo donde se llevará a cabo el evento (o local, carpa, cine o teatro que, generalmente, hace las veces del mismo), los asistentes son recibidos de manera cordial, en ocasiones efusivamente, generando un ámbito medianamente contenedor desde lo afectivo y logrando una soltura consecuente en lo que hace a las emociones.

El recibimiento y posterior acompañamiento se produce en medio de una serie de consideraciones esperanzadoras, generalmente presentadas casi eufóricamente y que, de alguna manera, ejerce un efecto de contagio.

Fase III: los cánticos

Los encuentros suelen comenzar con melodías y cánticos por lo común suaves al principio, y que progresivamente se tornan más rítmicos, siendo el público incentivado a participar del mismo con batir de palmas, movimientos pendulares en sintonía con la música y la expresión intermitente y en voz alta, de Glorias a Dios y Aleluyas. En varias oportunidades se intercalan a los cánticos, frases bíblicas donde se resalta el poder de Dios y la no existencia de imposibles para Él, si el que pide tiene la suficiente fe.

Habitualmente puede observarse incluso, una presentación economicista de la cuestión, subvalorándose el sentido de gratuidad en el don de Dios. Esto genera grandes expectativas en el auditorio que, frente a una necesidad concreta y en una búsqueda casi desesperada de una respuesta a sus problemas, desea ardientemente contar con esa fe que solucionará sus problemas. No debe dejarse de tener en cuenta también, la angustia que puede generar el pensamiento de que, si no se lograra la fe suficiente para alcanzar la gracia esperada, pueda continuar una situación que en lo cotidiano se percibe como insostenible.

Fase IV: los testimonios

A la música y los cánticos se intercalan una serie de testimonios efectuados por asistentes asiduos que relatan experiencias personales y, en consecuencia, cargados de cierta subjetividad.

El contenido de los testimonios se refiere, fundamentalmente a dos aspectos. El primero de ellos, a gracias recibidas como la sanación de una enfermedad, liberación demoníaca, vencimiento de adicciones varias (tabáquicas, alcohólicas o químicas), al progreso económico o laboral, etc.; mientras que las segundas atañen a la diversa variedad de desgracias que acaecieron sobre la persona al quebrar alguna de las normas del movimiento o al abandonar las prácticas que propone el mismo. De más está decir que dichas desgracias también desaparecieron mágicamente luego del arrepentimiento del sujeto y su retorno al grupo.

La insistencia de una entrega absoluta y sin condiciones al grupo para que se mantenga el bien recibido y no ser víctima de desgracias, va generando paulatinamente cierta dependencia para con el movimiento que, con el transcurso del tiempo, se irá incrementando.

Como refería al principio de este punto, estas experiencias subjetivas por las que han atravesado, innegablemente de buena fe, cuentan con una carga afectiva importante, lo que provoca que sean manifestados muy emotivamente. Esto incrementa la sugestionabilidad y conmueve de manera profunda al auditorio, pues tiene frente a él pruebas vivas de lo que, en mayor o menor medida, fueron ellos mismos a buscar.

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Fase V: la inducción

Contando ya con el auditorio preparado, pues como se consignara, se vino remarcando con anterioridad no sólo el poder innegable de Dios a través del influenciador, sino también sobre la certeza del cumplimiento de lo prometido y angustiosamente esperado, el pastor comienza a predicar. Si midiéramos en un gráfico la intensidad, volumen e inflexión de la voz del que implementa la técnica, observaríamos los siguientes pasos:

A. El pastor comienza predicando en un volumen normal y medianamente calmo, desde un nivel 1.

B. A poco de comenzar va aumentando el volumen e inflexión de la voz, hasta llegar a un nivel 4. Este aumento en el volumen e inflexión es una técnica básica de oratoria que pretende, entre otros efectos, movilizar al auditorio. Si el influenciador hablara en un tono monocorde, lograría un efecto inverso casi hipnótico, de adormecimiento, también muchas veces utilizado. En el ejemplo que estamos analizando se busca, con el aumento de tensión en la voz del influenciador, un aumento recíproco de tensión en el auditorio.

C. Al llegar a un nivel 4 de tensión, el influenciador provoca una descarga de la tensión acumulada en el auditorio. Esta descarga se lleva a cabo generalmente, por medio de invocaciones como “¡Gloria a Dios!”, “¡Aleluya!” o “¡Amén!”, que son repetidas por el auditorio. Ahora bien, se observa que esta descarga es parcial y que no llega a liberar toda la tensión acumulada en el auditorio, sino que tan sólo la hace descender hasta un nivel 3, quedando en consecuencia, una carga residual de tensión.

D. Luego de la descarga el influenciador retoma el discurso, pero ya no desde el nivel 1, como en el principio, sino desde el nivel 3. A partir de allí, vuelve a aumentar el volumen e inflexión de la voz hasta llegar a un nivel 6 y provoca otra descarga.

E. Esta y las sucesivas descargas, se caracterizarán por ser más violentas y con un uso repetitivo de ciertos términos. El “¡Aleluya!” es dicho con más fuerza, y el “¡Gloria!”, es manifestado repetidas veces e in crescendo. Si bien podríamos decir que con los “Aleluyas” se descarga cierta tensión, Con las repeticiones in crescendo, se genera un efecto multiplicador de la misma, por lo que aumenta la carga residual de tensión acumulada en el auditorio.

F. A partir de allí el pastor prosigue aumentando la voz sucesivamente, hasta que la tensión acumulada en el auditorio se hace prácticamente insoportable. Al tiempo que va aumentando la tensión en el auditorio, el influenciador desliza en medio de su discurso, ciertas palabras estímulo en busca de reacciones específicas en alguno de los presentes (v.gr: crisis de llanto, convulsiones musculares, etc.).

G. Estas reacciones son indicativas de una descompensación psicofisiológica, producto de esta tensión acumulada que, llegando a tal límite, necesita ser liberada violentamente y descargada en forma de shock. Dicha liberación de tensión, suele llevarse a cabo en medio de desmayos, fuertes gritos, manifestaciones grandilocuentes y diversas formas de trance, no sólo del directamente afectado, sino también del público que lo rodea, movilizados ambos por las órdenes manifestadas por el pastor.

Fase VI: retornando al equilibrio

Luego de la crisis el influenciador retoma el discurso de una manera calma, pausada, retornando a un nivel 1.

El resto de la tensión residual que absorbió el auditorio durante la inducción pero que no llegó a provocarle una crisis, se irá diluyendo paulatinamente a través de cánticos, movimientos del cuerpo al compás de la música, exclamaciones varias, aplausos, etc., logrando de esta manera una efectiva catarsis.

Los efectos

El bombardeo sensitivo y estimulación del auditorio, no sólo auditiva, sino también visual y kinestésica, facilitan la inducción, a la vez que estimulan la actividad parasimpática. El estado dominante del sistema parasimpático inducido a través de estas técnicas y que implican la desinhibición del lóbulo temporal, facilitaría los estados de trance, los cuales a su vez variarían según las pautas socioculturales del grupo, amén de las pautas que deslizare el influenciador.

A su vez, la descarga violenta y en forma de shock de la tensión acumulada, provoca una gran cantidad de síntomas diversos, pero existen dos que son especialmente importantes para tener en cuenta.

El primero de ellos consiste en una especie de anestesia sensitiva a nivel de corteza cerebral. Es decir que el sujeto afectado de alguna enfermedad y que pasó por una inducción de este tipo, si bien su afección continúa, tiende a desaparecer la percepción consciente de la misma y su consecuente dolor. Ello se observa más claramente en aquellas afecciones de orden funcional o psicosomático donde, desaparece el síntoma por medio de la sugestión, más no la causa de la disfunción, la cual se manifestará con un síntoma de otro orden (4).

El fenómeno de anestesia sensitiva se produce por un mecanismo especialmente fisiológico, ya que durante la inducción se altera el funcionamiento del sistema simpático y parasimpático y, al momento del shock, también se produce una descarga brutal de diversos compuestos neuroquímicos, como la endorfina, que reduce el dolor.

Este mecanismo fisiológico, a su vez, se refuerza por otro psicológico, consistente en un mecanismo de defensa de la integridad yoica. Es decir que, si de alguna manera pudiéramos escuchar a nuestro inconsciente luego de pasar por una experiencia tan traumática, le oiríamos decir algo como “no pasé por toda esta tensión para seguir igual. Necesariamente no me debe doler más” o “… necesariamente tengo que ser distinto”. Es por ello que este fenómeno es denominado, generalmente, como Síndrome Psicofisiológico de Anestesia.

El segundo efecto que produce la inducción a crisis, consiste en un fuerte estado confusional, por lo que el sujeto al salir del shock, obnubila de manera notoria la capacidad de pensamiento lógico y análisis crítico, aceptando fácilmente la consigna o explicación que el influenciador realice de lo sucedido, sin casi ningún tipo de censura. Es por esta razón que es tan frecuente ver salir de estos cultos a personas, muy contentas y convencidísimas  de “que han sido liberadas de una posesión demoníaca”.

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El fenómeno de incorporación o posesión en los cultos afrofrasileños

Si bien en los movimientos afrobrasileños podemos observar ciertos elementos distintivos, el mecansimo que hace posible el desarrollo del fenómeno de incorporación o posesión por parte de las entidades que en estos cultos denominan Orixás, es básicamente similar al que hemos referido con anterioridad. Lo que en los movimientos de tipo pentecostal realiza el pastor o influenciador con la voz, se efectúa en los movimientos afrobrasileños con la música.

Esta, fuertemente marcada y con instrumentos de percusión, suele comenzar con ritmos lentos y monótonos, facilitando la inducción al trance. También es frecuente que dicha música vaya, progresivamente, acelerando su ritmo y aumentando su volumen generando, consecuentemente, un aumento de tensión en los participantes.

Asimismo encontramos en estos movimientos ciertos elementos que, a diferencia del caso de los pentecostales, son facilitadores en el proceso de inducción, como ser el enrarecimiento del aire en general, el consumo de tabaco a través de cigarros, la ingesta de alcohol en cantidades considerables y el baile en círculos que, aunados, favorecen la experimentación de estados alterados de conciencia y trances de diversa profundidad que están relacionados más que con la forma de inducción, por el condicionamiento de las creencias religiosas del sujeto y por los hábitos adquiridos en ejercicio inicial de tal facultad.

Otra diferencia que podemos encontrar entre los movimientos pentecostales y los afrobrasileños, consiste en que en estos últimos suele preceder al desmayo, un desdoblamiento de la personalidad. Es decir, el logro de cierta disociación de la conciencia respecto del conjunto o de una parte de las funciones que, habitualmente, se encuentran bajo el gobierno de esta: los sentidos (vista, oído, tacto, etc.), la motricidad (movimiento de los miembros y del habla), y la imaginación (eidética, kinestésica, cenestésica, etc.).

Merced a este desdoblamiento aflora en el adepto su subconsciente, y dice allí, llevarse a cabo el fenómeno de posesión o incorporación por parte de los Orixás u otras entidades del nutrido panteón de estos grupos. Esta última diferencia obedece, fundamentalmente, a la internalización por parte del sujeto que pasa por tal experiencia, de los conceptos socioculturales y religiosos que rodean a tales prácticas.

Estos conceptos internalizados son también los que provocan marcadas diferencias observadas por diversos investigadores, en lo que se refiere a la manifestación de la supuesta entidad que incorporó al sujeto. Ha llamado la atención de algunos estudiosos cómo un mismo Orixá u otra entidad, manifestaba comportamientos bien distintos según incorporara a un sujeto de uno u otro terreiro que, como se sabe, son autocéfalos y consecuentemente pueden registrar grandes diferencias no sólo en lo cultual, sino también en lo doctrinal. De esta manera pudo saberse que la diferencia de comportamientos de una supuestamente misma entidad, no obedecía a lo presuntamente polifacética de la misma, sino al preconcepto que de ella tuviera el sujeto que se decía incorporado por la misma.

Aquí lo que se encuentra a la orden del día es el fenómeno conocido clínicamente, como personalización y que consiste en la aptitud de un sujeto, bajo la influencia de la sugestión, de imitar personalidades según lo preconcebido. Fenomenológicamente un estado de posesión o incorporación tiene mucho en común con la epilepsia, con estados de disociación histérica y con un estado hipnótico. En ambos casos se facilita la liberación de impulsos básicos, la liberación de las presiones del super-ego, de inhibición y del sentimiento de culpa, como así también en ambos se registra una amnesia retrógrada.

El propio procedimiento llevaría a una satisfacción de las necesidades narcicísticas y exhibicionistas. Por un momento, en el estado de incorporación, el sujeto asume la estatura del temido y adorado dios y, en su fantasía, ejerce un tremendo poder.

La similitud no sólo de comportamientos, sino también de reacciones psicofisiológicas, apoya la idea de que no haya distintos tipos de trance (hipnótico, mediúmnico o espírita, parapsíquico, etc.), sino uno solo. Las diferencias tan sólo la observaremos en el grado de profundidad del mismo, y en las formas en que esta haya sido inducido. Estas similitudes, también, indicarían la inconveniencia de fomentar estos estados alterados de conciencia, por el riesgo implícito de generar serias perturbaciones psíquicas a raíz de personificaciones y automatismos inconscientes que, en ciertos casos, asumirán el carácter de delirios sistematizados.

Fuente: RIES / Arbil / Aleteia

Cómo se desprende el alma del cuerpo

“Ellos siempre estaban ahí”. La enfermera que veía el espíritu de los fallecidos

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“Ellos siempre estaban ahí”, declara Sally Cudmore para periódicos británicos como “The Mirror”. Esta mujer de 43 años habla de sus experiencias como quien a pesar de estar acostumbrado a este tipo de fenómenos, nunca puede terminar de asumir su particularidad: es decir, su don para ver cosas que otros no percibimos. En este caso, la presencia de personas que ya no están en el mundo de los vivos.

Suele decirse que para quien trabaja en el ámbito sanitario, en hospitales, clínicas, residencias de ancianos y más aún, en esas salas de cuidados paliativos donde la muerte es algo casi cotidiano, es habitual ver cosas inexplicables. Cosas que médicos y enfermeras guardan para ellos mismos, y que no siempre es fácil revelar, e incluso aceptar.

La enfermera que tuvo que dejar su trabajo

El caso de Sally Cudmore es realmente especial. Sally tiene 3 hijos y es madre soltera. Obtuvo su titulación en enfermería no hace mucho y estaba muy ilusionada por empezar su trabajo, ése por el cual tanto había luchado. Según ella, la muerte es algo que nunca le ha dado miedo, no obstante, lo vivido en esos primeros meses en un hospital de Londres como enfermera aprendiz la puso, de pronto, entre la espada y la pared. Lo que vivió era algo para lo cual nadie la había preparado.

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Sally estaba en el área de cuidados intensivos, ahí donde la muerte es casi algo cercano, ahí donde los profesionales reciben una buena instrucción para saber tratar a pacientes y familiares en caso de que las cosas no avancen bien. Lo curioso, lo que nadie podía entender, era cómo Sally Cudmore sabía casi al instante cuáles de aquellos pacientes iban a morir en poco tiempo. En un principio ella misma no entendía por qué veía alrededor de algunos enfermos una especie de aura de un color que solía oscilar entre el rojo y el negro.

Más tarde se dio cuenta de que esas personas eran las que terminaban falleciendo. Hubo momentos incluso que veía a médicos y familiares alegrarse por la mejoría de algunos pacientes, pero Sally tenía muy claro que esa pequeña recuperación era sólo momentánea, como una especie de inyección de energía que permitía a algunas personas poder despedirse de los suyos.

Según Sally, lo que peor llevaba era el tema de los niños. Saber que una criatura no iba a recuperarse era algo que no podía sobrellevar. Y esa fue una de las razones por la cual se dio cuenta de que no podía seguir con ese trabajo. La segunda era por el hecho casi aterrador de tener que ver “a esas presencias”. Según ella misma explica cada día veía a personas, a sombras de fallecidos rondar por las habitaciones, intentando sobre todo contactar con los suyos.

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Si bien, explica la propia Sally, en más de una ocasión llegó a trasmitir algún mensaje, palabras que ofrecieron confort y tranquilidad a ambas partes; pero a pesar de ello, a pesar de encontrar algo positivo en su facultad, el trabajo en un hospital teniendo ese don era algo insufrible. No podía con la carga de saber quién iba a morir y quien no, ni tampoco era agradable tener que ver a personas fallecidas mientras intentaba llevar a cabo su trabajo. Así que lo dejó.

Puede que te preguntes de qué vive ahora Sally Cudmore, y cómo logra mantener a su familia. La razón por la cual es entrevistada por numerosos periódicos británicos de línea algo más sensacionalista, todo hay que decirlo, es porque colabora con la policía. Se le da bien encontrar personas y, además, ahora mismo está ahondando más en sus capacidades para ofrecer ayuda a todo aquel que se lo pida. Pero siempre “en situaciones controladas”. Los escenarios como los hospitales pueden llegar a ser algo caóticos para personas como Sally.

Fuente: supercurioso.com

El hombre que fotografiaba fantasmas

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Con la tecnología de hoy en día, es difícil llevar al engaño a cualquiera en materia de imagen. Todos hemos visto esos vídeos o esas fotografías “fake” que corren tan a menudo en las redes sociales. Apariciones, sombras, espectros… las manipulaciones son habituales y nuestros ojos, ya tienen bastante rodaje como para dejarse engañar por el trucaje.

Pero pongámonos en contexto. Siglo XIX, el mundo de la fotografía asomaba ya con nuevas y desconocidas técnicas, y la gente, en un contexto de postguerra, necesitaba aferrarse a cualquier cosa para volver a recordar a los suyos. Para contactar con aquellas personas que la fatalidad y los horrores de la guerra, se había llevado a ese otro mundo “casi” siempre inaccesible para los vivos.

William H. Mumler y su negocio de fotografía fantasmal

La Guerra Civil americana había llegado a su fin, con las horribles consecuencias que siempre conlleva todo enfrentamiento en un país propio. Vecinos contra vecinos, hermanos contra hermanos. Gente de aspiraciones diferentes pero enraizadas en una misma tierra, en una misma sangre.

Habían sido muchas las bajas y las familias desmembradas que intentaban a duras penas ir hacia delante, avanzar en un mundo cambiante que pronto encendería los motores del progreso hacia un futuro imparable en la nación americana. William H. Mumler, por su parte, era uno de esos visionarios que buscaban sacar buena tajada de ese contexto de duelo, de reconstrucción y cómo no, de oportunidades.

Tenía un negocio en auge. La fotografía. Pero veía también que existía un nuevo campo que cada vez estaba encontrando más y más adepto. Era, cómo no, el espiritismo.

Ésta era una pseudociencia que estaba reuniendo bajo su seno a capas de la sociedad de todos y cada uno de los estratos. Desde los más pobres hasta los más ricos, todos ansiosos por entrar en contacto con sus muertos, con aquellos que la guerra, se había llevado tempranamente, sin permitir un adiós, una despedida apropiada con la que hacer más fáciles los días.

Era pues extraño que en cualquier ciudad de EEUU no existiera un médium asentado en una calle populosa, con su llamativo local buscando la sensibilidad y la atención de posibles clientes. Pero se dice, que entre todos aquellos farsantes (y los que no lo eran tanto), había uno cuyo negocio se destacaba del resto. Uno muy especial: por su sofisticación, por su elegancia y efectismo. Tan real que quitaba el aliento.

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Estamos hablando claro está del señor William H. Mumler, quien creó a partir de 1860 un servicio de fotografía  donde retrataba ni más ni menos, que a personas acompañadas de ‘sus fantasmas’. De esas personas que estaban en el más allá y que aparecían de improviso bajo la lente de las cámaras del señor Humler. Todo un reclamo, sin duda.

Aquellos, eran los días en que la fotografía avanzaba ya con pies firmes y seguros. Mumler, joyero de profesión, se había aficionado a este arte y quiso probar suerte pero aportando algo especial. Construyó una buena trastienda en su local y, en 1861 apareció frente a sus amigos para enseñarles algo sorprendente: un autorretrato que él mismo había realizado, y donde sin saber cómo, aparecía la forma de una mujer joven: su propia prima recién fallecida.

Dicha fotografía causó expectación en todo Boston, tanto es así que no tardaron en aparecer decenas de clientes en su negocio dispuestos a que, el fotógrafo de fantasmas, realizara lo mismo con ellos. Que les devolviera por un instante la imagen de sus personas queridas del más allá.

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William H. Mumler vio así su oportunidad, y no dudó en cobrar dichas fotografías a un precio cinco veces mayor que el ordinario. Y nadie objetó ni una palabra. El resultado era más que tentador.

Su negocio fue todo un éxito. Se enriqueció y fueron muchas las personas que salían asombradas de su negocio llevándose su autorretrato acompañado por una sombra extraña, una sombra que la mayoría identificaba con la de un familiar.La fe era absoluta.

El destape de la estafa

Pero los que no tenían fe en el señor Mumler eran sus compañeros de profesión, quienes no tardaron demasiado en averiguar cómo conseguía dicho efectismo en sus fotografías. O al menos eso creían ellos. Sospechaban que lo que hacía era aplicar la foto con una misma placa en la que aún quedaban residuos de la anterior. Eso, más una técnica afinada de revelado, hacía auténticos milagros.

Lo llevaron a juicio, por farsante. ¿Y qué ocurrió? Que no había bastantes pruebas. En absoluto. Mumler se cambió entonces de ciudad y siguió trabajando sin parar haciéndose eco de su habilidad para fotografiar fantasmas. En 1868 abrió un segundo estudio, esta vez en la ciudad de Nueva York. Todo un éxito.

Tanta era la fama que tenía que se le volvió a llevar a juicio, siendo el periódico New York Sun quién junto a la fiscalía, intentaron reunir pruebas para demostrar su estafa. Pero te sorprenderá saber que no consiguieron nada. Absolutamente nada. Tras unas semanas de testimonios y argumentaciones, el juez tuvo retirar los cargos contra Mumler.

Aquello tocó un poco su negocio. Tuvo que pagar un alto coste por sus abogados y, durante un tiempo, su negocio bajó un poco. Pero algo ocurrió un día… Por la puerta de su negoció apareció una mujer que habría de cambiar su vida.

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Era una mujer que pidió discreción, y que conociendo sus dotes, solo le pedía que le hiciera una fotografía. Era el año de 1871, y a quien Mumler fotografió era ni más ni menos que a Mary Todd Lincoln, la viuda del presidente de los EEUU, Abraham Lincoln.

Nadie supo cómo hizo aquello. Ninguna persona pudo desenmascararlo jamás. En especial cuando logró ofrecerle a la viuda de Lincoln, aquella fotografía en la que, efectivamente, salió junto a su esposo muerto seis años antes.

Fuente: http://www.supercurioso.com